El descaro de Nicolás Dujovne

El descaro de Nicolás Dujovne



Una mañana Pedro comienza  asentirse. Las manos le tiemblan y su pulso se acelera. Siente que su cabeza está por estallar. Algo, evidentemente, no está bien. La visita al médico se torna insoslayable. Al entrar en el consultorio, el médico le pregunta qué le pasa y Pedro cuenta lo que le sucede. A continuación, el médico lo ausculta, le palpa el abdomen, le revisa los pulmones y le toma la presión. Medita unos segundos y le dice: “váyase tranquilo a casa que está todo okey. Tómese estas pastillas cada seis horas y en un par de días volverá a sentirse normal”. Pedro, obviamente, le hace caso. Confía en el médico, en sus cualidades profesionales. Toma las pastillas recetadas y comienza a sentirse mejor. Pero a las dos semanas vuelve a sentir los mismos síntomas. Al verlo nuevamente Pedro le dice que consultó con otros médicos quienes le alertaron sobre la gravedad de su dolencia, que cada vez que alguien tuvo esos síntomas y le fueron recetadas las mismas píldoras que le receta el médico que lo está tratando, el destino inexorable fue la muerte. El médico vuelve a tranquilizarlo, le dice que cuenta con el respaldo del establishment médico mundial, le aconseja no escuchar a esos médicos agoreros y le receta las mismas pastillas. Al cabo de un tiempo Pedro empeora y cuando va al médico, éste le dice que está gravemente enfermo y que, desafortunadamente, le queda poco tiempo de vida. Él no se responsabiliza de nada ya que considera que un virus se introdujo de manera inesperada en el organismo de Pedro dañándolo severamente. Al poco tiempo se produce el fatal desenlace. Evidentemente o el médico le mintió a Pedro de manera descarada o no fue capaz de acertar con el diagnóstico adecuado. En ambos supuestos su negligencia fue criminal ya que le costó la vida a Pedro.

Nicolás Dujovne, ministro de Hacienda del gobierno de Macri, me hace acordar al médico que atendía a Pedro. La economía argentina no está bien. Desde abril pasado no hace más que marchar a los tumbos, que sacudir con dureza el bolsillo de los argentinos. Padece una fiebre muy alta (la inflación) y presenta varios síntomas por demás inquietantes: desocupación, pobreza, recesión. Dujovne no hace otra cosa que actuar como el médico de Pedro. Se limita a decir que todo marcha sobre rieles, que no hay que preocuparse si el dólar salta un poco, que si bien es cierto hay algunas dificultades a la larga el país va a salir adelante. Este diagnóstico lo viene anunciando desde que pasó a ser el virtual número dos de la administración de Cambiemos. En las últimas semanas, cabe reconocer, Dujovne logró bajar la fiebre del enfermo (el dólar), lo que provocó un entusiasmo desmedido del gobierno. Sin embargo, en las últimas horas la temperatura de la economía volvió a subir y Dujovne volvió a demostrar su descaro al decir que se siente muy tranquilo con la suba del dólar ya que se trató de un “movimiento muy suave”. La economía, manifestó,”está muy encarrilada”, es decir, los argentinos no tenemos de qué preocuparnos. Al igual que el médico que atendió a Pedro, Dujovne acaba de asegurarle al pueblo que las cosas marchan viento en popa, en especial el tipo de cambio y la actividad económica.

Sin embargo, el paciente (la inmensa mayoría de los argentinos) sigue sintiéndose mal, muy mal. Pese a los últimos y evidentes signos de deterioro de la economía-el dólar a 40$, una sangría de las reservas del orden de los 2604 millones de dólares, el desplome generalizado del consumo-el ministro aseguró que “la situación está muy encarrilada para que tengamos unos meses de aquí en delante de mucha tranquilidad, y donde vemos con mucho optimismo la manera en que la sociedad argentina ha decidido transitar la resolución de las turbulencias que atravesamos durante estos meses”. Y agregó: “logramos un presupuesto que ha contado con el voto de buena parte de la oposición, donde hemos visto muestras de responsabilidad muy grandes de buena parte de quienes conforman la dirigencia política de la Argentina”. “Eso sin duda es una parte muy importante de esta recuperación que estamos transitando donde, como dijimos muchas veces, después de la inflación atípica que tuvimos producto de la depreciación del peso a finales de agosto, la inflación de septiembre fue muy alta, la de octubre un poco menos, la de noviembre será también más baja, y lentamente estamos transitando un clima de mucha normalidad, tranquilidad” (fuente: Página/12, “Dujovne ve que todo marcha muy, muy, muy bien”, 28/11/018).

El paciente escucha otras campanas y se intranquiliza. Escucha a algunos economistas que le aconsejan recordar qué pasó en 2001 cuando tuvo una enfermedad similar y fue atendido de urgencia por Domingo Cavallo con el auspicio del FMI. Le sugieren interiorizarse de otros casos similares como el reciente de Grecia, que terminó estallando por los aires. Misma enfermedad, mismos síntomas, mismo tratamiento, mismo desenlace. Sin embargo, para Dujovne todo marcha muy bien. “Quédense tranquilos, no hay de qué preocuparse”, acaba de decirnos con un descaro total. Igual que el médico que atendía a Pedro. La pregunta es la de siempre: Dujovne ¿sabe realmente lo que está pasando o no tiene la menor idea? Creo, sinceramente, que es perfectamente consciente de la gravedad de la situación y, sin embargo, se empecina en mentirnos en la cara como si fuésemos unos adolescentes inmaduros. Sabe perfectamente que todo plan de ajuste termina en un fracaso rotundo, inexorable. Ahí está la historia económica como testimonio irrefutable. A pesar de ello sigue recetándonos las mismas pastillas que condujeron a los griegos, por ejemplo, al abismo. Para colmo, este fin de semana Dujovne recibirá un fuerte espaldarazo de Madame Lagarde, quien le dirá “felicitaciones doctor Dujovne, continúe así”. En el ejemplo imaginario del médico, que habría actuado de mala fe, y Pedro, éste terminó muriéndose. Seguramente no sucederá lo mismo con todos los argentinos pero de lo que no cabe duda alguna es que con el tratamiento ortodoxo que nos impone el FMI nuestra salud se irá deteriorando a pasos agigantados.




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