Leyendo el "Facundo". La revolución de 1810
Leyendo el "Facundo". La revolución de 1810
“He necesitado andar todo el
camino que dejo recorrido para llegar al punto en que nuestro drama comienza. Es
inútil detenerse en el carácter, objeto y fin de la revolución de la Independencia. En
toda la América
fueron los mismos, nacidos del mismo origen, a saber: el movimiento de las
ideas europeas. La América
obraba así porque así obran todos los pueblos. Los libros, los acontecimientos,
todo llevaba a la América
a asociarse a la impulsión que a la
Francia habían dado Norteamérica y sus propios escritores; a la España , la Francia y sus libros. Pero
lo que necesito hacer notar para mi objeto es que la revolución, excepto en su
símbolo exterior, independencia del rey, era sólo interesante e inteligible
para las ciudades argentinas, extraña y sin prestigio para las campañas. En las
ciudades había libros, ideas, espíritu municipal, juzgados, derecho, leyes,
educación, todos los puntos de contacto y mancomunidad que tenemos con los
europeos; había una base de organización, incompleta, atrasada, si se quiere;
pero precisamente porque era incompleta, porque no estaba a la altura de lo que
ya se sabía que podía llegar, se adoptaba la revolución con entusiasmo. Para
las campañas, la revolución era un problema: sustraerse a la autoridad” (…)
“Libertad, responsabilidad del poder, todas las cuestiones que la revolución se
proponía resolver eran extrañas a su manera de vivir, a sus necesidades. Pero
la revolución le era útil en ese sentido: que iba a dar objeto y ocupación a
ese exceso de vida que hemos indicado y que iba a añadir un nuevo centro de
reunión, mayor al circunscripto a que acudían diariamente los varones en toda
la extensión de las campañas” (…).
“Empezaron, pues, en Buenos Aires
los movimientos revolucionarios y todas las ciudades del interior respondieron
con decisión al llamamiento. Las campañas pastoras se agitaron y adhirieron al
impulso. En Buenos Aires empezaron a formarse ejércitos pasablemente
disciplinados, para acudir al Alto Perú y a Montevideo, donde se hallaban las
fuerzas españolas mandadas por el general Vigodet. El general Rondeau puso
sitio a Montevideo con un ejército disciplinado. Concurría al sitio de Artigas,
cuadillo célebre, con algunos militares de gauchos” (…) “Un día Artigas, con
sus gauchos se separó del general Rondeau y empezó a hacerle la guerra” (…) “Yo
no quiero entrar en averiguación de las causas o pretextos que motivaron este
rompimiento, ni tampoco quiero darle nombre
ninguno de los consagrados en el lenguaje de la política, porque ninguno le
conviene. Cuando un pueblo entra en revolución, dos intereses opuestos luchaban
al principio: el revolucionario y el conservador; entre nosotros se han
denominado los partidos que los sostenían: patriotas y realistas. Natural es
que, después del triunfo, el partido vencedor se subdividía en fracciones de
moderados y exaltados; los unos que quieren llevar la revolución en todas sus
consecuencias; los otros, que quieren mantenerla en ciertos límites. También es
del carácter de las revoluciones que el partido vencido primeramente vuelva a
reorganizarse y triunfar merced a la división de los vencedores. Pero cuando en
una revolución, una de las fuerzas llamadas en su auxilio se desprende,
inmediatamente forma una tercera entidad, se muestra indiferentemente hostil a
unos y a otros combatientes, a realistas y patriotas; esta fuerza que se separa
es heterogénea; la sociedad que la encierra no ha conocido hasta entonces su
existencia, y la revolución sólo ha servido para que se muestre y desenvuelva”.
“Este era el elemento que el
célebre Artigas ponía en movimiento; instrumento ciego, pero lleno de vida, de
instintos hostiles a la civilización europea y a toda organización regular;
adverso a la monarquía como a la república, porque ambas venían de la ciudad y
traían aparejado una orden y la consagración de la autoridad” (…) “Este
movimiento espontáneo de las campañas pastoriles fue tan ingenuo en sus
primitivas manifestaciones, tan genial y tan expresivo de su espíritu y tendencias
que abisma hoy el candor de los partidos de las ciudades que lo asimilaron a su
causa y lo bautizaron con los nombres políticos que a ellos los dividía. La
fuerza que sostenía a Artigas en Entre Ríos era la misma que en Santa Fe a López,
en Santiago a Ibarra, en los Llanos a Facundo. El individualismo constituía su
esencia, el caballo su arma exclusiva, la pampa inmensa su teatro” (…) “La
misma lucha de civilización y barbarie de la ciudad y el desierto existe hoy en
África; los mismos personajes, el mismo espíritu, la misma estrategia
indisciplinada entre la horda y la montonera. Masas inmensas de jinetes vagando
por el desierto, ofreciendo el combate a las fuerzas disciplinadas de las
ciudades” (…) “La montonera, tal como apareció en los primeros días de la
república bajo las órdenes de Artigas, presentó ya ese carácter de ferocidad
brutal y ese espíritu terrorista que al bandido inmortal, al estanciero de
Buenos Aires estaba reservado convertir en un sistema de legislación aplicado a
la sociedad culta, y presentarlo, en nombre de la América avergonzada, a la
contemplación de la Europa. Rosas
no ha inventado nada; su talento ha consistido sólo en plagiar a sus
antecesores y hacer de los instintos brutales de las masas ignorantes un
sistema meditado y coordinado fríamente” (…).
“Tal es el carácter que
presenta la montonera desde su aparición: género singular de guerra y
enjuiciamiento que sólo tiene antecedentes en los pueblos asiáticos que habitan
las llanuras y que no han debido nunca confundirse con los hábitos, ideas y
costumbres de las ciudades argentinas, que eran, como todas las ciudades
americanas, una continuación de la
Europa y de España, la montonera sólo puede explicarse
examinando la organización íntima de la sociedad de donde procede. Artigas,
baqueano, contrabandista, esto es, haciendo la guerra a la sociedad civil, a la
ciudad; comandante de campaña por transacción, caudillo de las masas de a
caballo, es el mismo tipo que, con ligeras variantes, continúa reproduciéndose
en cada comandante de campaña que ha llegado a hacerse caudillo. Como todas las
guerras civiles en que profundas desemejanzas de educación, creencias y objetos
dividen a los partidos, la guerra interior de la República Argentina
ha sido larga, obstinada, hasta que uno de los elementos ha vencido. La guerra
de la revolución argentina ha sido doble: primero, guerra de las ciudades
iniciadas en la cultura europea, contra los españoles, a fin de dar mayor
ensanche a esa cultura, y segundo, guerra de los caudillos contra las ciudades,
a fin de librarse de toda sujeción civil y desenvolver su carácter y su odio
contra la civilización. Las ciudades triunfan de los españoles, y las campañas,
de las ciudades. He aquí explicado el enigma de la revolución argentina, cuyo
primer tiro se disparó en 1810 y el último aún no ha sonado todavía” (…) “Los
pueblos en masa no son capaces de comparar distintivamente unas épocas de
otras; el momento presente es para ellos el único sobre el cual extiende sus
miradas; así es como nadie ha observado hasta ahora la destrucción de las
ciudades y su decadencia, lo mismo que no preveía la barbarie total a que
marchan visiblemente los pueblos del interior” (…).
“Todas ellas (las ciudades
argentinas) tienen que reivindicar las glorias, civilización y notabilidad
pasadas. Ahora el nivel barbarizador pesa sobre todas ellas. La barbarie del
interior ha llegado a penetrar hasta las calles de Buenos Aires. Desde 1810
hasta 1840, las provincias que encerraban en sus ciudades tanta civilización,
fueron demasiado bárbaras, empero, para destruir con su impulso la obra colosal
de la revolución de la independencia. Ahora que nada les queda de lo que en
hombre, luces e instituciones tenían, ¿qué va a ser de ellas? La ignorancia y
la pobreza, que es la consecuencia, están como las aves mortecinas, esperando
que las ciudades del interior den la última boqueada, para devorar a su presa,
para hacerlas campo, estancia. Buenos Aires puede volver a ser lo que fue,
porque la civilización europea es tan fuerte allí, que en despecho de las
brutalidades del gobierno se ha de sostener. Pero en las provincias, ¿en qué se
apoyará? Dos siglos no bastarán para volverlas al camino que han abandonado,
desde que la generación presente educa a sus hijos en la barbarie que a ella le
ha alcanzado. Pregúntesenos ahora por qué combatimos. ¿Combatimos? Combatimos
para volver a las ciudades su vida propia”.

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