Los barrabravas: el imperio de la hipocresía

Los barrabravas: el imperio de la hipocresía



El sábado pasado la opinión pública se conmocionó con lo acontecido en las cercanías del estadio Monumental. El micro que conducía a los jugadores de Boca fue víctima de una emboscada protagonizada por delincuentes vestidos con la camiseta de River, quienes le arrojaron un sinnúmero de piedras en escasos segundos. La televisión captó exactamente el dramático momento en que el rodado, cuando ingresaba en las últimas cuadras rumbo al estadio, era víctima de una lluvia de piedras arrojadas por “simpatizantes” que se encontraban a escasos metros. No se produjo una catástrofe de milagro. Lo que aconteció después fue la crónica de un bochorno anunciado. Innumerables reuniones se sucedieron en el interior del Monumental entre los presidentes de ambas instituciones, acompañados por dirigentes de la Conmebol y por el mismísimo Infantino, mandamás de la FIFA. Mientras tanto el estadio lucía colmado como pocas veces. La hinchada de River estaba eufórica, exultante, aguardando el comienzo de un partido que sentía suyo. Apenas se tuvo conocimiento del artero ataque, la lógica indicaba que el partido debía suspenderse. Los jugadores boquenses no estaban en condiciones anímicas de afrontar semejante desafío, máxime si se tiene en cuenta que algunos de ellos habían sufrido las consecuencias de la pedrada. Sin embargo, la Conmebol pretendía que el partido se jugase sí o sí. Con el correr de los minutos la locura fue increscendo. Nadie con poder de decisión atinaba a aportar un poco de cordura. Solo los periodistas Mariano Closs y Diego Latorre supieron estar a la altura de las circunstancias. Latorre, con una gran experiencia como futbolista de élite, no se cansaba de expresar la imperiosa necesidad de la suspensión de la final. Luego de varios anuncios fallidos desde los altoparlantes del estadio se  anunció la suspensión del encuentro hasta el día siguiente a las 17 horas. Otro desatino más ya que lo sensato hubiera sido el anuncio de la suspensión definitiva del juego. Afuera, en las adyacencias de la cancha, todo era un pandemónium. Miles de “simpatizantes” riverplatenses aguardaban a los estoicos y verdaderos hinchas para, una vez en la calle, golpearlos a mansalva con un solo objetivo: robarles las entradas para de esa manera poder entrar a la cancha dentro de veinticuatro horas. Finalmente, poco después del mediodía del domingo, la Conmebol tomó la decisión acertada: el partido se suspendía hasta nuevo aviso. El problema fue que en ese momento había muchos hinchas en el estadio y, otra vez, debieron regresar a sus casas abatidos y tristes. Más tarde el circo se trasladó a Asunción del Paraguay, donde la Conmebol tiene su sede. Allí se dirigieron Daniel Angelici y Rodolfo D´Onofrio para encontrar una solución consensuada. River exige jugar el partido en su cancha y ante su público mientras Boca exige que se le otorgue la victoria en los escritorios. Frente a semejante antagonismo, el mandamás de la Conmebol dijo que el partido se jugará el 9 de diciembre, probablemente en la propia Asunción. También se barajaron otros escenarios, algunos de ellos realmente exóticos. Para echar más leña al fuego D´Onofrio dijo que Macri estaba de acuerdo con su postura mientras Angelici aportaba nuevas pruebas que obligaron al “Tribunal de Disciplina” a dilatar su decisión.

Este escándalo puso en el tapete, una vez más, a las tristemente célebres barras bravas. El viernes anterior al trascendental encuentro la policía detuvo al jefe de la barra brava del millonario, “Caverna” Godoy, un delincuente que tenía en su poder cerca de 250 mil dólares y unas 300 entradas. Luego de consumados los hechos del sábado, mucho se especuló con una probable vendetta de “Caverna”, molesto por su detención. A partir de entonces, todos los medios centraron su atención en las barras bravas, un fenómeno delictivo que hace a la esencia del fútbol argentino desde hace mucho tiempo. En este tema la hipocresía es ilimitada. Al enterarse de los graves hecho D´Onofrio dijo delante de las cámaras de televisión que no podía ser que el fútbol estuviera a merced de las barras bravas y que había que meter presos a quienes habían apedreado el ómnibus. Hablaba más como periodista que como presidente de uno de los clubes más importantes del país. Anoche, en Intratables, el ex Secretario de Seguridad Sergio Berni (2012-2015), criticó duramente el accionar policial, olvidando, por ejemplo, el visto bueno de Cristina a la agrupación “hinchadas argentinas” que viajó sin cargo al mundial de Sudáfrica (2010). Pareciera como que las barras bravas son un fenómeno reciente. Nada más alejado de la realidad. Esos malvivientes vienen imponiendo sus “códigos” desde hace décadas. Si lo sabrá Mauricio Macri, quien “convivió” con La 12 durante sus 12 años como presidente de Boca. Todo el mundo lo sabe: los hinchas comunes, los medios de comunicación, los políticos, la policía, los dirigentes del fútbol, los técnicos y los jugadores.

Todo el mundo sabe que quienes mandan de verdad en el fútbol son las barras bravas. Sino, que lo digan, a manera de confesión, quienes fueron presidentes de los clubes y quienes lo son en la actualidad. Salvo contadas excepciones, los presidentes transaron-y continúan haciéndolo-con las barras bravas. Aquí cabe rendirle un homenaje a Javier Cantero quien, desde la presidencia de Independiente, tomó el toro por las astas y desafió el poder de Bebote Álvarez, el peligroso jefe de la barra brava del Rojo. ¿Cuál fue el costo que pagó? Simple y contundente: se alejó de la presidencia, el club descendió al Nacional B por primera vez en su riquísima historia y hoy nadie se acuerda de él. Porque al desafiar a “Bebote”, Cantero  desafió a Julio Grondona, por entonces jefe de todos los jefes de la AFA (y también de la FIFA). Otro caso emblemático fue el de Daniel Passarella, gallardo campeón de la Selección Nacional campeona en 1978. Siendo técnico de River, el Kaiser se enfrentó con el entonces jefe de los Borrachos del Tablón, “Sandokán”. Luego, siendo presidente de la institución, ingresó a la AFA y desafió, delante de las narices de Grondona, su poder. Al poco tiempo, River descendió al Nacional B. También podrían dar testimonio del poder omnímodo de los barrabravas los propios jugadores. El “paradigma” es muy simple: jugador que no transa con los barrabravas debe abandonar el club. Son incontables las veces que los “hinchas caracterizados” han visitado a los jugadores en los entrenamientos para pedirles “favores” o para “exigirles” una mayor entrega dentro de la cancha. Los técnicos también están expuestos, quizás en mayor medida que los jugadores. Me viene a la memoria el enfrentamiento a balazo limpio protagonizado por José Yudica con los barrabravas de Argentinos Juniors para defender a su hijo de la ira de esos energúmenos.

Los barrabravas son funcionales al sistema. Los necesitan los dirigentes para poder gobernar en sus clubes, los necesitan los jugadores y los técnicos para poder desempeñar sus funciones en “paz”, los necesita la policía para participar de sus “negocios” y los necesitan los políticos para servir, entre otras cosas, como fuerza de choque. Desde que tengo uso de razón que los barrabravas contaron con un impresionante escudo protector. Además, algunos de sus líderes son verdaderas estrellas del espectáculo. Cómo será su fama que muchos hinchas comunes se sacan fotos a su lado como souvenir. En el fondo, no son más que delincuentes que han acaparado un inmenso poder, producto de sus vínculos con la política, la policía y el narcotráfico. Lo de “Caverna” es apenas un caso más de los muchos que han pululado a lo largo de la historia del fútbol argentino. Y que seguirán pululando, ante la indiferencia de una sociedad que tolera cualquier cosa.










Comentarios

Entradas populares de este blog

La columna política de Eduardo Aulicino

La columna política de Vicente Massot

La columna política de Joaquín Morales Solá