Macri y el G20
Macri y el G20
En las próximas horas
arribarán a la Argentina
los presidentes más poderosos del mundo, entre quienes se destacan Donald
Trump, Xi Jinping, Vladimir Putin, Angela Merkel, Theresa May, Emmanuel Macron
y Justin Trudeau. Por primera vez en la historia nuestro país seré el anfitrión
de tan relevantes mandatarios, lo que le otorga al evento un carácter
extraordinario.
El presidente de la nación se
debe sentir exultante. Por unas horas será el centro de atención de los medios
de información más relevantes del planeta y podrá mostrarse como un mandatario
confiable, digno de ser escuchado por Trump, Putin y compañía. No se cansará de
repetir que este magno evento demuestra que la Argentina ha dejado
atrás definitivamente el asilamiento al que lo había condenado la errática
política exterior del kirchnerismo, y que su gobierno, pese a lo difícil de la
situación, marcha por el camino correcto. Y los poderosos del mundo lo
halagarán, le dirán que puede pasar a la historia como el líder que cambió para
siempre a la Argentina ,
que cuenta con todo el apoyo del G 20. Por su parte, el monopolio mediático
dirá que con Cristina en la
Rosada un hecho de estas características hubiera sido
imposible, que gracias a Macri el país ha vuelto a ser tenido en cuenta por el
“mundo”.
Macri y la proximidad del G 20
vuelve a poner sobre el tapete cómo debe relacionarse un presidente argentino
con los poderosos planetarios. Porque no es cierto que durante el kirchnerismo la Argentina se aisló.
Hubo, es cierto, cortocircuitos con Estados Unidos y Europa, pero que yo sepa
el gobierno no rompió relaciones ni con Estados Unidos, ni con Gran Bretaña, ni
con Francia, ni con Alemania. El problema fue que tanto Néstor Kirchner como
Cristina se atrevieron a no alinearse
incondicionalmente con las potencias occidentales. La demostración más
contundente la dio Néstor Kirchner en la cumbre de las Américas celebrada en
Mar del Plata a fines de 2005, al decirle en la cara al presidente George W.
Bush que estaba en descuerdo con el ALCA. A partir de entonces las relaciones
con la república imperial entraron en stand-by. Pero ello no significó,
reitero, el aislamiento internacional de la Argentina. Los
Kirchner afianzaron el vínculo con Latinoamérica y con China, y más tarde con el grupo BRICS, siempre
enarbolando la bandera del multilateralismo.
Lo que el “mundo” no le
perdonó al kirchnerismo fue el haber abandonado la política exterior del
menemismo. En la década de los noventa Carlos Menem percibió los cambios
profundos que se estaban produciendo a nivel mundial. En 1989 había caído el
Muro de Berlín y dos años más tarde implosionaba el imperio soviético. EEUU
emergía como la mega potencia planetaria, el gendarme del mundo. No lerdo ni
perezoso, Menem se hizo “amigo” primero de George Bush y luego de Bill Clinton,
quienes lo elevaron a la categoría de líder intercontinental. Pero esos halagos
no fueron gratuitos. Como retribución Menem aplicó sin anestesia un durísimo
plan de ajuste y a nivel internacional se alineó de manera incondicional con
Estados Unidos. Esa obsecuencia fue la que sepultó el kirchnerismo. Néstor
Kirchner y Cristina no pretendieron romper con Estados Unidos y Europa-hacerlo
hubiera sido una locura-sino reconstruir el vínculo sobre otro paradigma que
puede sintetizarse de la siguiente manera: la Argentina es un país
soberano, con una historia que merece respeto; en consecuencia, no es siervo de
nadie. El kirchnerismo le demostró al “mundo” que no estaba dispuesto a
postrarse para que la
Argentina sea tenida en cuenta a nivel internacional. El
mismo paradigma enarboló Raúl Alfonsín. En este sentido será imborrable su
confrontación con el mismísimo presidente Ronald Regan en los jardines de la
Casa Blanca durante su visita oficial a la
república imperial.
Macri retomó el paradigma del
menemismo. Pero a diferencia de Menem, que lo hizo por conveniencia, Macri lo
está haciendo por convicción. Está convencido de que arrodillándose ante los
amos mundiales la Argentina
resurgirá de entre las cenizas. Cree sinceramente que diciéndole amén a todo lo
que dicen Trump, Merkel y Macron el país se ganará el respeto del “mundo”. Está
total y absolutamente equivocado. Hoy ese “mundo” lo mira con desprecio, lo
considera un pelele y a la
Argentina una colonia de cuarta categoría. Que funcionarios
del FMI le den órdenes al equipo económico conducido por Dujovne es, lisa y
llanamente, una afrenta. Hoy quien está a cargo del país se limita a hacer un
culto a la sumisión, a la genuflexión, a la obsecuencia. ¿Se imagina, estimado
lector, a Domingo Faustino Sarmiento postrándose ante Estados Unidos? ¿Se lo
imagina, estimado lector, al mismísimo Juan domingo Perón haciendo lo mismo?
No, es imposible. Y lo es porque, más allá de sus colosales diferencias
políticas e ideológicas, tenían algo en común: eran poseedores de una fuerte
personalidad. Para ellos el orgullo era algo que jamás había que perder porque
detrás había un país que no deseaba ser tratado como una colonia.
La política exterior de Macri
se sustenta en la humillación y la postración. Eso es lo deleznable, no su
relación con el “mundo”. Nadie aboga por el aislamiento internacional pero si
para ser halagado por ese “mundo” hay que gatear, es preferible mantenerse
erguido aunque implique un alejamiento de Estados Unidos y compañía. Porque a
la larga, los patrones comenzarán a tratar a la Argentina con un poco
más de respeto. Pero pedir a Macri un comportamiento digno es como pedirle
peras al olmo.

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