La columna política de Eduardo van der Kooy
La columna política de Eduardo van der Kooy
El fiscal que lleva adelante la causa de corrupción más
importante de la historia política de la Argentina (los cuadernos de las coimas) ha sido
declarado en rebeldía. Carlos Stornelli no se presentó a
declarar en tres ocasiones ante Alejo Ramos Padilla. Este juez de Dolores lo
acusa de estar presuntamente vinculado con un sistema de espionaje que
habría utilizado para sus investigaciones.
El titular de la Corte Suprema , Carlos Rosenkrantz, ha quedado aislado en
ese Tribunal. Le arrebataron la administración del dinero. También, hasta la
página de noticias del organismo. La semana pasada volvió a
votar en soledad (4 a
1) un fallo que concedió la razón a un reclamo de una jubilada para no abonar
el impuesto a las Ganancias. El mismo que la mayoría de los jueces con salarios
de privilegio evaden amparados en la legalidad.
La líder de la
Coalición , Elisa Carrió, salió a defender a Rosenkrantz.
Denunció además el hipotético intento de “golpe institucional” contra
Mauricio Macri. Responsabiliza a la denominada mayoría peronista en la Corte que componen Ricardo
Lorenzetti, Juan Carlos Maqueda y Horacio Rosatti. El ex ministro de Justicia
de Néstor Kirchner fue promovido al Tribunal por la propia diputada. Jugó para
reemplazar a Lorenzetti por Rosenkrantz. Pero hasta allí llegó su amor. Sólo en una nación
trastornada como la
Argentina aquella denuncia pudo haber circulado como una
brisa pasajera.
Cristina Fernández, la principal líder de la oposición, utiliza la
enfermedad de su hija, Florencia, para entorpecer la parva de
causas de corrupción que la comprometen. En especial, Los Sauces y Hotesur en
las cuales la joven cineasta sin fueros parlamentarios está procesada y
embargada como integrante de una asociación ilícita que se encargó de lavar
dinero. La ex presidenta cuenta para su maniobra con la anuencia del régimen de
Cuba. Allí estuvo hace días.
El Indec informó el jueves que la pobreza en nuestro país se
incrementó el último año de 27,7% a 32%. Se agregaron al padecimiento 2,7 millones
de nuevos pobres. La inflación no cede. El dólar corcovea con
empeño. Sólo el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, descubre luces de una
supuesta reactivación. Mauricio Macri arenga desde la tribuna que “hay que aguantar”.
Constituye la única estimulación política que su gobierno revela frente a una
sociedad con el humor en derrumbe.
Observando aquel panorama que representa apenas un breviario,
¿alguien podría afirmar que la crisis argentina obedece sólo a las dificultades
económico-sociales? Es indiscutible que ese tópico se ha convertido en el centro de gravedad
de la escena. Pero asusta la disfunción sistémica. La
inexistencia de algún respetable anclaje institucional. Los principales
candidatos para octubre, Macri y Cristina, han sido, en distinta dimensión, los
fogoneros de esta crisis. Son, por otra parte, quienes acumulan
el mayor nivel de rechazo en la sociedad. Algo inexplicable y
riesgoso sucede.
El Congreso asoma como una suerte de parásito.
Ninguna de las dos leyes importantes impulsadas (financiación de los partidos y
proyecto contra los barrabravas) consigue progresar. Sólo aparece como caja de
resonancia de las maniobras políticas que buscan responsabilizar, según sea el
actor, al oficialismo o a la oposición de complicidad con el desbandado mundo del
espionaje. El Poder Judicial brindó la semana pasada otra
muestra de lo que es. De la ajenidad con que se mueve respecto de los intereses
colectivos. El ex presidente Carlos Menem y el ex ministro Domingo Cavallo
fueron condenados a tres años y varios meses de prisión (con inhabilitación
para ejercer cargos públicos) por la venta del predio ferial de La Rural. Esa venta
sucedió en 1991. La causa arrancó en 1999. El fallo llegó 20 años después.
El recorrido de la democracia desde 1983 no permite rescatar una
dimensión de crisis como la actual. Donde a
cada calamidad se le suma otra. Hay que hacer la salvedad del 2001 cuyo
recuerdo triste provoca un interrogante: ¿podría hablarse, a esta altura, de un
aprendizaje en la conciencia social? ¿Estará madurando la convicción de que
frente a tantos problemas la búsqueda de una solución no pasa por la activación
de una espoleta como en el pasado? ¿Se habrá comprendido
que la posibilidad de dirimir conflictos radica sólo en la utilización de las
herramientas democráticas? Las votaciones, entre otras. Sería aventurado hacer una
afirmación extremadamente optimista frente a tantas
preguntas e incertidumbres. En cualquier caso, el derrotero demuestra que la Argentina paga
elevadísimos costos en la confrontación con cada crisis, de las cuales nunca
termina de salir.
Pocas, salvo aquella del 2001, parecieron ser tan integrales
como la actual. La economía forzó la salida anticipada del poder de Raúl
Alfonsín. Pero la política ayudó en forma de corsé para que no se desmadrara
todo. El peronismo remozado y el radicalismo supieron hacer lo
suyo. El cuadro se repitió con Menem: la política también contuvo la
persistencia destructiva durante una década del modelo de la convertibilidad.
El kirchnerismo en su largo periplo incorporó su propio signo distintivo: a la
mala gestión económica, también sobrellevada por la política, el tiempo de
Cristina profundizó la decadencia ética y moral. Cambiemos ha
hecho esfuerzos, aunque en tres años no logró revertir ese estado de cosas.
El dilema que flota en la escena es ahora, de cara a las
elecciones, saber si la dirigencia y el sistema están en condiciones de salir de
esta ciénaga. Si aflora en algún lugar la convicción de que la
crisis no
podrá ser superada sólo con un cambio o permanencia de gobierno.
Mucho menos si no predomina algún espíritu de colaboración y convivencia. No es
lo que por ahora se ve: Macri y Cristina apuestan únicamente a la competencia de
ladrarse fuerte.
El Presidente, al margen de las cuestiones económicas, ha tenido
serios errores de gestión en otro par de planos. Con la Justicia y la Agencia Federal de
Inteligencia (AFI). Un puente inconfundible vinculas ambas
cosas. Ensayó una modificación en la
Corte que arroja malos resultados. No por la calidad académica
de Rosenkrantz. Sí por su incapacidad de comprender que a su entendimiento del
Derecho debe añadir destreza política para manejar un cuerpo colegiado. De lo
contrario, suceden dos cosas: el Tribunal se transforma, como ocurre, en
inorgánico; esa condición baja perniciosa hacia el universo de los jueces donde
escasea el decoro. Tampoco la mochila debería cargarse sólo en las espaldas del
titular de la Corte.
Pueden recordarse algunas prédicas que en su tiempo de jefe
hacía Lorenzetti. Insistía, con razón, que la Corte no debe hacer seguidismo del poder
pero tampoco
eludir su corresponsabilidad con la gobernabilidad. Otra más:
insistía que el Máximo Tribunal no está para lesionar las cuentas públicas.
Varias de sus últimas iniciativas, votadas por el pleno, tuvieron el sentido
opuesto.
La otra pata del problema la constituye el espionaje. Macri
decidió mantener el statu quo con la nominación de Gustavo Arribas
en la AFI. Un
amigo y poco más. El viejo y putrefacto esqueleto del organismo se mantiene.
Incluso con topos kirchneristas que el ex presidente fallecido y Cristina
designaron en su momento. Hoy esas bandas, convertidas en mafia, parecen estar
fuera de control. Tal situación abrió un debate en Cambiemos en medio de la
campaña.
Carrió reclamó la disolución de la AFI. María Eugenia
Vidal, una de las presuntas víctimas del espionaje, prefiere cautela aunque no
haga pública su postura para no colaborar con el enrarecimiento del clima. ¿Dejar a todos en la
calle en la definición del año electoral? pregunta la gobernadora
de Buenos Aires. Un acto temerario. Vidal no posee una sola
constancia de aquel presunto seguimiento contra ella. Tampoco la aportó en sus
revelaciones el juez Ramos Padilla. La mandataria optó por hablar cara a cara
con Arribas. El jefe de la AFI
le dijo: “Yo no fui”. Vidal corroboró de esa manera que el ex
empresario del fútbol fiscaliza sólo lo que puede.
Así es. Uno de ellos, que estaba prófugo de la Justicia , Hugo “Rolo”
Barreiro, se entregó en las últimas horas. Tendría mucho que ver con el falso
abogado Marcelo D’Alessio y el caso Stornelli. Pero podría aportar
muchas revelaciones de los topos K, alguno de ellos hoy en el Congreso.
La gobernadora sabe que muchos integrantes de aquel organismo
pululan en Buenos Aires. Como socios de delincuentes y narcotraficantes.
Muestra esa batalla como uno de sus logros en tres años de gestión difícil. En
varios casos, contó con el soporte de la oposición en la Legislatura. Hasta
del massismo y el kirchnerismo. Pero le escapa a cualquier alharaca.
La contracara de aquella moderación siempre parece Cristina. La principal opositora se manifestó escandalizada por los
actos de espionaje. Lo hizo público luego de un robo extraño que ocurrió en las
oficinas de campaña de Sergio Massa. En 2013 el líder del Frente Renovador
sufrió un ataque a su domicilio a días de las legislativas que ganó. Fue condenado a 18
años de prisión un prefecto que hacía espionaje para el Poder Ejecutivo.
La ex presidenta fomentó como nadie esas prácticas desleales. Incluso violando
leyes con flagrancia. Concedió poderes extraordinarios a César Milani cuando lo designó
jefe del Ejército. El ahora preso militar por delitos de lesa
humanidad recibió entre 2007-14 fondos por encima del presupuesto para el
Ministerio de Defensa y también de la entonces Secretaría de Inteligencia (SI)
que manejaba Oscar Parrilli. Parte de ese equipo de espionaje, con tecnología
traída desde Israel, desapareció cuando Macri llegó al poder.
¿De qué podría entonces manifestarse sorprendida la ex
presidenta? El cinismo es uno de los venenos de la política.
(*)
Clarín, 31/3/019.

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