La columna política de Ernesto Tenenbaum
La columna política de Ernesto Tenenbaum
En
los comienzos de la democracia, un gran periodista llamado Pablo Giussani
publicó un libro de ensayos deslumbrante y, al mismo tiempo, muy controvertido
que se llamó Montoneros, la soberbia armada. En los primeros capítulos de
ese texto describió la manera en que funcionaba el pensamiento mágico. Uno de
los ejemplos que usó fue el de una antigua tribu que habitaba una zona
inundable y creía que la manera de evitar las inundaciones consistía en castigar
a los animales para que aullaran de dolor. De esta manera, calculaban, el río
no se atrevería a acercarse por el espanto que le provocarían esos gritos.
Naturalmente, eso no ocurría. Por más que les pegaban a los animales y los
animales aullaban, el río los inundaba una y otra vez, porque los ríos no
escuchan, no temen, no tienen alma. Sin embargo, los integrantes de aquella
tribu no escarmentaban. Sus sacerdotes les explicaban que el problema era que
no habían aplicado el método con suficiente convicción. Entonces, a la
siguiente vez, cuando el río amenazaba con desbordar, les pegaban a los
animales aún con más rigor, para que aullaran más, y esta vez, sí,
atemorizarían al río. Como era de esperar, el método volvía a fracasar.
Giussani usaba esa historia para graficar
algunos aspectos de la relación entre Perón y los montoneros. En estos días,
curiosidades de la historia, ese ejemplo puede ilustrar lo que sucede en la
relación entre el presidente Mauricio Macri y la economía de la Argentina. Desde su
asunción, Macri aplicó una serie de medidas. Los resultados se pueden ver al
final de su mandato. La inflación es mucho más alta de la que recibió; hay
muchos más pobres y muchos más indigentes; el endeudamiento ha
crecido de tal manera que, por un lado, obliga a la sociedad a realizar un gran
esfuerzo para pagar intereses y, por el otro, ha limitado enormemente la
capacidad del Gobierno para tomar decisiones soberanas; el PBI per cápita, ese
indicador tan sensible para los técnicos que gobiernan la Argentina , es menor aún
que en 2015. Esta semana, Mario Vargas Llosa le preguntó al Presidente qué
planes tenía para el próximo mandato. Sorprendentemente, Macri respondió:
"Hacer lo mismo que estoy haciendo ahora, pero mucho más rápido".
Como aquellos indígenas de Giussani, le pegaría más fuerte a las bestias.
La metáfora tal vez se aclare si se utilizan
ejemplos concretos. Hace seis meses, el Banco Central puso en marcha un plan
para frenar la inflación que consistía en subir violentamente la tasa de
interés y emitir lo menos posible. Mes tras mes se confirma que el método, con
mucha suerte, solo alcanza para frenar la escalada del dólar. La inflación
argentina, en un mes, supera a la inflación de la mayor parte de los países del
mundo en un año y es mucho más alta que en cualquier momento del kirchnerismo.
El pensamiento científico aconsejaría ser
audaces en la autocrítica y analizar si no existen otros factores que disparan
la inflación o enfoques alternativos, que podrían ser más eficientes para
controlarla. El pensamiento mágico reacciona de otra manera: si el método no
funciona, habrá que aplicarlo con más energía. "Lo mismo pero más
rápido", diría el Presidente. Entonces, suben más la tasa de interés,
secan más de dinero la economía. El río vuelve a desbordar. No escucha los
aullidos de las bestias.
Hay otro ejemplo reciente y más delicado. Como se sabe, durante el año 2018 la Argentina sufrió una
seria crisis de confianza que derivó en una devaluación histórica. Cualquiera
que conociera cómo funciona la economía, sabía que la consecuencia sería un
fuerte aumento de la pobreza y la indigencia. Eso sucede porque el aumento del
precio del dólar se traslada en poco tiempo hacia todos los precios de la
economía. El presidente Macri creyó, en diciembre del 2015, que eso no le
sucedería a él. Pero para 2018 ya tenía la experiencia de lo que sucede cuando
se devalúa tanto. Por eso, ante el salto del dólar, el Gobierno tenía frente a
sí el desafío de qué hacer frente al inminente aumento de precios,
especialmente frente al de los alimentos, que pegan tan fuerte en el poder
adquisitivo de pobres e indigentes.
En una y otra
entrevista, los funcionarios del Gobierno, de Marcos Peña para abajo,
respondieron lo que iban a hacer: nada. Así de sencillo. Que los precios fueran
definidos por el libre juego de la oferta y la demanda. Los efectos fueron los
esperados. En septiembre, por ejemplo, en un solo mes, la harina aumentó un 20
por ciento. En marzo, un cuarto de la inflación se explica por el aumento de
la carne. Hace 15 días, la empresa que controla el 80% del mercado lácteo
resolvió, de manera inconsulta, retirar de las góndolas la leche para el
consumo popular. ¿Qué hizo el Gobierno en los tres casos? Lo que había
prometido: nada. Permitió que los empresarios definieran la magnitud de aquello
que los técnicos que manejan la economía llaman pass through, y que el resto de los
mortales conoce bien: la inflación de alimentos producto de una devaluación.
Esa pasividad se completó con otra, que ha sido
realmente exótica en la historia de la democracia. Cuando la crisis arrecia, y
les pasó a todos los gobiernos, a los presidentes los desvela encontrar
herramientas para atenuar sus efectos entre quienes más las padecen. Raúl
Alfonsín puso en marcha un plan alimentario; Carlos Menem, los planes Trabajar;
Eduardo Duhalde, los planes Jefas y Jefes de Hogar, y la asistencia de las
manzaneras en el 2002. Cristina Kirchner, la asignación por hijo en la crisis
de 2009 y los precios cuidados en la devaluación de 2014. ¿Cuál fue la
idea de este Gobierno ante la crisis del 2018? ¿En qué consistió su aporte? La
última devaluación encontró a un Gobierno menos sensible y creativo que en
otros momentos de su gestión, cuando amplió la asignación por hijo o fortaleció
la relación con los movimientos sociales.
Una de las personas —entre tantas— que advirtió
que se venía la inundación fue el reconocido economista Bernardo Kosacoff, que
actualmente enseña en la universidad Di Tella y en la UBA. Kosacoff
sostuvo que eliminar la pobreza era un objetivo imposible, pero que terminar
con el hambre, es decir, con la indigencia, era perfectamente posible en un
país donde solo dos millones de personas padecen insuficiencia alimentaria (era
la cifra de ese momento), mientras que al mismo tiempo se produce comida para alimentar
a 500 millones. Solo era necesario ponerse a pensar, rápido, entre
especialistas en un plan para que los sectores más vulnerables accedieran a
comida subsidiada en los supermercados mediante una tarjeta especial, como la SUBE , que aplicara distintos
precios a distintas personas. Así funciona, por ejemplo, la asistencia
alimentaria que reciben 40 millones de personas en los Estados Unidos.
El pensamiento científico hubiera escuchado y
barajado esa alternativa, o alguna otra, frente a la inundación de pobres e
indigentes que, lógicamente, se avecinaba. El pensamiento mágico —el Estado
ausente, el libre juego de la oferta y la demanda— sonrió con sorna: esta gente
no entiende.
El resultado de todo esto es el que pronosticaba
el pensamiento científico. Ochocientos mil nuevos indigentes: el río no fue
ahuyentado, una vez más, por el aullido de las bestias. Recién en marzo, con el
daño producido y la inminencia de la campaña electoral, el Gobierno aumentó
sensiblemente la asignación por hijo.
Esa forma de pensamiento
se ha repetido desde el comienzo de la gestión. El pensamiento mágico
sostenía que un país como la
Argentina podía salir de un sistema rígido de control de
cambios sin que ello generara inflación, que se podía elaborar una tabla de
metas de inflación sin computar en ella los efectos de una devaluación y de un
aumento simultáneo de tarifas, que se podía apoyar todo un esquema de
desarrollo en la llegada de capitales de corto plazo y a alto interés, que el
aumento violento de la deuda externa no era un problema porque lo que importaba
era la relación entre deuda y PBI, y no la velocidad del crecimiento de la
deuda, que el déficit de balanza de pagos no era un tema relevante porque otros
países crecieron durante años conviviendo con ese elemento.
El pensamiento científico, mientras tanto,
advertía sobre los riesgos serios de lo que estaba ocurriendo, que se
produjeron todos, y con creces, en el año 2018.
Frente a tantas
desventuras, se podría imaginar que las verdades que guían al Gobierno
entrarían en revisión. Pero el Presidente lo descartó frente a Vargas Llosa y
un grupo de cruzados de la Fundación Libertad lo ovacionaron como si fuera
un rock
star.
El pensamiento mágico, decía Giussani, es inmune
a los mensajes de la realidad. Allí radica su fortaleza.
(*) Infobae, 31/3/019.

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