El punto de vista de Francisco Olivera
El punto de vista de Francisco Olivera
Una apuesta en
medio de la nada (*)
Una apuesta en
medio de la nada (*)
Es a desgano, pero necesitan creer. Parte de los empresarios han hecho en los últimos
días esfuerzos por acercarse al universo de Alberto Fernández, en la mayoría de los casos sin
excesivo entusiasmo. Asimilado el nuevo fracaso colectivo de un país que, cada
tanto, se ve forzado a resetear su economía porque no consigue volverla viable, cada uno a su modo va buscando
alternativas. Son contorsiones ideológicas o políticas derivadas del primer
acto reflejo del establishment, que es preservarse a sí mismo.
Tal vez, razonan, falto de recursos y opciones, el candidato del Frente de Todos haga una presidencia amigable con
la creación de riqueza. El sueño del peronista ortodoxo. Esta idea incluye una
suposición todavía imposible de poner a prueba: como la única preocupación
de Cristina
Kirchner serán
sus causas judiciales, se limitará a un rol simbólico y no entorpecerá la
gestión. En otras palabras, que quien aportó la mayor parte de los votos para
volver al poder se resigne a no ejercerlo.
Es una apuesta en medio de la
nada. Anteayer, durante la reunión con la Mesa de Enlace, Alberto Fernández les dejó a los
líderes agropecuarios una tarjeta con su teléfono móvil. Un mensaje al sector
que más se resiste al regreso de Cristina Kirchner: el interlocutor será él
mismo. Los productores están forzados a olvidar el conflicto de 2008. Es cierto
que en aquella crisis el entonces jefe de Gabinete se dedicó a buscar un
acuerdo para el que ninguno de sus dos jefes estaba dispuesto. Fue uno de los
motivos de su renuncia, que se dio en medio de esas discusiones y en
circunstancias que nunca admitió en público: en las horas posteriores a la
sesión del Congreso en que Cobos votó en contra de la resolución 125, Fernández
hizo gestiones para que el matrimonio presidencial no tomara una decisión
drástica que estuvo cerca a concretar: abandonar el poder. Llamó, por ejemplo,
a Marco Aurelio García, el canciller brasileño, para pedirle que le propusiera
a Lula convencer a Cristina Kirchner de no renunciar. García aceptó y, momentos
después, volvió a comunicarse con él para contarle que el jefe del Estado
brasileño lo había intentado tres veces, pero que no le contestaban el
teléfono. Fernández exhortó también a Parrilli a exigirles lo mismo a Hebe de
Bonafini y a Estela de Carlotto. No está claro si por esas gestiones la
presidenta finalmente no se fue. Los testigos recuerdan que ese desenlace
enemistó a Néstor Kirchner con el jefe de Gabinete, que empezó a llamarlo sin
éxito a El Calafate durante todo el fin de semana siguiente. Y que eso
precipitó la renuncia de Fernández, a quien la entonces presidenta llegó a
pedirle llorando que no se fuera. Después lo reemplazó por Massa.
Esa historia, más o menos conocida
en el mundo de la política, es la carta más creíble que tiene el candidato del
Frente de Todos para convencer al establishment de que no será fácilmente
influible. Es cierto que casi todo ha cambiado desde aquel conflicto. Por lo
pronto, Cristina Kirchner se terminó de emancipar políticamente con la muerte
de su marido, dos años después. Pero ya entonces Fernández y los empresarios
contemplaban el poder desde el mismo lugar: desde afuera.
Por
eso es difícil imaginar cómo pueden repartirse el poder si ganan en octubre. Es
lo que temen el mercado y los empresarios. "No estoy en condiciones de
volver a la sala de espera de Roberto Baratta: voy a contratar un gestor o me
voy a vivir afuera", se sinceró ante este diario el accionista de una
empresa de servicios. A los sectores de la producción les cuesta menos. Los
industriales de la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, han resuelto empezar
a tomarse en serio las propuestas de Axel Kicillof, a quien acaban de agregar
como invitado al festejo del día del sector la semana próxima en Costa
Salguero. Lo recibieron el miércoles para acordar los detalles de su exposición,
que será en el cierre del acto, y volvieron a oír los conceptos de siempre: el
candidato a gobernador les habló del "industricidio" que, dijo, había
cometido Macri en los últimos años y defendió las
DJAI y el cepo: cuando hay fuga de capitales, planteó, es necesario restringir
la cuenta de capital.
Los resultados de las primarias
cambiaron también el tenor de viejas relaciones personales del mundo de los
negocios. Dirigentes que hasta hace tres semanas parecían condenados a una
presencia solo testimonial han vuelto a gravitar, por ejemplo, en la Unión Industrial
Argentina. El martes, fuera de protocolo y después de la reunión del comité
ejecutivo, miembros del Grupo Industriales, la corriente más proteccionista de
la central fabril, se quedaron para dejarle sus propuestas al presidente,
Miguel Acevedo. Hay nombres que vuelven allí a ser relevantes: José Ignacio de
Mendiguren, Juan Carlos Lascurain, Guillermo Moretti, Carlos Garrera.
Este
nuevo paradigma se sustenta no solo en la posibilidad incierta de un próximo
gobierno con sesgo industrialista, sino en un concepto más fácil de predecir:
una administración peronista tiene siempre mayores posibilidades de desindexar
el modelo. Es decir, convencer a los sindicatos de esperar para la recuperación
de los salarios frente a la inflación. Impedida de hacer ajustes o reformas estructurales y presa de su déficit fiscal, la Argentina vuelve al
problema que la visita todos los lustros: ¿cómo generar los dólares necesarios
para financiar su gasto público? En esta cuestión irresuelta reside su rezago.
El país, que había conseguido duplicar su PBI per cápita en la década siguiente al
colapso de 2002, no pudo hacerlo crecer desde 2012 en adelante. Perú consiguió
triplicarlo en los últimos 15 años.
Ahora
es fácil decir que Macri subestimó esta debilidad estructural del mismo modo en
que sobreestimaba su poder para emprender reformas. Lo que empezó a discutirse
esta semana forma parte del mismo problema: Alberto Fernández necesitaba que
fuera el Presidente quien pagara el costo político de reprogramar la deuda y licuar parte del déficit. Este
proceso es inherente al desgaste de su adversario electoral, al que seguramente
volverá a intentar debilitar si advierte que, por ejemplo, liberado de los
dólares que reservaba para pagar vencimientos, vuelve a hacer pie. "Debe
estar contando los días", sonrió el candidato del Frente de Todos cuando
le recordaron que Macri afirmaba que para los 59 días que quedaban para
la elección se requería la colaboración de
todos. Es otro desfase de la
Argentina : sus dirigentes contabilizan en días problemas que
la historia registra en décadas o siglos. Es entendible que los empresarios
prefieran adaptarse a horizontes exiguos.
(*) La Nación , 31/8/019.

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