Este blog, eminentemente político, tiene el objetivo de atrapar la atención de quienes aman la política, más allá de sus respectivas ideologías.
La columna internacional de Marcelo Cantelmi
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La columna internacional de Marcelo Cantelmi
Mentiras,
guerras y retrocesos: unas pocas señales en la bruma del G7 de Biarritz (*)
El mundo en
el que transcurre la crisis Argentina camina en puntas de pie sobre un límite
muy delgado en el que todo parece inexorable. La reciente cumbre del G7 en
Biarritz concluyó con una declaración sin novedades importantes, reflejando en esos silencios la potente interna que divide hoy al mundo
desarrollado. Pero la reunión de los más industrializados -no
incluye a China- dejó al menos una serie de señales, buenas y malas, sobre lo
que sucede detrás de lo evidente.
El norteamericano Donald Trump llegó a la cumbre después de
haber cargado las tintas de la guerra comercial que libra contra China
afirmando que tiene poder legal para obligar a las empresas de su país a
retirarse del gigante asiático. La herramienta es una ley de 1977 que brinda
poderes especiales ante una “amenaza inusual
y extraordinaria a la economía o a la seguridad nacional”. Un
despropósito, pero no para Trump que llegó a acusar a las automotrices alemanas
y japonesas de poner en peligro la seguridad nacional norteamericana por la
cantidad de automóviles de esos orígenes que circulan por las calles de EE.UU.
En Biarritz,
Trump en cambio, se mostró moderado y dúctil. Posiblemente porque no había
espacio para la dureza debido a que estuvo aislado y en un clima muy crítico
como el europeo a la actual Casa Blanca. Pero es difícil atribuir a ese
comportamiento su declaración sobre que había recibido un
par de llamadas de un alto cargo chino pidiéndole retomar las negociaciones
comerciales. “No tienen más remedio”, presumió. Los mercados de
inmediato le creyeron y se entonaron aun pese a que horas después el vocero de la Cancillería de Beijing
afirmó que no tenía conocimiento de esos llamados.
Puede haberse tratado de una conversación
privada, y de ahí la reacción moderada de la Cancillería de Xi
Jinping. Pero, también, puede haber sido una estrategia del magnate para
justificar el reinicio del diálogo, que es lo que sospechan los mercados. En
esa misma declaración se había autelogiado por un “extraordinario acuerdo
comercial” que cerró con Japón. Tokio debió salir a aclarar que lo que hay
son solo conversaciones. Trump es así. Pero lo que importa es que el
comentario del jefe de la
Casa Blancaexpondría la
necesidad de Washington de aliviar la crisis después de que Beijing derrumbó
los puentes al arancelar US$70 mil millones de productos
norteamericanos. La ausencia de una solución a su medida, a la que Trump ha
apostado vivamente, agudiza los efectos domésticos lado a lado con la
desaceleración que exhibe el crecimiento global. Como siempre, la guerra es
negocio hasta que deja de serlo.
The New York
Times relataba en esas mismas
horas el enojo de los agricultores norteamericanos por el derrumbe de sus
ingresos debido a la retracción masiva de las compras chinas de soja, carne de
cerdo o trigo. Hay una montaña de
quiebras y morosidad en los pagos en el negocio del campo
que interpela a Trump sobre el sentido de este conflicto. No es un espacio
electoral desdeñable. La sorpresiva victoria del magnate inmobiliario en las
elecciones de 2016 se apoyó en un puñado de votos en Estados como Michigan
(10.700 sufragios) , Wisconsin (22.100) y Pensilvania (46.700) que le dieron la
mayoría en el Colegio Electoral. Esta columna señalaba en junio último que los
encuestadores del Partido Republicano detectan en esas regiones una reversión
del ánimo de los votantes. Fiel a su estilo Trump buscó resolver el problema
despidiendo a los responsables de esos sondeos. Pero el desafío sigue allí .
La situación
global se agrava por el desmadre de la crisis del Brexit, un fallido agudizado
por el respaldo que en Biarritz --otra señal de ese encuentro pero en la
perspectiva opuesta-- Trump le brindó al bisoño premier británico Boris
Johnson. Este apoyo fue central en la decisión adoptada horas después por el
mandatario conservador para cerrar el Parlamento de Londres. Una acción sin
precedentes en 70 años y conla intención
antidemocrática de impedir que los legisladores detengan una ruptura sin
acuerdo con la UE. La
medida es un ejemplo penoso de cómo proceder cuando la realidad va en contra de
las intenciones del poder. Y deja a la intemperie el argumento cínico de los
rupturistas respecto a que el Reino debe estar gobernado por un Parlamento
soberano y no por Bruselas. ¿Cuál Parlamento?
La intención
de Johnson es quebrar la resistencia del Ejecutivo comunitario a una nueva
negociación. Los inventores del Brexit se han envuelto en la idea de que es el
Continente y no Londres el que teme a este divorcio, constatación que
desmienten tres años de gestión fallida de Theresa May. Al no existir señales
de que la UE vaya
a modificar su posición, es claro que todo se encamina al estallido.
Trump ha prometido a Johnson un acuerdo comercial especial si se
corona el Brexit. Una apuesta de riesgo en la cual no cree ni aún el Banco de
Inglaterra y que promete desmembrar el Reino por el rechazo de la europeista
Escocia y la furia de los irlandeses que no aceptan perder la frontera blanda
que los une desde que acabó la guerra en 1998.
Los dueños del poder económico europeo han fortalecido al
Ejecutivo de la Unión
para esterilizar ese daño. Y se han coaligado con gran parte de sus colegas
norteamericanos, en una presión homogénea sobre la Casa Blanca para modificar el carácter incendiario de la batalla contra el
rival chino. El objetivo común del liderazgo del norte
mundial coincide en detener el avance del imperio asiático. La discusión radica
en la metodología para administrar esa tensión. En Biarritz Trump reconoció que
no le preocupa el efecto negativo en la economía mundial de sus andanadas
arancelarias. “Perdón, así es como negocio”, sostuvo. La soberbia es un defecto que empeora si oculta la ignorancia de
cómo funcionan las cosas. La gestión de Francia en
Biarritz parece suponer que ese palabrerío de Trump es la coartada de un
retroceso de sus políticas proteccionistas por el daño autoinfligido que
produce el conflicto. Parte de lo que ha detectado el influyente diario
neoyorquino.
Hay otro aspecto que intersecta con ese supuesto. París convirtió al conflicto con Irán en una estrella del encuentro aún
por encima del ruidoso desastre del Amazonas. El gobierno liberal de Emmanuel
Macron y sus aliados del Continente, estarían apostando a que la détente con
China también restaure los puentes con Teherán. Hay razones para ese interés.
El acuerdo de desnuclearización de Viena de 2015 abrió un enorme negocio
multimillonario con Irán en el cual las corporaciones europeas ocuparon
los primeros puestos, pero se desplomó con la retirada unilateral de
EE.UU. y la reimposición de aranceles.
La UE ha
intentado desde entonces reparar esa crisis sin lograrlo por las amenazas de
Washington a las empresas que negocien con la teocracia persa. Pero en Biarritz
Macron planteó en público, frente a Trump, que “están dadas las
condiciones para una cumbre presidencial” entre el norteamericano
y el iraní Hassan Rohani. Solo un súbito pragmatismo del lado estadounidense
haría posible ese encuentro que requeriría el desarme previo de las sanciones.
¿Qué lleva a Macron, una de las voces reales del establishment europeo, a
considerar que las cosas están de ese modo?
Es posible imaginar la respuesta a esa pregunta, pero es aún más
claro lo que hay sobre la mesa. Un acuerdo con China y el restablecimiento de
los negocios con Irán aliviarían, por un lado, el parate de la economía mundial
y producirían, por el otro, una baja del precio del petróleo. Esa combinación,
de paso, extinguiría los efectos destructivos que acarreará el Brexit.
El Grupo de los Siete se formó en 1975 para enfrentar la que por
entonces era la mayor recesión de la historia del capitalismo desde la Gran Depresión.
Había estallado en 1973, apenas dos años después de que Richard Nixon
destruyera los acuerdos de Bretton Woods y abandonado el patrón oro. Fue el parto del caos financiero que explica el tumultuoso diseño
del mundo actual. Y de su dirigencia. Si la historia se
repite, ahí se encuentra el espejo.
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