La columna política de Eduardo Aliverti
La columna política de Eduardo Aliverti
Ya
no hay gobierno, en la acepción de que se comanden cosas determinantes que
despierten mínima confianza. Pero en el ámbito analítico profesional, aunque
nadie más que los voceros oficialistas y exceptuando, por supuesto, a la gente
que pasa hambre o padece de otros modos esta catástrofe, hacemos como que. Hacemos como que
alguien gobierna en el sentido orientador de la palabra. En el aspecto de que
aún quedase alguna figura, al frente, con eficacia básica. Al Presidente
gracias si le guardarán respeto los mozos de su servicio personal. Desde el
núcleo de las grandes empresas que le dispensaron expectativa favorable -sólo
en público, porque en privado nunca dejó de ser el hijo de Franco- advierten
que al “reperfilamiento” lo descubrieron para no decir que se la chorearon. Heidi
y el alcalde porteño, la una perdida por perdida y el otro porque ve venir que
la ola es capaz de arrastrarlo, se despegan de Cruz Diablo ya manifiestamente. La
panquequería periodística oficial acaso se inquiere, tarde y sin solución
posible, si el mercenarismo tiene salida. El escrutinio definitivo aumentó la
distancia del Frente de Todos a 16 puntos. En el colmo de la ensoñación, con
Macri balconeando en soledad absoluta, delante de unos adherentes que apenas se
abigarraban hasta la pirámide de la
Plaza , en Casa Rosada decían que había mejorado el ánimo de
Ex Cambiemos.
Hacemos como que Macri
no es De la Rúa
porque se trata de que complete su mandato, para no cargar con el sayo de que
se lo cascotee en dirección “golpista”. Hacemos como que es cuestión de
escrutar la respuesta de los mercados, cual si no fuera que el mundo entero
habla del default argentino. Hacemos como que vale la pena interpretar a fondo
la cifra del riesgo-país, en modo de que no sean lo mismo alrededor de 800 o
2500 puntos siendo que la lluvia de inversiones macrista es la del país
emergente más aislado del mundo. Hacemos como que no se sabe que Macri es un
sujeto derrumbado, sin reacción, según confiesan ya sin mayor ocultamiento
quienes acceden a él. ¿Hay algo peor que no contar con la solidaridad cardinal
de quienes lo acompañaron hasta acá, que apenas si piden el off the record? Hacemos
como que no puede ser que todo vuelva a terminar como se sabía de sobra que
terminaría, de vuelta. Un par de tuits, que circularon en las últimas horas,
resumieron el espectáculo del derrumbe macrista con una mordacidad óptima. En
orden cronológico, uno dijo que este el único gobierno de la historia que,
cuando llegó, le echó la culpa al que estaba; y que, cuando se va, le carga la
culpa al que viene. El otro apuntó que Juntos por el Cambio cambió su slogan.
Ahora es Juntos por el
Control de Cambios.
Este último tiene tanto
de chiste como de trompada que interpela a los engañadores seriales de la
alianza gorila. Incluso los gurús habituales del pensamiento económico “ortodoxo”
-es decir, los neoliberales fanáticos que hasta acá surtieron de argumentos a
la banda de CEOs gobernantes- piden restricción al casino de entrada y salida
de capitales. Acaba de ocurrírseles que urge frenar la sangría de dólares. Que
el Estado intervencionista debe volver de alguna manera. Que cabe eludir
llamarlo “cepo”. Que el kirchnerismo en una de esas tenía razón. Que el inepto
es Macri. O el oficialismo quema por fin su manual del mundo inversor que apoya
al amigote (relativamente) inservible, como para jugar la última carta de
llegar hasta diciembre (¿dónde queda diciembre?), o esto podría acabar antes de
“tiempo”. Es una probabilidad a contemplar, ante la que tampoco debe hacerse
como que no existiera. Nada que no se conociese: la derecha endeuda
salvajemente y después tiene que venir el “populismo” a salvar las papas. Este
horrible final de Macri representa, por un lado, el destino inevitable de una
sarta de ignorantes que leyeron al capitalismo actual como la simpleza del
apoyo corporativo al bandido amigote. Pero Macri, si es por eso, ni llegó a ser
Menem.
Por otro lado, y por la
positiva, escenifica que en el pueblo argentino hay una sustancia simbólica, de
lucha, de memoria bien a que a veces temblequeante, de mucha historia
distintiva, susceptible de generar sorpresas cuando se cree que todo está
decidido. Eso, sin embargo, es ante todo para el consumo de la sociología
política. Interesante, estimulante, pero no sirve a las urgencias justamente
sociales. Digámoslo de una vez. U otra vez, porque ya fue señalado tras el
resultado de unas elecciones en que billetera mató galán, encuestas amañadas y
estrategias de comunicación digital invencibles, según las cuales el hambre y
los padecimientos masivos cederían paso a que el gobierno más corrupto de la
historia democrática impondría a su lucha contra la corrupción. Digamos de una
vez que la responsabilidad de no promover la salida anticipada del Gobierno
tiene el límite de que cada día, con tamaña ineptitud y perversión en cabeza
del Ejecutivo, continúe sumándose ahogo popular. Es una angustia que no
cambiaría, en sufrimiento cotidiano concreto, si el Presidente renuncia y se
adelanta unas semanas la elección de octubre. Pero tampoco es racional que
pueda seguirse así, con un gobierno que ya no es tal. Las emergencias
alimentaria y sanitaria deben ser implementadas de inmediato, a través de
mecanismos que decisión política y pericia técnica dirán. Da vergüenza
reiterarlo. No hay otra prioridad que enfrentarse al hambre.
Más luego, no puede o no
debe ser que la salvación “institucional” sea a costa de seguir manteniendo la
mentira de que hay gobierno. Y de que el discurso oficial llama al diálogo y la
responsabilidad opositores, mientras simultáneamente se convoca a la violencia
de decir que la culpa es de los Fernández. Lo que se vio en la patética
conferencia de prensa de Hernán Lacunza, al anunciar el default “selectivo” o
-más fácil y según lo define Alfredo Zaiat- el corralito para las Letes, es
casi indescriptible. No hay antecedentes de un ministro que haya iniciado
anuncios, de medidas urgentes, con un panfleto mal disimulado de acusación a
los vencedores electorales. Trastabilló en cada oración. Leyó lo que él mismo
no creía porque los sentimientos no se leen. Se cuentan. Se le busca la vuelta
a si el Fondo Monetario desembolsará los 5400 millones de dólares que iban a
llegar en septiembre; a por qué un tuitero compulsivo como Trump permanece en
silencio sobre la situación argentina desde el 11 de agosto; a la solidez de
unas reservas que siguen quemándose a mansalva, a cambio de nada que no sea
dejarle al futuro gobierno un muerto inédito. Pero no hay vuelta. Es una falta
de respeto al mejor sentido común afirmar que la oposición no hace todo lo
posible para evitar incendios mayores. ¿Qué pretende el oficialismo, además?
¿Que se permanezca mudo frente a las agresiones permanentes de sus voceros más
reconocidos? ¿Que se calle la obviedad de que están desangrando al país? ¿Que
se le exprese al Fondo la vocación de asistir impávidos a la debacle?
Como escribió el colega
Martín Rodríguez, a quien vale volver a citar (“Los sobrevivientes”, La PolíticaOnline ), “Cambiemos
estaba íntegramente preparado para todo menos para una oposición sensata, que
se ‘desengrietó’ a sí misma (…) Mauricio Macri es un hijo de la democracia. Lo
sabe y lo mastica. Pero el día después de la derrota Macri fue Macri. No fue un
político. Aunque todos los políticos tienen un día así. Macri no lo podía
creer. Pero lo tuvo que creer. Salió con los tapones de punta a confirmar los
cientos de prejuicios que se amasaron a su sombra. Recuerda el periodista Mario
Wainfeld que el papa Juan Pablo II sufrió un atentado que casi le cuesta la
vida. Como todo Papa, vivía forzado al manejo de un puñado de idiomas, por lo
pronto el italiano, y muchos recordamos que supo también esbozar el español. El
día que le dispararon, mientras su vida empezó a colgar de un hilo, esto
subraya Wainfeld, gritó en polaco. En polaco. En su lengua madre. El día
después de la derrota, mientras su carrera y su futuro político empezaron a
colgar del hilo, Macri habló en su lengua: la de su clase. Macri se irá
gritando en polaco”. Mientras tanto, el Presidente, sus adláteres y sus
militantes del odio deberían agradecer profundamente a la oposición, al
sindicalismo, a los movimientos sociales, que no precipiten lo inexorable. Aunque
nunca a costa de ser cómplices.
(*) Página/12,
2/9/019

Comentarios
Publicar un comentario