La reflexión de Marcelo Figueras
La reflexión de Marcelo Figueras
ASÓCIESE
A ESTE CLUB (*)
Moe, Larry & Tyler
Lo que me costó el amor de Marla
ASÓCIESE
A ESTE CLUB (*)
En las páginas
iniciales de El cuento de la criada, la protagonista pasa
caminando delante de un muro del que cuelgan seis cadáveres. El espectáculo le
evoca las palabras de la mujer que regentea su destino: «Lo común era aquello a
lo que estabas acostumbrada», le dice la Tía Lydia. «Puede que esto no te parezca
ordinario ahora, pero dentro de un tiempo lo será. Se convertirá en algo común».
La novela de Margaret Atwood transcurre en un futuro que estaría a la vuelta de
la esquina, donde los Estados Unidos que conocemos ya no existen: a causa de
una crisis que arrasó sus cimientos, se han reinventado como una nación
totalitaria y puritana llamada Gilead. En ese paisaje imaginario y a la vez
reconocible de modo inquietante, la criada reflexiona sobre su pasado y las
razones por las cuales no vio, o no quiso ver, la catástrofe que se venía:
«Vivíamos, como de costumbre, ignorando. Ignorar no es lo mismo que ser
ignorante, es algo que sólo logras trabajando».
Aunque su éxito como serie es reciente, El cuento de
la criada —la novela— data de 1985. Once años más tarde, Chuck
Palahniuk publicó otra historia que, aunque en muchos aspectos no podía diferir
más de la escrita por Atwood (a esta se la considera feminista, mientras que la
de Palahniuk ha sido acusada de machismo rampante), surgió como respuesta a la
misma, alarmante tendencia humana a acostumbrarse a cualquier cosa y empezar a
considerarla como algo natural.
Cuenta Palahniuk que la chispa de lo que se convertiría
en El
club de la pelea (Fight Club) se le ocurrió el día en que volvió a
trabajar, después de una vacación que había dedicado a acampar. Durante esa
escapada tuvo un altercado, del que salió con moretones y la jeta hinchada.
Pero al regresar al laburo, ninguno de sus compañeros —¡ni uno solo!— le
preguntó qué le había pasado. Con tal de no escuchar una historia que los
desplazase de su lugar de confort, prefirieron fingir que no había ocurrido
nada.
El club de la pelea —la novela del
’96 y la peli de David Fincher, que el 13 de septiembre cumple 20 años de su
estreno en Venecia— nació como un trompazo autopropinado. Al igual que su
anónimo Narrador, Palahniuk buscaba sacudirse y sacudir. Tanto el libro como la
película son un alarido que raja la placidez de un día de shopping;
el arte como puño que revienta el cristal que protege la alarma. La intención
de ambas obras era contradecir a la Tía Lydia (me lo pregunto hoy: ¿habría leído
Palahniuk El cuento de la criada?) y rehusarse a normalizar lo monstruoso
que se vuelve cotidiano. Me respondo ahora: sí, Palahniuk debe haber leído el
libro de Atwood apenas salió al mundo, pero aun si no lo hizo está claro que
entiende o entendería la confesión de la criada, porque padeció que los colegas
pretendiesen no ver sus heridas, que lo considerasen apenas un engranaje en la
maquinaria laboral que no merecía individualizarse contando qué le había
ocurrido. Fight Club fue su intento de nadar contracorriente y
trabajar ya no para ignorar diligentemente, como se usa cada vez más en
nuestras sociedades, sino para arrancarse las escamas de los ojos y empezar a
ver — y ver de verdad.
Me hice de un tiempo del que no disponía para releer el
libro y rever la película, porque hacerlo me daba placer y necesito defender ese
impulso. En esta ocasión el disfrute se repitió, y hasta puede que haya sido
mayor que el que experimenté originalmente. Al repasar las críticas y
comentarios del momento, se vuelve evidente que casi todo lo que se dijo
entonces —incluyendo lo positivo, y hasta lo elogioso— fue dicho a la
defensiva, tomando recaudos por demás. Fight Club es una provocación
desde la página uno hasta los créditos que cierran el film. Y como se trata de
una provocación harto efectiva, funcionó entonces y funciona todavía como un
test de Rorschach: dice más de aquel que lo lee / ve que de la esencia misma de
la mancha contemplada.
Por entonces, aún aquellos que hablaban bien de la peli
trataban de poner distancia, subrayando que el hecho de que disfrutasen de la
historia de un esquizofrénico violento y masoquista no equivalía a que condonasen
su actitud. Veinte años más tarde, y a dieciocho casi exactos del atentado de
Bin Laden al corazón de New York (el film se estrenó en Venecia un 13 de
septiembre, lo de las Torres Gemelas ocurrió un 11 de septiembre), la peli no
ha hecho sino ganar en capacidad de estremecer. A partir del 11 de septiembre
de 2001, todo relato que considere que el derrumbe de ciertos edificios puede
significar el parto de un mundo nuevo —la frase inicial de un Libro del Génesis
alternativo— no puede sino ser considerado un escándalo.
Y Fight Club buscaba escandalizar,
pero no tanto. Nadie compacta tantas cosas asquerosas o irritantes en un solo
relato (grasa líquida robada de clínicas de cirugía estética, automutilación,
intervenciones pornográficas en pelis infantiles, sopas sazonadas con orín,
explosivos caseros, violencia física como forma de autoafirmación,
organizaciones terroristas), a no ser que busque provocar afrenta o al menos
producir risas incómodas. Pero lo más escandaloso de Fight Club es aquello que esconde
a plena vista, mientras distrae al lector / espectador con la escalada de
hechos cada vez más anárquicos inspirada por Tyler Durden —el personaje que
interpreta Brad Pitt— y nos fuerza a preguntarnos por su verdadera
personalidad.
Muy por encima de su cinismo, su humor negro y su
vocación apocalíptica, lo más escandaloso de Fight Club es que se trata de una
historia de amor.
Moe, Larry & Tyler
Mi abuelo tenía un armario empotrado dentro de su
habitación, donde guardaba su máquina de escribir —una Remington Rand que aún
conservo— y montones de novelitas de esas que se compraban en los kioskos:
policiales de la colección Rastros, westerns de Marcial Lafuente Estefanía y
Silver Kane, los relatos originales de James Bond escritos por Ian Fleming.
También atesoraba allí toneladas de esas revistas que se llamaban Selecciones
del Reader’s Digest. Una miscelánea de artículos, la mayoría de los cuales eran
versiones reducidas de libros: sinopsis, datos e ideas predigeridos para que el
ciudadano moderno no perdiese un segundo extra de su vida funcional, y todo
envasado en un formato pequeño, manuable, ideal para la cartera de la dama y el
bolsillo del caballero.
Cada entrega contenía además secciones fijas. Como la de
chistes breves: La Risa ,
Remedio Infalible. Y otra que describía para qué servían nuestros órganos,
contada por ellos en primera persona. Yo soy la próstata de Juan. Yo soy el hígado de
Juan. Yo soy el páncreas de Juan.
Tal vez por eso Fight Club me hizo clic desde la
primera vez que la vi. Y no me costó nada ponerme en el lugar de su
protagonista. Esa sección de Selecciones me había entrenado desde chico. Si ya
estaba habituado a imaginar que era una vejiga o un pulmón, ¿por qué iba a
resultarme difícil ponerme en el lugar de Tyler Durden?
El club de la pelea cuenta la
historia de un Narrador sin nombre que lleva seis meses sufriendo insomnio.
Esto lo empuja a un estado de constante duermevela, en el cual nunca está del
todo relajado pero tampoco despierto. Cuando uno no puede dormir, dice, «todo
está muy lejos, una copia de una copia de una copia. El insomnio te distancia
de todo, no podés tocar nada y nada puede tocarte». Acude a un hospital en
busca de somníferos y el médico le dice que, si quiere saber lo que es sufrir
de verdad, vaya a las reuniones de los grupos de autoayuda para enfermos
terminales. El Narrador le hace caso y encuentra en esos grupos un consuelo que
no había imaginado. Aunque no tiene enfermedad orgánica alguna se vuelve adicto
a esos encuentros, en cuyo marco logra llorar («Cuando la gente piensa que
estás muriendo, te presta atención en serio») y a continuación duerme como un
bebé.
Hasta que llega Marla. Que es tan farsante como él, como
queda de manifiesto cuando cae en la reunión del grupo de las víctimas de
cáncer testicular. El Narrador empieza a cruzársela en todos los encuentros,
hasta que la encara y terminan negociando una repartija de grupos para que cada
uno tenga los suyos y no vuelvan a cruzarse. Pero el efecto disruptivo de Marla
ya ha tenido lugar: el narrador no logra volver a llorar —esto es, a sentir— y
en consecuencia recae en el insomnio. Como su trabajo lo obliga a viajar, se
despabila cada día en un avión diferente, en un lugar diferente.
Y así conoce a Tyler Durden. Que lo impresiona como su
negativo perfecto: atractivo, divertido, osado. Tyler tiene la idea de lo que
terminará convirtiéndose en el primer Club de la Pelea : un marco en el que
dos tipos pueden liarse a golpes siempre y cuando respeten ciertas reglas, en
la esperanza de que el dolor —el que infligen, pero ante todo el que reciben—
les recuerde cómo era eso de sentirse vivos de verdad.
Porque el Narrador no sufre enfermedad orgánica alguna,
pero sí una espiritual. Es el hijo prototípico de una sociedad satisfecha, que
nunca padeció necesidades reales: tiene trabajo seguro, techo y dinero del que
disponer libremente. Por eso intenta definirse a partir de lo que consume.
Amueblar su casa según las recomendaciones de la corporación IKEA no se
diferencia mucho de lo que significaba leer Selecciones (yo en casa de mis
abuelos, el Narrador en el baño de la casa donde Tyler lo aloja): le permite al
consumidor creer que está eligiendo libremente, cuando en realidad está
picándose con un placebo de la libertad. Otros han pensado por él previamente,
mientras lo convencían de que pagar equivale a decidir; cuando pagar —lo
sabemos todos— no es más que la certificación de que ya te han vendido algo,
mucho antes de que metieses la mano en tu bolsillo en busca de la tarjeta.
Tyler Durden irrumpe en la vida del Narrador como un
huracán Dorian. Lo reconecta con el dolor —porque si no estás abierto a la
posibilidad del dolor no vas a sentir nada, ni siquiera lo bueno—, lo despoja
de sus ataduras materiales (cuando su departamento es arrasado por una
explosión, la primera reacción del Narrador es decir que lo que se destruyó no
fueron sus sillas, sus lámparas y sus alfombras: «Lo que estalló —dice— fui
yo») y le revela el goce que deriva de la iniciativa anárquica que interfiere
el funcionamiento del sistema. Durante un buen tramo de la novela y de la peli,
lo del Narrador y Tyler parece un episodio perverso de Los Tres Chiflados.
Juntos fabrican jabones a partir de grasa liposuccionada que le venden a las
mismas mujeres que se liposuccionaron; instigan peleas callejeras sin motivo;
extorsionan a corporaciones, que los subvencionan con tal de que dejen de
molestarlas. Y a medida que se aproximan a tocar el fondo de su insatisfacción,
consiguen articularla en palabras y convertirse en inspiración para otros —
para legiones de otros.
«No tuvimos una gran guerra en nuestra generación, ni
una gran Depresión», dice Tyler ante los nuevos acólitos del Club de la Pelea , «pero ahora tenemos
por delante una gran guerra del espíritu… La gran Depresión son nuestras vidas…
En materia de historia, somos los hijos del medio, criados por la televisión
para creer que algún día seríamos millonarios y estrellas de cine y del rock,
pero ya no lo seremos. Y recién ahora lo estamos entendiendo… Así que no jodan
con nosotros».
En Tyler Durden se unen los extremos del desasosiego
experimentado por aquellos que lo tuvieron todo, con el de aquellos a quienes
les ha faltado todo. Díganme si no se les acelera el corazón cuando lo oyen
decir: «Imaginen cuando llamemos a una huelga y todos se nieguen a trabajar
hasta que redistribuyamos la riqueza del mundo».
Soy el corazón
esperanzado de Juan.
Lo que me costó el amor de Marla
A mi entender, el intento de leer / ver Fight
Club como un panfleto machista conduce pronto a un callejón
sin salida. Es verdad que habla de muchachones que se reúnen a darse manija
para potenciar su costado violento, pero se me hace que en Palahniuk responde
al deseo de recrear la camaradería masculina infantil, más bien pre-sexual:
aquella etapa de la primera escolarización durante la cual funciona el porque-te-quiero-te-aporreo. En
más de una oportunidad Palahniuk ha dicho que envidiaba esa camada de libros
como The
Joy Luck Club y How to Make An American Quilt, novelas
que ensalzan la hermandad entre mujeres; de algún modo Fight
Club puede ser leída como su versión masculina. Pero aquí lo
masculino es algo a lo cual se abraza inicialmente, tan sólo para ser
trascendido.
El Narrador recrea y atraviesa en rápida sucesión las
etapas del desarrollo: desde la indeterminación infantil, donde unx no puede
decidir nada y todo le es impuesto; a la individuación (masculina, en este
caso) masturbatoria; a la socialización homoerótica previa a la adolescencia; a
la exacerbación de los rasgos identificados con su género (que, en el caso de
lo masculino, conduce al coqueteo con el fascismo aunque aquí se queda
deliberadamente en el anarquismo: no busca tanto mandar, ordenar, conducir,
como dinamitar el sistema y, al borrar todos los registros bancarios, imponer
la igualdad real entre todxs lxs ciudadanxs) para, finalmente, cortar las
ataduras del Yo —el egoísmo— y postrarse ante la sublimidad del Otro — el
altruismo. En el climax del relato, el Narrador entiende que todo lo que ha
construido con Tyler le importa menos que Marla, o que sólo le importa en la
medida en que habilita y torna posible la relación con Marla. (En este punto me
tienta parafrasear a Dolina, y proponer que se rebautice Fight
Club como Lo que me costó el amor de Marla.)
Porque ella no es precisamente una doncella a ser
rescatada: más bien es una mina border, zarpada, que durante algún tiempo se
banca las idas y vueltas del narrador hasta que le pone los puntos. «Que a vos
y tus pequeños discípulos les guste que los fajen, es una cosa», le dice sobre
el final. «Pero si me tocás otra vez, te mato». Por eso creo que aunque
Palahniuk jugó con los juguetes propios del género con que lo inscribieron en
el Registro Civil, su intención no era reforzar sus barreras. Debe tener una
visión más fluida del asunto, imagino. Porque Palahniuk es gay, vive con su
pareja desde los ’90 y además es un personaje. Hace algunos años lo escuché
leer uno de sus textos en Barcelona y descubrí que es un señor muy alto,
tímido, educado, musculoso y con un look de leñador que no habría desentonado
entre los Village People. Eso me lleva a imaginar que, si hoy volviese a
escribir Fight
Club (sé que ha continuado la historia en dos cómics, que no
he leído aún porque temo que pase lo que ya me pasó con las continuaciones de The Matrix),
seguramente incluiría clubes de pelea femeninos. (En algún sentido, esta
relectura ya existe: se llama G.L.O.W. y es una serie de Netflix
que recrea la historia real de las mujeres que en los ’80 se consagraron como
luchadoras de catch.)
Insisto con que lean / vean Fight Club como una historia de
amor. (Me mata la manera en que la
Marla cinematográfica, Helena Bonham-Carter, le dice al
Narrador: «Sos la peor cosa que me pasó en la vida», de modo que suena como la
más romántica de las declaraciones.) Pero ojo: el romance no niega todo lo que
ha generado Tyler Durden como doppelgänger del narrador, su Otro
Yo. Al contrario. Cuando uno revisa la secuencia de eventos de la historia,
parece sucederse de este modo: el Narrador siente que su vida no es vida real,
sino la fotocopia de una fotocopia, hasta que conoce a Marla; entiende que su
amor es imposible en el contexto de este mundo que es la expresión paroxística
de la injusticia social y la hipocresía; hace su entrada teatral Tyler, a quien
se le encarga dinamitar ese mundo y parir otro donde el amor verdadero pueda
tener alguna oportunidad; y recién entonces, cuando Tyler explota los edificios
que contienen toda la info económica y crediticia del mundo y nos deja a todos
con los mangos que nos quedan en el bolsillo, el amor entre Marla y el Narrador
se vuelve una posibilidad.
La peli de Fincher subraya esta lectura. La escena
final, donde el Narrador le ofrece su mano a Marla y dice «Todo va a estar
bien» mientras los edificios se hunden ante su mirada y suena Where Is My
Mind de The Pixies, es simplemente antológica: Marla y el
Narrador como los Eva y Adán de un mundo nuevo que se abre ante nosotros.
Porque, seamos sinceros: si alguien sobrevive a este brete en que nos hemos
metido como especie, las Evas y los Adanes que parirán la humanidad por venir
van a tener que estar bastante chapa, como requerimiento profesional. «Durante
miles de años, los humanos jodieron y se cagaron en este planeta, y ahora la
historia pretende que yo limpie ese desastre», reflexiona el Narrador. «Y
encima tengo que pagar la cuenta de los desperdicios nucleares y de los tanques
de nafta enterrados y de los desechos tóxicos de la generación que me
precedió». (Hola, Mauricio. Reperfilame esta lluvia de basura tóxica que es la
única lluvia que conseguiste para nosotros.)
En este sentido, Fight Club es heredera directa del
Howard Beale de la peli Network (1976), que impulsaba a
los televidentes de su país a asomarse a la ventana y gritar: «¡Estoy loco de
furia y ya no me la banco más!»
Fight Club también provoca en
este aspecto, porque postula que hasta la más romántica de las historias
necesita de un contexto que le permita prosperar o de lo contrario será
abortada. Y este mundo nuestro —tanto en el Hemisferio de los Saciados como en
el Hemisferio de los Necesitados— es un asesino del amor. Por eso prefiero
releer la novela y rever la peli, que me parecen más gloriosas que nunca, desde
su invitación a recrear clubes de la pelea allí donde estemos, para presentarle
resistencia a este mundo cretino en nuestros propios términos.
«Somos la gente que te lava la ropa, cocina tu comida y
te sirve la cena», dice el Narrador. «Los que te hacen la cama. Los que te
cuidamos mientras dormís. Los que manejamos las ambulancias. Los que
habilitamos tus llamadas. Somos cocineros y taxistas y lo sabemos todo sobre
vos. Nosotros procesamos tus reclamos en materia de seguros y los gastos de tu
tarjeta. Nosotros controlamos cada parte de tu vida».
Así que no jodan con nosotros.
Está claro que nuestros clubes de pelea no apelarían
nunca a la violencia literal, ni a la iniciativa exclusivamente masculina.
Simplemente derivarían de la conciencia que todos hemos adquirido respecto de
la necesidad de asociarnos —y de seguir asociándonos, aun cuando todo parezca
haber cambiado— para resistir. La pelea se da conversando, trabajando,
marchando, encontrando acuerdos, conversando aún más y ocupando todos los
espacios para que nadie nos mee la sopa. (Ni nos infiltre ningún sanguchito.)
Hoy somos muchos, ya, los que entendimos que la pelea se puede dar hasta
bailando.
Si vos querés.
(*) El cohete a la
luna, 8/9/019.

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