La reflexión de Juan Carlos Tealdi
PIEDRAS NEGRAS (*)
Números y palabras
Ha llegado el momento, así parece, de ponerle palabras a
la muerte. Mejor dicho, a los muertos. Y a los que van a morir. Fracasaron los
números del ritual obsesivo. Fracasó ese engañoso conjuro de la muerte en la
vida cotidiana.
Los números, que en sí no tienen valor ético. Hacen
parte de un mundo que para ser humano requiere de otros mundos. Y sin embargo,
casi sin darnos cuenta, sólo hablamos de números. Y pensamos con ellos. Porque
es que al fin y al cabo, nada raro es hacerlo. Ya todo lo que hacemos y nos hace
se mide y cuantifica. Ya todo se hace número que oculta a la palabra. Así venía
siendo antes y así fue siendo ahora, al llegar la pandemia. Pero un vendaval de
muertos y dolores dijo basta.
Es el AMBA y Jujuy, es Chaco y es Río Negro, y no sólo
Ecuador, sino también Perú. Es la letalidad impiadosa en un departamento jujeño
que ha albergado el ingenio de transformar lo dulce en acritud amarga de
explotación y muerte. Es la ciudad peruana que un conquistador europeo proclamó
Ciudad de los Reyes hasta que otra proclama, de un libertador nuestro, llegó a
ponerle término al dolor y la humillación que entonces imperaba, y que hoy
vuelve a las calles de esa ciudad de Lima
Aquí, y allá, y más allá, la exaltación en triunfo de
los números ha consagrado el lenguaje de un orden que colapsa. Pero han sido,
todavía siguen, y acaso seguirán siendo eficientes como patrón comunicativo
para la utilidad injusta del orden de ese mundo. Tienen una potencia
extraordinaria. Son abstractos. No tienen tiempo ni espacio. Nadie ha visto
nunca a un tres. Pero los enfermos y los muertos, aunque sean tres, no son un
tres. Son algo muy distinto. Tanto, que la dignidad de cada uno, esa cualidad
que los hace insustituibles, no permite la suma.
Las palabras y el
cuerpo
Pero dejando aparte el tema de la dignidad, los enfermos
y los muertos, los trabajadores y los pobres, convertidos en números, no tienen
tiempo ni espacio. Y así la suma, suma. Sin tiempo no hay historia y sin
espacio no hay cuerpo. Y un cuerpo sin historia no ha tenido sentido. Ese
cuerpo no está. Ni vivo ni muerto. Es tan sólo una sombra del reino post-moral
que ya sin gracia alguna nos promete esa posverdad del mundo de los números. Es
el sinsentido habilitado por el infinito archipiélago de creencias desprendidas
del continente colectivo. Es el mismo sinsentido que han tenido los cuerpos que
fueron mercancía. Es el reino en el que un tres se sustituye sin más por otro
tres.
Y sin embargo, ante el fracaso del vivir en el mundo
clausurado de los números, aún nos queda el cuerpo hecho palabra. Poco a poco,
casi con el temor del que da sus primeros pasos, se ha logrado, hablando, que
otros hablen: de la angustia de los que enferman, de los que mueren solos, de
los últimos días, de los que no tienen delante el cuerpo querido para el
llanto, de la ceremonia del último adiós, de tanto y tanto dolor encerrado en
cada pecho.
Nos quedan las palabras que, como símbolo, no habitan el
espacio. Su esencia sólo es tiempo. Sólo construyen historia. La historia de
ese cuerpo que nos habla, de esa conciencia sensible que se muestra en ellas.
Sobre la realidad de un espacio de anatomía y un tiempo de reloj, sobre esa
masa de músculos y huesos, sobre ese mundo real, la palabra introduce el tiempo
de lo humano, el tiempo del lenguaje, el tiempo de los otros. El tiempo de la
historia del vivir una vida. Ese otro mundo. Ese mundo simbólico de los
enfermos y los muertos que es inconmensurable a todo número.
Hacen falta poetas
Son días de dolor. Necesitamos ponerle palabras a la
muerte. Y hay quienes son artesanos de excelencia en ese mundo. Por eso es que
al dolernos tanta enfermedad y muerte, como me pasó al ver esa hilera de fotos
de médicos muertos por Covid que el Colegio peruano exhibe en la vereda de
enfrente a su fachada, me acordé de un poeta. Y quiero detenerme en sus
palabras.
César Vallejo supo ponerle nombres a la enfermedad y la
muerte. Supo ser generoso en el acto de darnos ese mundo de poemas humanos, de
significación y sentido, de sensibilidad y asombro, de respeto y desafío. Esas
palabras que hoy nos faltan. Ya en el primer verso del que algunos llaman su
poema mayor, Piedra negra sobre una piedra blanca, imagina el final
anticipando:
Me moriré en París
con aguacero
un día del cual ya
tengo el recuerdo.
Hoy quiero recuperar, para poder nombrar nuestros
dolores, las palabras de algunos de sus versos.
Los nueve monstruos
Y, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato.
(…)
¡Jamás, hombres
humanos,
hubo tanto dolor en
el pecho, en la solapa, en la cartera, en el vaso, en la carnicería, en la
aritmética!
¡Jamás tanto cariño
doloroso,
jamás tan cerca
arremetió lo lejos…
(…)
Jamás, señor
ministro de salud, fue la salud más mortal
(…)
¡Cómo hermanos
humanos
no deciros que ya no
puedo y
ya no puedo con
tanto cajón…
(…)
Señor ministro de
salud: ¿qué hacer?
¡Ah!
Desgraciadamente, hombres humanos,
Hay, hermanos,
muchísimo que hacer.
Las ventanas se han estremecido
Médicos y enfermeros
cruzaban delante del ausente, pizarra triste y próxima, que un niño llenara de
números, en un gran monismo de pálidos miles. Cruzaban así, mirando a los
otros, como si más irreparable fuese morir de apendicitis o neumonía, y no
morir al sesgo del paso de los hombres…
(…)
¡No es grato morir,
señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre
lo que se deja en la vida! ¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se
deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que pudo dejarse en la
vida!
La vida, esta vida
La vida, esta vida
su instrumento, esas
palomas…
Me placía
escucharlas gobernarse en lontananza,…
advenir naturales,
determinado el número
y ejecutar según sus
aflicciones, sus dianas de animales.
(….)
No escucharé ya más
desde mis hombros
huesudo, enfermo, en
cama
ejecutar sus dianas
de animales…Me doy cuenta
En suma, no poseo
para expresar mi vida sino mi muerte.
(…)
Nómina de Huesos
Se pedía a grandes
voces
(…)
—Que le llamen, en
fin, por su nombre.
Y esto no fue
posible
¡Y si después
de tantas palabras
¡Y si después de
tantas palabras,
no sobrevive la
palabra!
¡Si después de las
alas de los pájaros,
no sobrevive el
pájaro parado!
Más valdría, en
verdad, que se lo coman todo y acabemos!
(…)
Se dirá que tenemos
en uno de los ojos
mucha pena
y también en el
otro, mucha pena
y en los dos, cuando
miran, mucha pena…
Entonces… ¡Claro!…
Entonces… ¡ni
palabra!
(*) El cohete a la
luna, 30/8/020
Comentario
Hernán Andrés Kruse
2/9/020
Aprovecho este espacio que gentilmente cede a
sus lectores El Cohete a
A la
sociedad argentina (*):
Los
médicos, enfermeros, kinesiólogos y otros miembros de la comunidad de la
terapia intensiva sentimos que estamos perdiendo la batalla. Sentimos que los
recursos para salvar a los pacientes con coronavirus se están agotando. La
mayoría de las Unidades de Terapia Intensiva del país se encuentran con un
altísimo nivel de ocupación. Los recursos físicos y tecnológicos como las camas
con respiradores y monitores son cada vez más escasos. La cuestión principal,
sin embargo, es la escasez de los trabajadores de la terapia intensiva, que a
diferencia de las camas y los respiradores, no pueden multiplicarse. Los
intensivistas, que ya éramos pocos antes de la pandemia, hoy nos encontramos al
límite de nuestras fuerzas, raleados por la enfermedad, exhaustos por el
trabajo continuo e intenso, atendiendo cada vez más pacientes. Estas cuestiones
deterioran la calidad de atención que habitualmente brindamos. Enfundados en
los equipos de protección personal, apenas podemos respirar, hablar,
comunicarnos entre nosotros. También tenemos que lamentar bajas, personal
infectado y lamentablemente, fallecidos, colegas y amigos caídos que nos
duelen, que nos desgarran tan profundamente. Terminamos una guardia en una
Unidad de Terapia Intensiva y salimos apresuradamente para otro trabajo.
Necesitamos trabajar en más de un lugar para llegar a fin de mes. Por horas y
horas de trabajo estresante, agotador, pese a ser profesionales altamente calificados
y entrenados, ganamos sueldos increíblemente bajos, que dejan estupefactos a
quienes escuchan cual es nuestro salario. También nos entrenamos para lidiar
con la muerte todos los días y le ganamos muchas veces. Aprendimos a ser
resilientes.
Pero ahora
sentimos que no podemos más, que nos vamos quedando solos, que nos están
dejando solos; encerrados en
(*)
Sociedad Argentina de Terapia Intensiva (SATI) que nuclea a las siguientes
filiales en todo el país: CABA-GBA,
1 de
septiembre de 2020

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