La columna política de Eduardo Aliverti
Hay que alentar lo Maradó (*)
Uno piensa en eso de las contradicciones
probablemente insalvables, que ni el mejor ejercicio dialéctico resolvería.
O tal vez sí, y es uno el impedido.
Lo piensa a partir de los entreveros por el
velatorio de Maradona en
En medio de tener que seguir cuidándose porque
el bicho sigue ahí; porque hay que prevenirse contra los excesos de optimismo;
porque nadie asegura nada, aun con el panorama alentador de las vacunas, resulta
que ante la partida del 10 se (nos) cayeron terminantemente todas las
recomendaciones militadas, sea porque se estuvo en esas filas abigarradas
de cuadras y cuadras o por haber temblado de emoción al verlas.
Uno se cansó de putear contra las manifestaciones
opositoras al Gobierno por interpretarlas como invitación al contagio, al
margen de sus contenidos políticos; y vio, ve, con demasiadas cosquillas
negativas, el relajo en las… favorables, digamos.
Y entonces se muere Maradona, y medio que
todo importó un pito.
Contradicción irresoluble.
Es decir: se cayó en la cuenta de que no
se podía hacer nada que no fuese organizar las cosas, de un momento para otro,
de una manera que antes que mejor, incluso, fuese lo menos peor posible, porque
así lo imponía la dimensión inconmensurable de la figura involucrada.
El tipo de pasión que despierta Maradona es
equiparable a la de absolutamente nadie, de modo que todos nos preguntamos “y
ahora qué se hace, má’ que coronavirus”. Cómo.
Uno pensó si acaso no es hacerle el juego a los
carroñeros detenerse en los detalles del desaguisado, pero, ¿cómo podría
evitarse el mínimo abordaje de lo que vimos todos?
Las cosas salieron muy mal, y es un dolor
tremendo la cantidad de gente que se quedó afuera de volver a proyectarse en el
Diego con un último saludo de segundos.
Eso fue el efecto de una desorganización
notable, virtualmente increíble, que no debe perdonarse.
Que la familia no tomara conciencia de
que el muerto ya no le pertenecía, porque era del pueblo, es un juicio válido
pero subjetivo, que no afecta la irresponsabilidad estatal.
¿O es que en un funeral de Estado deben primar
los sentimientos familiares sobre las condiciones organizativas y de seguridad?
¿Entendemos bien, y Claudia Villafañe fue
la jefa de Estado desde la muerte de su ex marido hasta el retiro del cuerpo?
Dicho, siempre, con la prevención de que
uno no es más que un comentarista y no está en los zapatos de quienes deben
tomar peligrosas o embarrantes decisiones institucionales, todos hicieron
todo mal.
Todos.
Hablamos del gobierno nacional, en primer
término, y del de
Al no coordinar nada de nada, una vez resuelto
que el velorio sería en Casa Rosada y siendo que respecto de cualquier otro
lugar o procedimiento hubiese pasado exactamente lo mismo (justamente por
aquello de no organizar nada), la sucesión de errores fue impresionante.
El comienzo operativo de las equivocaciones fue
no haber cerrado
Sacaron la cuenta de hasta un millón de personas
contra toda matemática escolar de cómo se haría para administrarlas y
conducirlas en apenas diez horas de adiós al ídolo más grande de la historia
argentina, definición que puede merecer reparos moralistas, pero no de
objetividad descriptiva.
Ceremonial y Protocolo presidenciales;
Todos volcaron, desde el momento en que nadie
pareció tener conciencia de que el muerto era Maradona.
Lo cierto son esas almas que se quedaron
sin despedir al Dios de existencia efectivamente comprobada.
¿Vieron la constitución de esa multitud?
Salvo que el ojímetro falle gravemente, la
mayoría aplastante de quienes pusieron el cuerpo para despedir a Maradona era
de gente muy joven y de sectores populares, bien de abajo, bien de golpearse el
corazón en su nombre, bien de que se mezclaron todas las camisetas
dándole una pacífica clase magistral a la pulcra hipocresía de que hay que
superar la grieta.
No se trata de romantizar a los pobres ni al
muerto, sino de haber constatado que el vínculo entre ellos es tan leal, tan
estrecho, como para registrar que era ingambeteable --Diego incluido-- lo que
paradójicamente fue definido en forma brillante por el título de un artículo del
diario
“Maradona tuvo un velatorio como su vida:
caótico, emocionante y plebeyo”.
Ya están y vendrán las tonterías de que, si no
se pudo organizar bien un velorio, mal podrá distribuirse la logística gigantesca
de aplicar la vacuna que fuese.
Mentira o, de base, no tiene nada que ver: en
eso sí viene trabajándose hace meses y tenemos uno de los mejores planes de
vacunación masivos que exista.
Como el 10, nuestras exuberancias
positivas y negativas son muy difíciles de comparar.
El mundo vuelve a andar de a poco tras estas
horas de detención y ¿locura?
Volveremos a nuestros índices inflacionarios, al
dólar blue, al desabastecimiento de materiales para la construcción, a las
peleas contra la trifecta comunicacional, a que los movimientos sociales
controlen diciembre en el conurbano bonaerense, a la procuraduría fiscal, a los
mandobles de AEA, a las primarias sí o no, a la legalización del aborto, al
cálculo de los haberes jubilatorios, a la emisión monetaria, al gorilaje
desencajado, en este país que se cae y se levanta, y viceversa, y viceversa
otra vez.
Un país prácticamente indescifrable, al
que lo único que le faltaba es que se muriera Maradona (aunque un oyente de
radio advirtió con la pregunta de si ya se sabe cuándo caerá el meteorito, como
para completar el año).
En Brasil se morirá Pelé, por decir, y podría
arriesgarse que habrá ciertas manifestaciones intensivas pero, sólo, para
despedir a un jugador de fútbol descomunal.
Maradona, en cambio, fue y es una imagen
infinitamente superadora de su arte.
No sólo ni acá ni en Nápoles sino, casi, en
ninguna parte del universo, fue sentido que se despedía, apenas, al malabarista
más extraordinario de una actividad genial, exclusiva, movilizadora también
como casi nada.
Ese deporte en que las manos no se pueden usar
salvo en un puesto entre once, para devolver la pelota desde sitios laterales y
para que Maradona haya cometido la picardía más celebrada de todos los tiempos.
La ilustración del The Guardian,
con la reina despatarrada y furiosa como si fuese Shilton, el arquero inglés en
el partido más famoso de la historia del fútbol en su jugada máxima, con Diego
dejando atrás a Churchill, Shakespeare y Los Beatles, entre otros, posiblemente
explica todo o muy buena parte sobre el porqué del sentimiento popular.
No por Maradó como jugador.
Como Fiorito, fierita y símbolo de que el abajo
puede.
O sea: lo que expone que los argentinos sigamos
siendo lamentable y afortunadamente una incógnita desorbitada, en la que todo
lo que pasa y pasará es al menos discutible y disputable.
(*) Página/12, 30/11/020

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