La pluma de Sergio Sinay
La mansedumbre social (*)
¿Por
qué motivo animales y personas permanecen pasivos, sin reacción, ante
situaciones adversas, dolorosas, generadoras de intenso sufrimiento? Esta
pregunta acosaba durante los años
El
filósofo, ensayista y activista social Franco “Bifo” Berardi sostiene en su
vibrante ensayo titulado Futurabilidad que el cuerpo conjuntivo de las
sociedades (en el que había espacios físicos concretos donde se interactuaba y
se generaban valores como la solidaridad social y la empatía, impulsores a su
vez de sueños y acciones colectivas) ha sido remplazado por un cuerpo
conectivo. Todos tecnológicamente conectados en un enjambre virtual, a
distancia, bajo una mera apariencia de comunicación que no es tal y que elimina
toda acción conjunta, toda presencia real de los cuerpos y de su potencia
transformadora. El desmembramiento del cuerpo conjuntivo (ahora fragmentado en
lo conectivo), sumado a la precarización devastadora del trabajo, anulan la
capacidad de rebelión, dice Berardi, y la reducen a simples e inoperantes
ataques de ira. Espasmos sin trascendencia. Durante la presente era del
capitalismo financiero no se puede concentrar la lucha por la dignidad humana
enfrentando a un centro físico de dominación, porque no hay tal centro físico.
El poder está en esa nube intangible llamada mercados. Allí donde la promesa
incierta de una vacuna (sin pruebas científicas reales que la sustenten) genera
euforia, subas en las acciones de la siempre oportunista industria
farmacéutica, nuevos millonarios y patética credibilidad de los gobiernos,
mientras las personas de carne y hueso (no “la gente”, esa abstracción) siguen
muriendo y perdiendo trabajos y futuros. De la civilización industrial se pasó
a la civilización digital, advierte Berardi. Y en esta, aunque se hable de
“pueblo”, “masas” o entelequias similares, ya no hay tal cosa. Lo que quedan
son átomos dispersos. Fragmentos que, salvo esporádicos ataques de ira (que
pueden vincularse a Vicentín, a jueces desplazados, a libertades abstractas e
individualistas, pero nunca al hambre, la educación o cuestiones que
trasciendan la coyuntura), jamás se articulan en acciones conjuntivas que
signifiquen una real reacción ante el maltrato y la indignidad, o que permitan
vislumbrar proyectos de convivencia colectiva que enciendan la esperanza. Cuando
calma el pequeño brote vuelven la desesperanza, la mansedumbre y la
indefensión. Vuelven el maltrato cotidiano, las mentiras y las promesas falsas
del maltratador. En su clásico El acoso moral, la psiquiatra francesa
Marie-France Irigoyen decía que, para salir del estrés, la confusión, la
depresión y el miedo que provoca el maltrato (todo esto presente hoy en la
sociedad) es necesario identificar al abusador, llamar a las cosas por su
nombre y actuar, saliendo del lugar pasivo de la presa. Es decir,
desaprendiendo la indefensión. He aquí una asignatura pendiente.
(*) Perfil, 29/11/020

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