La reflexión de Eduardo Fidanza
Un dios polisémico (*)
A
cuatro días de la muerte súbita, aunque anunciada, de Diego Maradona casi todo
se ha dicho sobre él y sus circunstancias. Varios fueron los géneros y los
enfoques adoptados por los miles de comentarios que circularon por los canales
mediáticos. En primer lugar, los panegíricos, unos expresados con inteligencia
y pluma sensible; otros, cargados de adjetivos grandilocuentes que se conjugan
bien con el perfil de un héroe popular. A medida que pasaron las horas y se
constató que el escándalo que signó su vida seguiría hasta el final, a las
alabanzas fúnebres le siguieron los doloridos análisis sobre la identificación
del ídolo caído con el país al que perteneció. Entonces, el célebre “Argentina,
Maradona”, que nos abrió las puertas del mundo en las últimas décadas del siglo
pasado, se transformó en la comprobación de un destino decadente y fatal. Otra
variante fue la saga policial, cuya intriga nos acompañará por muchos días:
cómo y a qué hora murió, quién lo vio por última vez, si había tomado alguna sustancia,
por qué unos dicen que aún estaba vivo al amanecer y otros que ya había muerto.
El género policial empalmó con el escabroso: empleados de la cochería se
sacaron fotos con el cuerpo inerme violando la intimidad del muerto. Luego, la
fisura política ocupó la escena a partir de una lamentable decisión del
gobierno, que sin embargo Maradona acaso hubiera deseado: velarlo en
¿En
qué consiste la naturaleza de este dios vernáculo que un país lejano e
impotente le legó a la cultura posmoderna? La celebridad teológica, que fue y
será Maradona, forma parte de una generación, entre deslumbrante y desgraciada,
con muchos representantes conmovedores, trasgresores e inolvidables. Describiré
al ídolo con un adjetivo que encierra tres dimensiones: la imagen televisiva,
la religiosidad ecuménica, la existencia caótica. Porque Maradona fue un dios
polisémico. Su carrera se inicia en la época de los antiguos televisores, hoy
inconcebiblemente grandes e incómodos. Pertenecían a la primera generación de
receptores de imágenes, acompañados por un tormento cotidiano, que recuerdan los
de mayor edad: las antenas colocadas en las terrazas, a las que se orientaba a
gritos hasta que la imagen se distinguiera sin fantasmas, en un blanco y negro
borroso e inestable. Había que esforzarse para ver los partidos. Con esa
precaria tecnología, los argentinos descubrimos y celebramos por primera vez al
joven Maradona, que al cabo de gambetas memorables se alzó con la copa del
mundo juvenil en 1979. Había mostrado su extraordinario talento y estaba a
punto de dar el salto a la fama mundial. Lo haría junto con la evolución
técnica de las imágenes: pronto su arte iba a verse en colores y mejor
definición, cuando el progreso sepultó la gama de grises y las endiabladas
antenas. Así lo contempló el mundo, haciéndole a los engreídos ingleses dos
goles famosísimos, que lo inmortalizarían: el mágico y el tramposo. Uno con los
pies y el otro con la mano. Las extremidades de dios. Si la televisión fue la
tecnología que visibilizó a Maradona, la sociedad del espectáculo fue su
contexto sociológico. Guy Debord escribió que el espectáculo “es el sol que no
se pone jamás en el imperio de la pasividad moderna. Recubre toda la superficie
del mundo y lo baña indefinidamente en su propia gloria”. La imagen es el
instrumento de la escisión espectacular entre esencia y apariencia. El
capitalismo progresa en su alienación: del ser al tener y del tener al parecer.
Narra la crónica de sus últimos días que Diego le habría dicho a su entorno:
estoy cansado de ser Maradona, quisiera tomarme vacaciones de él.
Acaso
la muerte fue el único modo de huir del personaje que la imagen había
consagrado. El carisma lo atrapó, nunca pudo regresar del parecer. Quizá ya
nadie lo contemplaba en su íntima realidad, una vez privado de la mirada de sus
padres, a los que quería regresar. Podría pensarse que esa fue su gloria y su
tragedia: ser irremediablemente visto, sin ser mirado, como Fredy Mercury,
Alberto Olmedo y tantos otros. Imagen en la televisión, desde la apilada de
México hasta la enfermera que lo acompañó en el mundial del
(*) Perfil, 29/11/020

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