La columna política de Mario Wainfeld
Tres misiones para el Gobierno:
las vacunas, el regreso a las aulas, el pacto precios-salarios (*)
En los remotos comienzos
de la pandemia proliferaron diagnósticos precoces, voluntaristas. Consignas
para noquear en los debates, imaginar tatuajes o estampados de remeras. “Te
salva el Estado, no el mercado”. Tras un año de recorrido, “el mercado” o “los
privados” imponen condiciones, son huesos duros de roer. Las patentes les van
ganando a los derechos humanos, la solidaridad internacional, las gestiones de
gobernantes. Capitalismo versus democracia, un nuevo y decepcionante episodio,
aún en los países centrales.
La comisaria europea de
Salud, Stella Kyriakides, verbaliza “profundo descontento” por los retrasos en
la entrega de vacunas de AstraZeneca y problemas de distribución de
Pfizer/BioNTech. Las campañas europeas de vacunación tropiezan o se
frenan. La funcionaria parece estar rezongando, más como comentarista que como
autoridad. No amenaza con medidas “del siglo XX” (expropiaciones,
estatizaciones, socialización de las patentes), con sanciones drásticas, con
llevar empresarios a tribunales. Los Estados y
La politóloga María
Esperanza Casullo tuitea: “Para mí, no hay historia más central en este año que
la incapacidad de los países de coordinar internacionalmente para expandir y
maximizar la eficiencia de la producción/distribución de vacunas”. Y añade,
poco rato después: “Qué poco están queriendo/pudiendo hacer los Estados”.
Muy poco, tendencia general que reconoce honrosas-contadas excepciones.
En su visita de Estado a
Chile, el presidente Alberto Fernández abordó el problema desde un ángulo
semejante: “Si hubiéramos estado juntos, estaríamos en mejores condiciones de
negociar una vacuna contra el coronavirus”. Interesante la introspección de AF
aunque quizá el ejemplo europeo sugiere que la unidad de los hermanos no
garantiza la eficacia.
El gobierno nacional
divulgó fechas de vacunación y cantidades de dosis en base a datos imperfectos,
desvirtuados por los hechos. Anunciar objetivos es necesario,
cuantificarlos o fecharlos, un albur excesivo o una temeridad. Se derrapa al
error porque todos los jugadores improvisan sobre la marcha. O macanean, vaya
uno a saber.
Las necesidades
sociales, las premuras políticas corren a una velocidad mayor que la
producción. El transporte, la logística… todos desafíos sin precedentes lo que
dificulta o imposibilita la confección de cronogramas certeros. Mejor hacer
conocer las tratativas con diferentes laboratorios, ubicados en variadas
comarcas, las perspectivas generales, las hipótesis de trabajo. Las hojas de
ruta, digamos.
Cuantificar depende de
“n” factores, cuya mayoría es ajena a la voluntad o la acción del gobernante…
un camino de ida a la crítica opositora, a la desilusión de la fuerza propia, a
la incredulidad ciudadana y al fortalecimiento de los negacionistas o
antivacunas.
Podría sorprender pero
el reinicio de las clases, presencialidad incluida, plantea cuitas similares,
hasta cierto punto. Arranca de discusiones dicotómicas, con argumentaciones
blindadas. La ministra de Educación porteña, Soledad Acuña, “roba
cámara”, eclipsa las realidades de 23 provincias, exaspera el debate, lo
simplifica al extremo. El maniqueísmo del PRO, el sesgo unitario de la
polémica, no dejan ver el bosque federal. Impiden razonar, matizar.
Regresar a las
escuelas: El año pasado hubo clases, laburo a destajo a menudo, con magros
sueldos. Horarios impiadosos casi sin descanso del personal docente.
Aprendizajes de maestros, alumnos y familias. No es menester, pues, el
regreso de las clases. Sí la vuelta, tranqui, escalonada y segura a la escuela,
a la presencialidad, el modo normal de transmitir conocimiento, sociabilizar,
juntarse.
El jefe de gobierno
porteño, Horacio Rodríguez Larreta, y la ministra Acuña no están solos en ese
afán pero se ingeniaron para colocarse como paladines de la demanda ciudadana. Eligieron
como enemigos a los gremios docentes, los malos de su película: por esencia y
porque son “K”. La segunda parte ni siquiera es plenamente cierta. No
importa, los funcionarios cambiemitas encaran: “nosotros garantizamos lo que
pide la gente, los sindicalistas hacen politika”. El eslogan pega, se adecua a
la etapa: esquemático y maniqueo. Un enemigo irrecuperable combinado con una
pobre descripción de las circunstancias. Escondiendo las dificultades,
mitificando a los “protocolos” no como medio para atenuar el riesgo de
contagios sino como panacea para impedirlos, tout court.
En realidad, todas las
autoridades concernidas de
El sistema educativo,
tupacamarizado y desfinanciado por el menemismo, articula un esquema federal
mistongo.
El Consejo Federal de
Educación fijará los parámetros para los comienzos de ciclos lectivos, entre
mediados de febrero y principios de marzo. Se congregó muchas veces durante el
primer año de la peste, lo hará en la primera quincena del mes que viene. Las
tratativas se llevan con un tono distinto al que promueve Acuña: más diálogo,
menos beligerancia.
Si coexisten 24
distritos, olvídense de la uniformidad. Pero los representantes de los
gobernadores esquivan el conflicto frontal por dos motivos básicos, distintos.
En principio se llevan bien con Trotta y valoran aportes e iniciativas de
Nación. Además, si tienen divergencias prefieren callar a ventilarlas a los
gritos, De ese modo sostienen un trato pacífico con
La conflictividad frente
a los sindicatos recorre una vasta gama, el promedio es muy inferior a la
porteña aunque, insistimos, cada terruño es un mundo.
Como sucede con las
vacunas, las nuevas metas resultan imprescindibles. De su concreción depende
que este año sea mejor. Hay un horizonte, tareas a ejecutar. Marcar el
rumbo, las herramientas constituye un deber pionero de los ministros, con
Trotta a la cabeza. Pero, como Alberto en lo atinente a las vacunas, las
autoridades deberían morderse la lengua antes de fijar plazos perentorios,
cuantificar porcentajes de alumnos que volverán. Lo cualitativo es beautiful,
lo cuanti indigesto. Se hará camino al andar.
El ministro de Educación
cordobés, Walter Grahovac, veterano como pocos, al mando de una provincia muy
poblada y muy diversa, charló informalmente con este cronista. Detalló
requisitos imprescindibles en cada escuela para empezar a volver. Sencillos,
ineludibles, ninguno puede faltar. En combo configuran una exigencia elevada
para muchos territorios. Tiene que haber agua potable, baños en cantidad
suficiente y en buenas condiciones, ventilación-aireación, señalización clara.
Provisión y suministro cotidiano de barbijos para personal docente y no
docente, alcohol para les pibes y los grandes. Las familias proveerán barbijos
para sus hijos e hijas. En caso de carencia, tal como se hace con los
guardapolvos, el Estado provee. Las directoras son, si se permite ese giro
amable, el órgano de aplicación.
Con los recaudos básicos
garantizados, es viable empezar a volver. Cabe entonces calcular cuántas
personas pueden convivir en la superficie existente. Afirmar que “tienen que
ir” el x por ciento de los alumnos a todas las escuelas es una compadrada.
Demarcar dead line para el 17 de febrero, otro tanto.
Por motivos
comprensibles mas no deseables, la inversión para reforma o mantenimiento de
edificios escolares resultó muy exigua en 2020. Arcas públicas
exhaustas, prioridades en gastos de salud y salarios agotaron las cajas
provinciales o municipales. Los niveles de arranque se parecerán demasiado a
los legados por la presidencia de Mauricio Macri, angurrienta en materia de
gasto social.
La controversia
focalizada en “presencialidad sí o no” peca de reduccionista: hace a un lado
cuestiones fundamentales. Entre muchos enfoques recomendables en ese sentido
destacamos un artículo del historiador docente Federico Lorenz en Anfibia.
Glosamos intuiciones propias. Tras un año sin cercanía se torna imperioso
discutir contenidos, enfoques, modos de armonizar educación remota y cercana.
La provisión masiva de
notebooks para chicas y chicas sin recursos familiares se torna imprescindible
y subraya qué necio fue Macri al suspender el programa Conectar Igualdad.
Los docentes son parte
de la solución, jamás los causantes del problema. Se han especializado
en pilotear crisis, como la de 2001. Ocuparse de los comedores atentos a las
urgencias de las criaturas y de las familias. Tampoco son novatos en enseñar
mientras se combaten enfermedades: en bastantes provincias cooperaron en
campañas contra el dengue.
De nuevo: los propósitos
compartidos deben prevalecer sobre la ansiedad. Para ser serio, se debe discernir
conforme se vaya avanzando. Con previsibles logros y retrocesos. Sin
triunfalismos ni “enemigos internos” útiles para acumular en las encuestas pero
disfuncionales para la gestión.
Moderar la inflación,
otra premura: El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) figura en la
agenda presidencial, puede esperar a abril o mayo aunque es sensato no
explicitarlo. El regreso a las escuelas, los progresos en la vacunación son
necesidades urgentes. Tanto como moderar la inflación, sobre todo la de alimentos.
Los aumentos de 2020 conspiran contra (o imposibilitan) la recuperación del
valor adquisitivo de los salarios. Las herramientas elegidas por ahí
contuvieron subidas peores… apenas eso. No bastaron los mecanismos de control
de precios, los congelamientos de tarifas. La ley de Góndolas se reglamentó
tardíamente. Tampoco bastó tranquilizar la economía, impedir el ataque
devaluatorio, tampoco.
El Gobierno encara una
solución política: organiza un acuerdo de precios y salarios entre
representaciones empresarias y de trabajadores. Movida ambiciosa, importante en
la coyuntura. Vale distinguirla del Consejo Económico Social (CES),
prometido en campaña y en discursos inaugurales de AF pero no concretado. El
CES anunciado en el Congreso se implantaría por ley, sería un organismo
consultivo, para debatir medidas de mediano plazo. Dictaminaría sobre proyectos
de ley, con resoluciones no vinculantes. Fernández quería que lo comandara el
ex ministro Roberto Lavagna quien siempre se negó al convite. Ahora
Organismo de debate,
caja de resonancia y visibilización un buen diseño del CES presuponía representaciones
variadas, multicolores y fuertes, como cualquier organismo parlamentario.
Institucionalizar el debate, someterlo a la luz pública, uno de sus
méritos-designios.
Un acuerdo sobre precios
y salarios persigue otros resultados. Concretos, inmediatos o próximos. Gremios
y centrales empresarias tienen que tener antes que nada, capacidad de incidir
en los mercados y en las demandas de los laburantes. En criollo: si se
acuerdan valores, estos deben regir en una cantidad apreciable de casos.
La segmentación de
representaciones alza un escollo a la eficacia. En Trabajo y
De cualquier modo, el
Gobierno se tiene fe para una variante criolla de acuerdo marco.
El ministro de Economía,
Martín Guzmán, aprueba, chimentan sus pares, pero despotrica cuando se hacen
trascender números. Tanto por ciento de tope a aumentos paritarios, tanto por ciento
de salarios ganándoles a los precios…. las versiones circulan, seguramente
inducidas por algún sector… Guzmán suspende su tranquilidad zen; le interesan
los resultados, tarifarlos de antemano le suena como pelotazo en contra, un
condicionante. En el contexto, un acuerdo eficaz entre representantes de clases
y el Estado constituiría un avance. Tan necesario como dificultoso… el signo de
los tiempos.
La crisis causó nuevos
conflictos: A los 99 años el académico francés Edgard Morin rememora y
predica: “Yo me he sorprendido por la pandemia, pero en mi vida, tengo la
costumbre de ver llegar lo inesperado (…) Yo no he vivido más que para lo
inesperado y la costumbre de las crisis (…) Hace 20 años, un proceso de
degradación comenzó en el mundo. La crisis de la democracia no ocurre solamente
en América Latina, sino también en los países europeos. El predominio del lucro
ilimitado que controla todo está en todos los países. Igual con la crisis
ecológica”.
Combinemos para el
cierre estas frases con las de la argentina María Esperanza Casullo:
"Impresiona la impericia de tantos gobernantes, tanto como la debilidad
relativa de los Estados frente a los ganadores del siglo XXI en todo el
planeta. Acentuada en esta época atroz."
Los tres desafíos que
hemos reseñado contienen conflictividad. La más artificial es la referida a la
educación, exacerbada por el egoísmo e, intuye quien les habla, una dosis
elevada de irresponsabilidad del gobierno porteño. En los otros, los
intereses contradictorios están a la vista.
Solo los representantes
elegidos por el pueblo, la sociedad civil, las organizaciones populares, los
sindicatos expresan (ora mejor, ora peor) a los intereses mayoritarios. Las
corporaciones, las empresas de cualquier calibre o bandera defienden los
propios. El indigesto deber de quienes comandan al Estado es negociar o pulsear
con ellas sin perder de vista quiénes son sus mandantes.
Olvidar datos tan
sencillos incita al error, a deprimirse, a equivocarse de enemigo o de
adversario. Podría sonar obvio o redundante subrayarlo a cada rato. Resulta,
cree uno, imprescindible dentro del cuadro de incertidumbre, brutalidad de la
derecha mundial y bulimia de los grandes jugadores de la economía.
(*) Página/12,
31/1/021

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