La opinión de Martín Rodríguez Yebra
Vacunas
y crisis económica: el kirchnerismo, frente a la épica del desconcierto (*)
La crisis del coronavirus expuso
al kirchnerismo a la fatigosa tarea de gestionar la incertidumbre. Es una
burocracia angustiante para un grupo político que tiene compulsión a la promesa y
que construye el vínculo con su votante a partir de la glorificación simbólica
de los actos administrativos, por pequeños que sean.
Alberto
Fernández, con
todas sus particularidades, porta el ADN de sus mentores. Desde el día uno
asumió la política contra el Covid-19 como
una gesta patriótica. Se presentó como un general en la batalla, munido de una
fraseología épica. Llegó a celebrar que estábamos "venciendo al
virus", medía en público el éxito argentino frente a otros países y
justificaba una cuarentena sin plan de salida con una premisa
de apariencia indiscutible: "primero la vida, después la economía". Las cifras dramáticas de muertes
(casi 48.000), de infectados (al filo de los 2 millones) y del desastre
económico (cerca del 12% de caída del PBI) fueron desnudando el discurso,
pero no
torcieron la costumbre de anunciar lo que no se tiene. El Gobierno experimenta en
estas horas el mal trago de revisar el exitismo con las vacunas. No habrá cinco
millones de pacientes con al menos una inyección aplicada, como proclamó
Fernández en un acto público. Solo llegaron al país
900.000 dosis, en medio de una guerra comercial de escala mundial
por el aprovisionamiento.
La
escasez marchita actos celebratorios tan recientes. Los videos épicos del avión
de Aerolíneas
Argentinas cargado
de cajas de la Sputnik
V, la emoción de
Fernández al ofrecer el bálsamo un 10 de diciembre en sintonía con el Día de
los Derechos Humanos, los grotescos operativos bonaerenses
del camporismo para ofrecer un lugar privilegiado en lista de
vacunación. Sin frasquitos suficientes y con una ola de contagios que no da
respiro, en el Gobierno asimilan el impacto de asumir una prolongación de los
problemas que transformaron 2020 en un año maldito. "Lo único que está
claro es que nadie sabe nada. Es imposible proyectar. No sabemos a ciencia cierta cuándo tendremos las
vacunas necesarias y hasta qué punto puede escalar el número de infectados
cuando llegue el otoño. Es así en todo el mundo", se sincera un ministro
nacional. Mal tiempo para promesas.
El
recálculo de los envíos rusos podría ser suplido en parte con los acuerdos de
urgencia que se negocian con China para que llegue la fórmula de Sinopharm. Todavía se apuesta en el
Gobierno porque AstraZeneca pueda cumplir con el plan de
enviar 11 millones de dosis en abril. La opción de un acuerdo con Pfizer, el laboratorio que lidera de
momento la vacunación en el mundo, sigue helada. A pesar de los contratiempos,
el Gobierno decidió sostener el rumbo dispuesto a finales del año pasado,
cuando juzgó necesario priorizar el despertar de la actividad económica y abandonar
la estrategia -de por sí agotada por desobediencia ciudadana- de contener el
virus por obra y gracia del confinamiento. Eso se lo dejan a Gildo Insfrán en Formosa, a quien le ofrendaron
esta semana un sello de calidad humanitario para su método antiviral a
base de policías implacables.
No
habrá un regreso a las cuarentenas amplias y
prolongadas, avanzan en el oficialismo. A la normalidad habrá que
construirla, aunque el virus persista. Con esa lógica se impone el regreso de
las clases presenciales,
una batalla simbólica que el kirchnerismo se empecinó inexplicablemente en
perder. La resistencia del ministro Nicolás Trotta, en solidaridad con gran parte del sindicalismo docente, le ofreció
una carta política a Horacio Rodríguez Larreta para actuar como opositor sin salirse de la senda
moderada en la que camina con vocación casi religiosa. El peso de la opinión
pública hizo decantar a
La batalla por la economía
Las
proyecciones económicas quedan presas de la incertidumbre pandémica, potenciada
por las necesidades electorales del Frente de Todos. Que el Fondo Monetario Internacional (FMI) haya recalculado a la baja el
crecimiento anual argentino fue una señal de alarma entre empresarios e
inversores. Lo mismo pasa con las previsiones en alza de la inflación, que
superan con amplitud el 29% que firmó el ministro de Economía, Martín Guzmán, en el presupuesto 2021.
Fernández tuvo otra ráfaga de optimismo oral cuando anunció ante el Foro de
Davos que "la recuperación económica está siendo más veloz que lo
esperado". En el mismo discurso expuso su vocación de no demorar más allá
de abril el acuerdo con el FMI y, aunque criticó los "ajustes
irresponsables", se presentó como un impulsor de la actividad privada y
sugirió una predisposición a equilibrar las cuentas en sintonía con lo que le
piden desde Washington. Quedó satisfecho, cuentan en el Gobierno, con su
diálogo del lunes con Angela Merkel y trató también de mostrar un costado menos
rígido en su viaje a Chile.
Con
Cristina Kirchner de vacaciones, Fernández y Guzmán se prodigaron en gestos y palabras
bienintencionadas hacia los mercados. Ocurrió sobre todo después del minicrack
que originó en Wall Street la decisión de colocar a un hombre del kirchnerismo
duro al frente de YPF en
plena renegociación de la deuda de la empresa. El péndulo se mueve a toda
velocidad entre el orden macroeconómico que ansía Guzmán para acomodar el
frente externo y el shock redistributivo con el que sueñan (y a veces ordenan)
la vicepresidenta y su grupo de confianza. Las inversiones, mientras tanto,
otean otros horizontes. Los precios altos de los commodities ayudan al menos a calmar la fiebre
cambiaria. Alivio generalizado: no hay mayor factor de destrucción de la imagen
presidencial que el descontrol del precio del dólar. Ahí no hay grieta. Le pasó
a Fernández como antes a Mauricio Macri.
El
problema al que no le encuentra salida el Frente de Todos consiste en cómo hacer el ajuste sin que se
note. Lo que
ensayó con las jubilaciones, pero a gran escala.
Las
demoras en el plan de vacunación complican sobremanera el objetivo. La emisión
no tiene respiro. Guzmán ya dijo que no quiere más IFE, ATP o grandes programas de
asistencia directa que comprometan las cuentas muy por encima de lo
presupuestado. Hasta se animó a plantear la necesidad de un descongelamiento
gradual de tarifas. ¿Tiene
espalda política para torcer la resistencia del sector más poderoso del
oficialismo?
Cristina
exige creatividad para lograr sueldos por arriba de la inflación en el año
electoral. Aunque el precio se pague en 2022. Experta en discursos
autocelebratorios, sabe que sus candidatos necesitan alimento épico para una
batalla en la que se juega el poder real. Las elecciones de medio término
son su karma: el kirchnerismo las perdió todas desde 2009. No está dispuesto a militar
el ajuste, porque imagina estas elecciones como un asunto propio. Es la
plataforma de despegue soñada para sus herederos de
Por
eso insisten en rechazar la suspensión de las PASO. Ven con menos objeciones la idea de postergar el calendario
electoral un mes (votar en septiembre y noviembre), con la excusa de la pandemia. La
oposición intuye una trampa, consistente en sincronizar el demorado programa de
inmunización con los intereses electorales del Frente de Todos. Algo así como
un plan "pobres pero vacunados".
Si Alberto y Cristina no pudieron
cumplir aún con las heladeras llenas ni aplacar la inflación ni reactivar el
empleo, por qué no abrazar el sueño de atribuirse la victoria de la ciencia
sobre el virus que enloqueció al mundo.
(*)

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