La pluma de Miguel Wiñazki
El peligroso juego
de espejos entre el oficialismo y la oposición
Clarín
31/12/2021
El feroz apego a la perpetuidad de los Barones dinásticos de la
provincia selló su membresía de sangre azul a los altos andamios de las
cúspides del poder que no concibe barreras temporales. Consagran la
reunificación de la política rentada en un solo objetivo de inspiración
medieval: la potestad territorial se distribuye entre señoríos y sometidos
al real antojo de sus beneficiarios, los intendentes, que no ceden sus tronos a
la sucesión que requiere una democracia integral.
Ganan con elecciones, es cierto, pero son “elecciones
no libres” según la brillante definición del insoslayable politólogo Giovanni
Sartori. Esas prácticas, apoteosis del oxímoron político, exponen la más
indiscutible de las paradojas de las democracias
híbridas, mitad democráticas, mitad autoritarias.
Son elecciones
asimétricas donde la aparatología gubernamental juega en favor del líder
territorial atenuando las posibilidades concretas de la oposición y, sobre
todo, extremando los tiempos de los jefes en el poder hasta lo indecible.
Las sociedades -en general en regímenes pseudo democráticos- se
ven constreñidas a elegir a sus propios déspotas, rehenes los ciudadanos como son del Estado que desde el poder
define sus salarios y sus conchabos.
Hay algo más, y más
profundo. Se encarcelan mentalmente, unos y otros, oficialismo y de pronto
amplios sectores de la oposición también, dentro de un conjunto de palabras que
se vacían de sentido en su reiteración y que provienen de una usina
cuadriculada de lingüística política vigente.
Así repiquetea la familia de palabras K que
también la oposición, de pronto, asume:
“empoderada”, “naturalizado”, invisibilizada”, “banalizado”, “funcional a”,
“lawfare”, y el ostentoso “todes” que pretende ser evidencia de inclusión.
“No pienses en el elefante”, recomienda el comunicólogo norteamericano George Lakoff a los
miembros del Partido Demócrata en su país. El elefante es el ícono gráfico del
Partido Republicano. Lakoff explica el singular fenómeno según el cual los
adversarios tienden a asemejarse encuadrándose en marcos de pensamiento
análogos, en palabras, metáforas y conceptos compartidos y finalmente en
conductas similares.
La
oposición debería, a la vez, ampliar su rango lingüístico para no replicar lo
mismo que el oficialismo.
Hay que prever que
las mentalidades se contagian, se conectan y no se diferencian las unas de las
otras.
De todos modos, la
mitad excluida del país y hundida en la pobreza no asume en general la lexicología
oficial.
El registro más alocado de la crisis política acaba de verificarse
por la pragmática mentalidad que funciona en espejo entre el
oficialismo y ciertos referentes de la oposición, según exhibieron los
legisladores de Juntos que votaron en favor de la continuidad
de las oligarquías dominantes en la provincia de Buenos Aires.
Termina
el año con
Hay una posibilidad -que quizás no estén evaluando con sus
arrogancias de caudillos- muchos de los intendentes apoltronados: pueden
perder.
La
sociedad se va hartando de los juegos
de autorrepresentación de la clase gobernante y de la distancia que toman sin
complejos de sus gobernados.
En el año del Olivosgate y
el Vacunagate,
falleció un ejemplo de perseverancia en el caudillismo enraizado en la obsesión
por la Re-Re: Carlos
Menem. Él, Facundo Quiroga en versión bizarra,
legó a sus sucesores K mucho de sus trucos para el manejo del dinero propio, para el sojuzgamiento de los
jueces convertidos en socios del poder y de la insistencia profunda en una
lucha basada en un apotegma arcaico: una
vez que se toma el poder no se deja.
Y, si no queda otro remedio que abandonarlo, deben
quedar los fueros para protección de eventuales travesuras cometidas con
dineros ajenos.
El menemismo K, con
menos simpatía y más crudeza, es la etapa superior del menemismo que hizo
efectivamente de Facundo Quiroga un emblema inspirador: el poder era todo para
el bravío tigre de los llanos.
Sin aquel coraje felino, imitador de sus patillas nada más, Menem
acumuló todo el poder que tuvo y los Kirchner
siguieron su línea con otras formas
aparentes. Los unía el mismo empuje gubernamental; hasta la victoria siempre.
Y si
pierden lo disimulan.
Cristina Fernández
no pierde. Es perseguida, embaucada o los demás se equivocan al no votarla.
No es el caso, pero en Venezuela la
oposición se fagocitó a sí misma en la
fragmentación y en acuerdos pérfidos con el narco oficialismo que allí impera.
No es así en
En general no es
así.
No
debiera ser así.
Comentarios
Publicar un comentario