La columna política de James Neilson
¿Dónde hay un mango, viejo Joe?
Perfil-31/7/022
A Cristina, Máximo y sus seguidores les encanta hablar pestes del
imperio norteamericano pero, como tantos otros, no vacilan en suplicarle ayuda,
es decir, dinero, cuando los recursos financieros que necesitan para subsidiar
a su clientela electoral están por agotarse. Acostumbrados como están a vivir
en un mundo que gira en torno a Estados
Unidos y a
participar de cierta manera en sus conflictos internos, además de importar
iniciativas de origen norteamericano como las del “matrimonio igualitario” y el
“lenguaje inclusivo” que les parecen progresistas, dan a entender que en su
opinión le corresponde a la superpotencia opulenta sostener a los países que se
encuentran en su esfera de influencia.
Aunque, a diferencia de Donald Trump, el presidente Joe Biden y los funcionarios de su
administración coinciden en que el poder y riqueza que Estados Unidos ha sabido
acumular sí entrañan grandes responsabilidades, también creen que todos
aquellos países que de un modo u otro dependen de ellos, incluyendo a los
indigentes como Haití y los caóticos estados centroamericanos que semana tras
semana envían “caravanas” con miles de migrantes a través de México hacía la frontera de Estados Unidos, deben valerse por sí mismos. Se trata de una versión a
escala internacional del tradicional credo norteamericano, de raíces
protestantes, según el cual es deber de cada uno depender de sus propios
esfuerzos individuales. Por instinto, son partidarios de la autoayuda.
He aquí un motivo por el que es tan
difícil para los norteamericanos entender lo que está ocurriendo en
Sea como fuere, es comprensible que,
frente a un país cuyos problemas se deben exclusivamente a la insensatez de
buena parte de su clase política, sea ambigua la actitud de los norteamericanos
que se consideran solidarios. Quieren ayudar, eso sí, pero no saben cómo.
Puesto que son conscientes de que no les convendría del todo presionar
demasiado al gobierno de los Fernández
para que tome las medidas políticamente costosas que a juicio de casi todos serían
necesarias para impedir que la economía termine desintegrándose por completo,
una catástrofe que, además de tener consecuencias trágicas para millones de
familias, podría dar lugar a problemas geopolíticos mayúsculos, esperan que los
encargados del país aprendan de sus errores y reaccionen a tiempo para que no
suceda el desastre que parece inminente, pero no pueden sino comprender que es
muy poco probable que lo hagan.
Mal que les pese a Silvina Batakis, Alberto Fernández y otros peregrinos que viajan
a Washington en busca de fondos frescos y
palabras de apoyo, sus interlocutores norteamericanos comparten con sus
equivalentes del resto del mundo la convicción de que, cuando de
Es por tal motivo que el convenio
llamativamente laxo con el FMI que, para indignación de Máximo y sus seguidores, Martín Guzmán tuvo la temeridad de
firmar ha sido criticado con dureza por los persuadidos de que Argentina merece
ser expulsada de la comunidad financiera mundial. Desde el punto de visa de
tales halcones, sería peor que inútil tratar de demorar el choque con la
realidad que ven aproximándose y, puesto que los kirchneristas no prestan
atención ni a los números ni a quienes procuran darles consejos, sería mejor
dejarlos solos. En cuanto al hipotético riesgo estratégico que supondría
permitir que China ocupe el lugar abandonado por Estados Unidos, Europa y el
Japón, les parece poco importante ya que, cuando del manejo de la economía se
trata, los chinos propenden a ser mucho más severos que los occidentales.
Pueden señalar que saben muy bien lo que es la pobreza extrema y que, a diferencia
de los argentinos, han logrado reducirla en un lapso muy breve aplicando
políticas que aquí se denunciarían por “neoliberales”.
Todo hace pensar que, si bien no lo
dicen en público, tanto los norteamericanos contactados por miembros del
gobierno kirchnerista como la gente del FMI se han resignado a que la larga crisis argentina siga hasta que
el grueso de los habitantes del país haya repudiado todo cuanto sabe al
populismo facilista que lo ha llevado al borde de la ruina. A juzgar por lo que
dicen las encuestas, algo así está ocurriendo en el país, pero no hay garantía
alguna que el nuevo fracaso colectivo que muchos creen inminente produzca
cambios positivos. Por el contrario, es posible que la mayoría reaccione ante
un colapso sistémico que depaupere a otro segmento de la clase media reclamando
más populismo cortoplacista, no menos, porque en tal caso la prioridad para
muchos sería sobrevivir algunas semanas más. De más está decir que los
kirchneristas más fanatizados y algunos líderes piqueteros apuestan a que sea
así y están preparándose para una etapa anárquica en que les sea dado
aprovechar su capacidad para movilizar a turbas de desesperados resueltos a
saquear los comercios.

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