La contratapa de Rodrigo Fresan
Homo Contra
Página/12
28 de febrero de 2023
UNO Así
habló James Otis Purdy: "Yo no tengo un público lector pero sí tengo una
audiencia lectora. Una audiencia te llega por ti y a través tuyo. Un público,
en cambio, es el caprichoso producto de fuerzas extrañas y, por lo general, al
poco tiempo pierde todo interés en tu obra... En América todo está en
venta y si no eres algo vendible entonces no existes. América está acabada y
habitada por zombis que ni siquiera tienen capacidad para la maldad, porque son
muertos-vivos. Todo se colapsa, y lo único que permanece son los recuerdos de
grandes cosas como Lincoln o Melville... Yo no lo tengo fácil en este mundo tan
pequeño en el que no quepo: soy un norteamericano medio, no pertenezco a
ninguna banda intelectual, soy blanco y cristiano. Desafortunadamente, no soy
negro ni beatnik ni judío. Y soy excéntrico, porque eso es no ser otra cosa que
ser uno mismo. Lo que equivale a estar muerto para la intelligentsia neoyorquina
y para las páginas de The New Yorker, publicación que
ha sido la peor influencia posible para el género del cuento... ¿Que si
me considero un escritor gay? No: los escritores gays son para mí demasiado
conservadores. De hecho, siempre pensé que el único escritor gay de verdad fue
Hemingway. Yo soy un monstruo".
DOS Y Rodríguez lee lo
anterior --y se reencuentra con Purdy-- leyendo la biografía James Purdy:
Life of a Contrarian Writer de Michael Snyder. Y su clave --primera
que se dedica al escritor nacido en 1914 y muerto en 2009-- está en ese Contrarian del
título. Contrarian de contreras de contracorriente de contra
todos. Un maldito cuya principal ocupación
--además de escribir libros magistrales-- era la de maldecir a diestra y
siniestra, enloquecer a sus por lo general abnegados editores (que lo
consideraban un genio y lo cuidaban más allá de sus amenazas de suicidarse si
no lo liberaban de su contrato para saltar a la competencia), escupir sobre el
crítico que se atrevía a hacerle mínimo reparo, tomar vidas prestadas sin
pedirlas a colegas/amigos para sus ficciones y, hasta casi sus últimos días,
enviar cartas anónimas rebosantes de graciosas injurias y desopilantes
falsedades, hacer aterrorizantes llamadas telefónicas impostando su voz, pintar
graffiti obscenos, invadir presentaciones de libros ajenas y levantar la mano y
preguntar si alguien en la sala tuvo el placer y privilegio de haber leído a James
Purdy, y denunciar en entrevistas las conspiraciones hacia su persona con
arrebatos que bordeaban el antisemitismo y lo anti-freudiano. Alguien quien comenzó autopublicándose en los
'50s, enviando sus dos primeros libritos a lectores selectos y, de inmediato,
recibiendo glorias y aleluyas de Edith Stiwell, Tennessee Williams, Langston
Hughes, James Cowper Powys, James T. Farrell, Miles Davis, Gloria Vanderbilt,
Samuel Beckett, Katherine Ann Porter, Charlie Parker, Christopher Isherwood, A.
N. Wilson, George Steiner, James Merrill, Robert Penn Warren, James Baldwin,
Walker Percy, Elia Kazan, Lillian Hellman, William Carlos Williams, Jane y Paul
Bowles, Billie Holliday, Marianne Moore, Glenway Wescott, Italo Calvino,
Dorothy Parker, Conrad Aiken, Giorgio Bassani, Terry Southern, Gerald Brenan,
Gore Vidal, George Cukor, John Hawkes, Truman Capote y las entonces jóvenes
muy in/cool Joan Didion y Susan Sontag. Además,
no se dudó en compararlo con Sherwood Anderson, Gogol, Flaubert, Dostoievski,
Balzac, Nabokov, Nathanael West, Gertrude Stein, Chejov, P. G. Woodhouse
situándolo "muy por encima de Bellow, Roth y Updike" y,
posteriormente, como adelantado a Barthelme, Coover, Gass, Barth, Donleavy,
Gaddis, Heller, Friedman y el Wallace de Entrevistas breves con hombres
repulsivos.
Sumarle a lo anterior
numerosos premios y becas y viajes y ayudas de todas esas publicaciones
culturales con financiación más o menos secreta de
Y aun así, desde el
principio y hasta el final, nada de eso fue suficiente para James Purdy.
TRES Y
a veces pasa: Purdy dejó de ser "sabor de la temporada" y se
convirtió en "escritor de escritores" sin que ello significase
descenso en la altísima consideración que se le tenía. Sus libros, además, eran
cada vez mejores. Pero no vendía mucho. Y las editoriales no sabían muy bien
qué hacer con él. Y, se cuenta, los pasillos se vaciaban cada vez que el hombre
se daba una vuelta por sus oficinas, impecablemente vestido, como un caballero
de Ohio con porte de matador (Purdy era fan de las corridas de toros) pero con
los ojos en llamas y su voz lista para arrojar rayos y centellas.
Retratar a Purdy --quien se
autodefinía como "alegorista involuntario", como sus
"calvinistas adorados" Melville & Hawthorne-- como a un Des
Esseintes con estilo Edaward Hopper, mudando Cumbres borrascosas a
un faulkneriano Medio Oeste con McCullers & O'Connor con el volumen a 11.
Un satirista en celo anticipando modales de David Lynch, Tom Spanbauer y del
Almodóvar de La ley del deseo, piensa Rodríguez. Así,
necrofilia y perversiones varias y decadencias surtidas y gótico pastoral y
violaciones en serie (su Cabot Wright vuelve a las andadas fue
considerada la "Gran Novela Anti-Americana") y meta-parodia del
mercado intelectual y, de paso, burla de A sangre fría antes
de A sangre fría. Rodríguez descubrió a Purdy con Malcolm (esa
suerte de versión perversa de El principito que sería una muy
buena de Wes Anderson). Y después lo fue siguiendo en ediciones
argentinas y españolas hasta que completó su obra cortesía de alguna de las
resurrecciones Made in USA/UK con las que, de tanto en tanto, se intenta volver
a imponerlo. Ahí, blurbs de fans como Paula Fox, Brian
Evenson, Fran Lebowitz ("Purdy siempre estuvo fuera de toda categoría,
fuera de este mundo y por lo tanto, a menudo, fuera de catálogo. Pero nunca
hizo concesiones; y esto --junto con la buena conservación del bien justificado
resentimiento-- es para mí lo que significa tener carácter"), Jonathan
Lethem, Gordon Lish (quien dijo haber "recreado" a Raymond Carver a
partir de la "forma medular de las oraciones de Purdy"), Jerome
Charyn, John Waters (prologuista en 2013 del indispensable The Complete
Short Stories of James Purdy) y Jonathan Franzen quien apuntó que "sus
más bizarros personajes no parecen muy bizarros; de hecho, se parecen mucho a
mí" y admiró "el inexorable rumbo hacia el desastre que todos ellos
parecen llevar pero que, curiosamente, acaba resultando tan satisfactorio y
optimista como el más feliz de los finales".
El último intento
reivindicador le valió un largo perfil en su detestada The New Yorker con
el título de "James Purdy jamás volverá a ser famoso".
CUATRO Y
aun así, James Purdy permanece. Y, a veces, a Rodríguez le gusta ser levemente
purdyano. Así, de tanto en tanto, va a alguna de esas presentaciones de
cuentistas/novelistas que se dedican mecánica y automáticamente a lo grotesco y
a lo siniestro y a lo inquietante mirándose todo el tiempo al espejo negro del
tercer ojo de su ombligo. Y, ahí, Rodríguez escucha y espera al turno
de preguntas y levanta la mano y les demanda si leyeron a James Purdy. Y ya
sabe la respuesta. Y entonces se pone de pie y se va no sin antes
contarles que Purdy --o al menos eso aseguraba él-- fue el primer autor en
idioma inglés que escribió un motherfucker al final de uno de
sus textos. Y salió así impreso. Y entonces Purdy se salió con la suya pero,
claro, saliendo en dirección contraria.

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