El liberalismo de José Faustino Sánchez Carrión

 


EL LEGADO LIBERAL DE SÁNCHEZ CARRIÓN

Eugenio D’Medina Lora

Revista de Economía y Derecho, vol. 7, nro. 28 (primavera de 2010). Copyright © Sociedad de Economía y Derecho UPC. Todos los derechos reservados. * Economista y graduado en Ciencias Sociales por la Pontificia Universidad Católica del Perú y MBA por la Universidad de Quebec en Montreal. Profesor de la Facultad de Comunicaciones de la UPC.

“Es preciso que la Constitución, sobre la que deba quedar librada la República, conserve ilesas la libertad, seguridad y propiedad, de modo que nunca jamás se perturbe su ejercicio; y que, adecuándose a la extensión, población, costumbres y civilización, las multiplique, mejore y regenere, por la eficacia y benignidad de su influjo”. José Faustino Sánchez Carrión. Sayán, 1822

4 ¿Existe un legado ideológico de Sánchez Carrión?

Sánchez Carrión rompió con el estereotipo “del peruano oprimido” que se resarce en la revancha contra la riqueza y el progreso. Nació en la zona andina y perdió a sus dos padres a muy temprana edad, a causa del cual tuvo una infancia dura, triste y atada a los Andes, todo lo cual le hizo melancólico, reservado y alejado de sofisticaciones. A esto debe agregarse el contexto: el Perú de las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del siglo XIX se caracterizaba por la fuerte presencia de un Estado monárquico, representado en la Corona española, que actuaba como casi monopolista de la propiedad privada y gobernaba en forma vitalicia, apañando a una casta de privilegiados constituidos por los españoles y rodeados de individuos que carecían de libertades de pensamiento, de expresión, de culto y demás. En este contexto vive Sánchez Carrión y desarrolla, aun así, poco a poco, su respuesta ideológica liberal, que no surge de la nada sino a base de antecedentes que parecen haber Estado muy claros en la mente del prócer. No ha de perderse de vista que apenas cuatro décadas previas a los escritos de Sánchez Carrión se habían producido las revueltas del sur peruano encabezadas por Túpac Amaru II en respuesta a los nefastos efectos intervencionistas en lo económico de las reformas borbónicas, que buscaban aumentar la recaudación impositiva de la Corona con su consecuente incremento en los precios de los bienes comprados por los indígenas y reducir los ámbitos de comercio libre, además de reducir el poder de las élites locales y aumentar el control directo de la burocracia estatal real sobre la vida económica (38).

La constatación de los nefastos efectos del intervencionismo estatal y los abusos que conllevaba amparado en un poder centralizado y sin límites deben haber moldeado el talante liberal del prócer. Se ha dicho que la preocupación central del prócer era construir una sociedad más democrática. Pero, en realidad, su principal eje de pensamiento fue la libertad y el gobierno limitado, como se ha demostrado en el presente trabajo; y fue extremadamente claro en señalar los peligros que podrían cernirse sobre una sociedad, inclusive en una República, si los legisladores o los funcionarios estatales gobernaban a espaldas de la ley, bajo la protección de un poder estatal omnipotente, como el que representaba la monarquía, tal como era conocida por el prócer, o por una República incluso, si se excedía el gobierno en sus atribuciones, como le quedaba patente de la Revolución francesa, que criticó severamente, en particular en la segunda de sus Cartas. Este ideal se constituye por principios como responsabilidad individual, división y autonomía de poderes, gobierno limitado y a término conocido, propiedad privada, igualdad ante la ley y, por supuesto, libertad en todos sus niveles siempre en como parte del Estado de derecho. Vale la pena preguntarse qué pasó después de tan preclaro liberalismo encarnado en Sánchez Carrión, nada menos que uno de los Padres Fundadores de la República del Perú.

Quizá, por una paradoja del destino, la obra pública más importante de Sánchez Carrión haya sido la Constitución de 1823, la gran Constitución liberal del Perú. Pero ella nunca entró en vigor, por la llegada de Bolívar y la necesidad de consolidar la victoria de la revolución independentista a cuyo término se ganó definitivamente la guerra a España. Se suscita a veces una controversia histórica acerca de si en los años claves de la revolución independentista peruana hubo una activa presencia de liberales (39). Quienes luchan intelectualmente por desaparecer todo vestigio de liberalismo clásico, de la historia de las ideas en el Perú, lo confinan únicamente a las últimas décadas del siglo XX, con lo que pretenden destacar que son otras las vertientes de pensamiento que construyeron la cosmovisión ideológica peruana. Así, se intenta presentar al conservadurismo, al socialismo, al anarquismo, al comunismo o al indigenismo como las matrices ideológicas del Perú moderno. Matrices excluyentes que definen una dinámica de confrontación dialéctica entre la primera de las nombradas y el resto. Lo que equivale a trasladar un modelo de lucha de clases a la pugna de matrices ideológicas que definió a su vez la historia republicana del Perú. Pero la realidad es distinta. Existe numerosa evidencia de la presencia fuerte y protagónica de liberales en la gran escena de la política en todo el proceso de independencia de España40. Incluso la rebelión de Túpac Amaru II, que precede los años en que escribió Sánchez Carrión, se lleva a cabo por correspondencia con un ideario que hoy sería catalogado de liberal: límite al gobierno, respeto a las reglas de juego, reducción de impuestos, libre comercio, entre otros aspectos (41).

No se puede entender la revolución independentista peruana sin el impulso de las ideas liberales ni de los liderazgos liberales locales. Los años posteriores muestran, por otro lado, que incluso hubo una fuerte presencia liberal en las zonas andinas (42), patrocinada por los caudillos militares que sucedieron a Bolívar. Aunque es reconocido por los historiadores que hubo otros momentos de cuasi liberalismo en la historia republicana del Perú, el resurgir de las ideas del liberalismo clásico tendría que esperar ciento sesenta años para tener presencia importante en el Perú. Periodos intermedios muy contados, en los que se puede decir que aparecieron ciertas vertientes liberales en su versión de un liberalismo en la tradición continental, pero no clásico, son excepciones en medio de regímenes autoritarios y antiliberales que primaron en la historia republicana del Perú. Incluso, en esos momentos excepcionales, primó un liberalismo conservador, que no buscó integrar al país en un proyecto nacional visionado no como un esfuerzo ingenieril en lo social, pero cuanto menos como una idea de desarrollo social y económico que involucrara no solamente a los que podían incorporarse a los mercados mundiales, sino que se preocupara en construir mercados internos de bienes, servicios y factores. Lamentablemente esto no sucedió porque el liberalismo conservador, cuando apareció, no se trazó por meta promover mercados, sino defender a promotores de negocios, sin consideraciones adicionales y en un entorno que requería soportes desde la política estatal para generar un poderoso gran mercado interno (43).

Más allá de las limitantes específicas del momento para implementar un modelo doctrinariamente ajustado al liberalismo clásico, 83 El legado liberal de Sánchez Carrión es interesante recordar que las ideas de Sánchez Carrión florecieron en una época en que el paradigma de vanguardia era eminentemente liberal. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XIX el movimiento liberal perdió su camino, no solamente a partir de la publicación del Manifiesto comunista de Karl Marx en 1848, sino porque, para ese entonces, “la tradición francesa había desplazado progresivamente a la inglesa” (44). La libertad individual dejó de ser el enfoque. Los colectivistas reclamaron la sabiduría superior; la vida se convirtió en la búsqueda de la felicidad de la colectividad y produjeron el ascenso de nuevos intelectuales, que dio como resultado un éxito del ideal del socialismo que llevó a grandes cambios políticos e institucionales (45). En el Perú, eso equivalió a reemplazar a Sánchez Carrión por Mariátegui y Haya de la Torre, por lo que no ha de sorprender que entrando el siglo XX el comunismo y el aprismo fueran las fuerzas hegemónicas ideológicas de la nación, representantes de un socialismo rampante que prevaleció en la mayor parte del siglo XX y que incluso ahora posee gran fuerza. Tendría que esperarse a las últimas décadas del siglo XX para que la presencia liberal resurgiera con similar fuerza en el Perú, a raíz del colapso de los modelos de desarrollo soportados en demasía en el concepto de un Estado líder de la economía (46). Una presencia que se dio fundamentalmente en el terreno de las ideas, mas no en el de la actividad política directa, aunque sí con elevado poder de influencia en las políticas públicas. Con otros actores, diferentes énfasis y distintos entornos, los nuevos liberales terminan rescatando los principios de Sánchez Carrión.

5 Una digresión: la controversial relación con Bolívar

No sería ni medianamente completo –ni objetivo– un análisis de las ideas liberales de Sánchez Carrión si no se compulsaran con su ejecución política, gran parte de la cual estuvo vinculada a su relación con Simón Bolívar en su papel de dictador del Perú. La Constitución de 1823 fue elaborada y aprobada por el primer Congreso Constituyente peruano y promulgada por el presidente José Bernardo Torre Tagle, el 12 de noviembre de l823. Pero como si fuera un destino prefijado, nunca pudo regir, pues días antes a esa fecha se había acordado que quedarían en suspenso los artículos constitucio- 84 Revista de Economía y Derecho nales incompatibles con el ejercicio de las amplias facultades otorgadas a Bolívar en su papel de dictador, que sería formalizado por decreto del 10 de febrero de 1824 (47). Por este decreto, Bolívar concentró la suprema autoridad política y militar de la República en el Libertador, invocando que el régimen constitucional no permitía imponer el rigor exigido por las circunstancias y que la unidad de mando obligaba al relevo del presidente Torre Tagle. En 1826 se promulgó la Constitución Vitalicia (48). Por decreto del 11 de julio de 1827 se declaraba nula la Constitución Vitalicia, se ponía en vigor la de 1823, con modificaciones y subrogaciones que robustecían al Ejecutivo y ampliaban las atribuciones del Estado. Pero ya había perdido el espíritu de gobierno limitado que inspiró la versión original.

Nunca más se volvió a ese espíritu, en el que impregnaron los legisladores en dicha Carta Magna, en todo su significado e implicancias. La llegada de Bolívar representa un punto de quiebre donde surgen algunas interrogantes, no cabalmente resueltas hasta la actualidad. La principal de ellas, sin duda, es la siguiente: ¿por qué un convencido en la libertad y que denostaba a los poderes concentrados en una persona, como un rey, se alineó al mandato de un dictador como Bolívar? Una postura es la esbozada por el historiador Manrique Cotillo, que afirma que ante las furias más terribles que amenazaban a la República por las ambiciones personales que no interpretaron el mensaje de prócer y de otros liberales, “Sánchez Carrión debió pensar y sentir iguales cosas: “apatía y egoísmo en unos, tantas aspiraciones en otros: tan pocas virtudes en casi todos”. Y por eso aceptó y se puso al lado de la dictadura, colaboró con ella aunque había declarado que “la presencia de uno solo en el mando le ofrecía la imagen de rey”. Pero convenzámonos de que el ideal es una cosa y la realidad otra. Las exigencias que en determinados momentos de la historia de los hombres y de los pueblos se presentan haciendo peligrar la vida misma hacen necesario el cambio de los medios, así como las enfermedades graves exigen una terapéutica variable cuando sobrevienen complicaciones en el proceso del primer diagnóstico. Y es precisamente aquí donde la inteligencia juega su supremo rol, para salvar las dificultades que la realidad viva de los hechos reclaman. Los idealismos se ponen de lado para afianzar primero la base sobre la que han de realizarse” (49).

Concordamos con esta postura que trasunta un pragmatismo de Sánchez Carrión que lo llevaría a trasgredir, momentáneamente, sus anhelos de un régimen con las libertades planteadas en sus Cartas, en pos de un propósito superior que la realidad inmediata –y la propia responsabilidad pública– volvía urgente, precisamente para salvaguardar, a largo plazo, las condiciones de estabilidad que pretendía para que floreciera el tipo de República que había soñado y plasmado en sus escritos. Por el carácter austero de Sánchez Carrión, no parece probable que lo haya movido la intención de ocupar cargos públicos, que, por otra parte, los habría tenido igual sin la presencia de Bolívar en vista de que era ya una persona reconocida del Congreso. Entonces solamente quedaría la hipótesis del pragmatismo ante la urgencia nacional. De hecho, es factible pensar que el tribuno trujillano haya entendido en su momento, que el entusiasmo doctrinario de su impronta liberal acaso lo hubiera llevado demasiado lejos, hasta el punto de debilitar, sin quererlo ni proponérselo, las propias bases que harían sostenible el modelo de República que él concibió para el país, plasmado en sus Cartas y, después, en la Constitución de 1823 (50). La guerra que se mantenía con España y los peligros que se cernían sobre el Perú, incluso con posterioridad a una eventual victoria de las fuerzas independentistas, imponían actuar con responsabilidad y desapego, incluso a las propias convicciones doctrinarias. Ante el momento de emergencia nacional, podría haber parecido a los ojos del tribuno que no quedaba otro camino. Y, efectivamente, quizá era así. Incluso queda la hipótesis de que no solamente Sánchez Carrión haya estado, en el fondo, con un profundo disgusto de conformar ese tándem con Bolívar, para asegurar la gobernabilidad en la naciente República, sino que haya actuado de buena fe al principio, cuando la imagen del venezolano era la de un “libertador”, para descubrir luego sus verdaderas intenciones de convertirse en dictador vitalicio.

La muerte del tribuno trujillano, que evidenció signos de un posible envenenamiento, echó algunas sombras relacionadas a sospechas de que quizá haya sido asesinado cuando se convertía en una persona peligrosa para los fines de quienes detentaban el poder, en particular del propio Bolívar, aunque no se ha sometido esta oscura zona de la historia peruana al escrutinio suficiente hasta la fecha (51). Finalizamos esta pequeña digresión con una pregunta subsidiaria a la principal: ¿cuál fue el precio pagado por la intervención de Bolívar? Al llegar al Perú, Bolívar creyó encontrar una “ventana de oportunidad” para convertirse en dictador vitalicio. La oportunidad se la proporcionó la inminente anarquía que se cernía por entonces sobre la naciente República. Al recibir el llamado, no dudó un instante. En su papel de dictador, redujo notablemente el territorio peruano, en particular regiones de lo que es hoy Bolivia (el Alto Perú) y parte de lo que es hoy Ecuador, aparte de otros territorios menores que hoy pertenecen a Chile y a Colombia. Según algunos historiadores, inclusive mostró un desdén hacia lo indígena, quizá por su origen llanero. Además mandó a ejecutar a muchos de sus detractores y a otros los deportó. El caso más emblemático de esta política fue el del clérigo arequipeño Francisco Xavier Luna Pizarro (52). En razón de esta resistencia de Luna Pizarro, quien por cierto trabajó cercanamente a Sánchez Carrión en el Congreso que elaboró la Constitución de 1823, llegando incluso a presidirlo, fue considerado otro de los eminentes liberales peruanos.

Sin embargo, la carencia total de producción intelectual escrita, que pudiera servir de referencia de su pensamiento, así como sus posturas poco claras frente a la descentralización con algún sesgo antifederalista (53) y otras posiciones a favor de dotar al Ejecutivo de mayores fortalezas frente al Legislativo (54), por no mencionar su condición de clérigo católico, ubican la postura de Luna Pizarro mucho más dentro de un liberalismo conservador que de un liberalismo clásico. Todo ello abona en el concepto –a nuestro juicio– de que Luna Pizarro, a pesar de su tesón y compromiso con la causa de revolución independentista peruana, se ubica a un escalafón por debajo de Sánchez Carrión a la hora del recuento de los que forjaron el espíritu del liberalismo peruano, aunque no por ello deja de ser otro de los que pueden considerarse, con total propiedad, entre los Padres Fundadores de la República del Perú.

6 Repensando al prócer: consideraciones finales

La preocupación central de Sánchez Carrión fue el límite al gobierno, porque entendía que la postración que justificaba la ruptura con España se superaría en la medida en que las decisiones de los actores sociales, políticos y económicos encontraran menos intervención de la Corona. En el mundo del prócer peruano, la Corona era el Estado. Y el límite al gobierno, que personifica al Estado, no podría concretarse bajo un régimen monárquico, por la propia naturaleza de este. De ahí que opta por el modelo republicano, pues en el mundo de Sánchez Carrión lo estatal era al mismo tiempo, y de manera indubitable, la propia España. Tal inquietud llevó al prócer, más de treinta años antes que otro referente liberal latinoamericano, el argentino Juan Bautista Alberdi, a desarrollar su visión muy enmarcada en la tradición del liberalismo clásico, con los añadidos de que, en el caso de Sánchez Carrión, la totalidad de sus fundamentos, desde el gobierno limitado, los derechos naturales y la responsabilidad individual en el ejercicio de la ciudadanía, hasta la defensa de los derechos de propiedad y el federalismo, se encuadran completamente en el liberalismo clásico. Adicionalmente, cabe señalar que no hay en el discurso ideológico de Sánchez Carrión una sola alusión a lo étnico, ni en contra ni a favor del europeo, ni en contra ni a favor del indígena, por su propia condición racial.

Cabe recalcar que, a partir del examen y escrutinio objetivo de las tesis del tribuno peruano, se nota que el liberalismo del prócer es del tipo clásico, de tradición anglosajona. Normalmente se ha resaltado su imagen como independentista y algunas veces se le ha reconocido como liberal (55). Sin embargo, no se ha definido con mayor precisión cuál era la naturaleza de ese liberalismo que profesaba Sánchez Carrión. En realidad, se ha deslizado sutilmente la idea de que su inspiración fue más “francesa” por la predilección que muchos intelectuales peruanos profesan hacia la obra de Rousseau y al proceso de la Revolución francesa. No obstante, se ha demostrado que las concordancias del pensamiento de Sánchez Carrión son más evidentes con el liberalismo de la tradición anglosajona, es decir, el liberalismo clásico, a la luz de examen concreto de sus escritos, lo que se refuerza por su abierta crítica a la Revolución francesa, en sus mismas Cartas, crítica formulada no en cuanto rechazo del absolutismo real, sino en lo referente al reemplazo de un autoritarismo por otro en que devino, que terminó desvirtuando las conquistas ciudadanas y que decayó en un proyecto completamente antiliberal.

El origen de Sánchez Carrión, y, en general, su vida toda, es un testimonio impresionante que permite extraer otras conclusiones para entender su legado liberal. Nacido en la modestia de un pueblo andino de la sierra de lo que hoy es el departamento de La Libertad –significativa coincidencia– mantuvo esa misma actitud humilde en toda su vida, a la par de su brillantez. Y, al hacerlo, se mantuvo firme en la defensa de sus principios liberales, hasta el extremo de sostener encendidas polémicas que definieron nada menos que los destinos de la naciente República del Perú. Interesante combinación de un hombre de los Andes y, a la vez, defensor del liberalismo en todos sus extremos.  Pero no apreciarlo debidamente es un error del observador. Desde los tiempos de Túpac Amaru II, y mucho antes incluso, si se busca en la historia profunda preincaica, el hombre andino ha sido particularmente proclive al intercambio comercial y al resguardo del ámbito de lo privado por encima del gobierno. Culturalmente proclive. Y en estos tiempos eso queda absolutamente claro en la expresión de un liberalismo popular que reina en espacios que van desde el Altiplano peruano o los Andes centrales hasta los ‘conos’ o zonas marginales de Lima y la zona comercial de Gamarra.

Ante la presunta predisposición antropológica de los peruanos por el socialismo, pregonada por sus apologistas, las evidencias ancladas en la historia profunda, y en los hechos actuales, derrumban tal hipótesis. Y Sánchez Carrión es la personificación de ese hecho. De paso es un testimonio de que el liberalismo no tiene que ver con el estereotipo de “ricos” u “oligarcas” con que, en el siglo XX, sus rivales ideológicos lo revistieron para desprestigiarlo, vinculándolo a las posiciones conservadoras que precisamente había combatido desde sus orígenes. Pasividad, arrogancia intelectual u olvido de las fuentes. Si hubiera que preguntarse cuál es el legado de Sánchez Carrión, tendríamos que responder que su concepción de un liberalismo que podía surgir de los Andes o de cualquier región pobre del Perú, aspirante de un orden social que promoviera la libertad, amparada en un tipo de gobierno que se organizara para potenciar las fuerzas del progreso. Tal es su legado para el liberalismo peruano, en pleno inicio del siglo XXI y a casi doscientos años de la revolución de la que fue uno de los líderes e ideólogos indiscutibles y reconocidos. ¿Qué pasaría si hoy, a casi ciento noventa años de la publicación de sus Cartas, apareciera alguien con el mensaje de Sánchez Carrión? No solamente hablando del gobierno limitado, la igualdad ante la ley y la responsabilidad individual, sino yendo más allá, de manera audaz y valiente, a plantear que los sistemas democráticos contemplen la figura de la ciudadanía calificada (56) y la descentralización extrema en la figura de un federalismo sin cortapisas. Pero vayamos aun a todos los extremos: incluso imaginemos que este hipotético personaje manifestara sin ambages su admiración por Estados Unidos, propusiera abiertamente que adoptemos en el Perú la Constitución de ese país, con las modificaciones pertinentes, con el propósito de orientar el país hacia el progreso económico (57). Además que fuera un defensor de la pena de muerte para casos excepcionales (58).

¿Qué se diría de dicho personaje? Huelga decirlo: las fuerzas antiliberales del país, encabezadas por los socialistas de todos los pelajes, no dudarían un segundo en descargar todas sus baterías discursivas para llamar a ese ficticio personaje desde “neoliberal” y “capitalista salvaje” hasta “entreguista”, “vendepatria”, “pro yanqui” y –cómo no– fascista en todos los tonos y calibres. No obstante lo anterior, este era, en buena síntesis, un comportamiento político consistente con lo que en vida fue el prócer. Sin embargo, a pesar de sus numerosos estudiosos, la figura del prócer no ha sido suficientemente resaltada. En un país que aún siente a San Martín e, incluso, a Bolívar como sus “héroes” de la independencia no ha calado todavía la idea de que fue en el pensamiento de los liberales peruanos del siglo XIX, precedidos por las acciones rebeldes de comerciantes, caudillos e indígenas que rechazaron la opresión de un Estado omnipotente, donde germinó verdaderamente la flor de la libertad. Por eso, junto a los numerosos reconocimientos como “el primer caballero de la revolución independentista” y de la formación de la República, también se le ha llamado “el prócer olvidado” (59).

En un país acostumbrado a rendir tributo a lo extranjero, debido en parte a lo que el propio prócer llamó “la blandura del carácter del peruano”, no es esto tan sorprendente. Lo que sí es cierto es que él haya sido olvidado aun por los que deberían ser los depositarios directos de su legado. Efectivamente, aún más difícil de entender es por qué los liberales peruanos han dejado pasar inadvertido el legado de Sánchez Carrión, algo muy distinto, por ejemplo, del caso de los liberales argentinos, que tienen unánimemente a Alberdi como su referente histórico máximo. En particular sorprende esto en vista de la más bien escasa presencia liberal que ha habido en la historia de las ideas en el Perú, en los ciento sesenta años que median entre la muerte de Sánchez Carrión, por un lado, y la aparición de El otro sendero, de Hernando de Soto, y la campaña de Mario Vargas Llosa a la Presidencia de la República. Dejando a un lado algunos hechos de la ejecutoria política del prócer que lo llevó a postergar, momentáneamente, sus convicciones ideológicas en tiempos en que la realidad exigía pragmatismo, y, por cierto, mucho más allá de la evolución posterior de las ideas liberales en el Perú, lo que aparece meridianamente claro de la obra de Sánchez Carrión es su legado a la historia latinoamericana de las ideas. Acaso resta solamente que, en la década previa al bicentenario de la República, encuentre el reconocimiento de la historia como el primer liberal del Perú, padre del liberalismo peruano y, sin ningún tipo de duda, uno de los próceres del liberalismo latinoamericano.

 

1 Tomando a la fecha de la proclamación de la independencia por José de San Martín, como fecha referente del nacimiento de la República del Perú, es necesario puntualizar que formalmente es con la promulgación de la Constitución de 1823 que se constituye como República. Esto ocurrió el 12 de noviembre de 1823. Si esto es así, no cabe duda de que los ideólogos principales de la redacción de esa Constitución tienen categoría de Padres Fundadores. Dejamos planteado ese tema para que los historiadores profesionales se aboquen a desentrañar la verdadera fecha fundacional de la República del Perú.

2 Conversación en La Catedral.

3 Decimos “historia reciente” a base de tomar una perspectiva histórica, es decir, de largo plazo. Como se ha indicado en la nota 1, el 28 de julio de 2021 el Perú cumplirá oficialmente, al menos hasta donde marca la historiografía oficial, doscientos años como República, mas no implica que el país tendrá entonces doscientos años. El concepto del Perú como Estado, es decir, como colectivo social asentado en un territorio donde se ejerce un poder político con autoridad formal, nace con la creación del Virreinato del Perú el 20 de noviembre de 1542 por la Real Cédula de Carlos I de España, que contenía las llamadas Leyes Nuevas, un conjunto legislativo para las nuevas colonias americanas y entre las cuales dispuso crear el Virreinato del Perú en reemplazo de las antiguas gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva León, al tiempo que consolidó el poder español del hemisferio sur en Lima, al disponer el traslado de la sede de la Real Audiencia de Panamá a la capital del Perú. Desde luego, dejamos de lado aquí las profundas raíces en el tiempo que significa la cultura Chavín, que data de más de 1.200 años a. C., la primera sociedad orgánica y con influencia futura en la cultura peruana; y, por supuesto, tampoco incluimos a Caral (3.500 años a. C), dado que aún no está suficientemente estudiada su influencia en otras sociedades formativas del Perú.

4 Puede mencionarse a Raúl Porras Barrenechea, Augusto Tamayo Vargas, Pedro Planas, Raúl Ferrero Rebagliati, César Pacheco Vélez, Alfredo Valdivieso García, José Joaquín Larriva, Benvenutto Neptalí, Luis Antonio Eguiguren, entre otros.

5 En tiempos de Sánchez Carrión, Huamachuco pertenecía al departamento de Trujillo. Luego este se fragmentó y quedó reducido al actual departamento de La Libertad, con capital en la ciudad de Trujillo. Hoy se diría que el prócer es “liberteño”, pero, como entonces su pueblo natal quedaba en Trujillo, es apropiado decir que era “trujillano”.

6 Debido a una extraña predilección de la intelectualidad peruana por las obras de los pensadores franceses, siempre se ha postulado una especie de “deuda intelectual” de la independencia peruana con los ideólogos de la Revolución francesa. Pero eso es discutible, y en particular, en el caso de Sánchez Carrión, quien repudió directamente los efectos de la Revolución francesa, a pesar de sus proclamas, tal y como consta en sus famosas cartas de 1822, dirigidas al editor de El Correo Mercantil, Político y Literario (que se llegaron a conocer después como las Cartas de ‘El Solitario de Sayán’). En adición, Porras Barrenechea, uno de los principales estudiosos del prócer y que deduce precisamente esta admiración de Sánchez Carrión por la intelectualidad francesa, señala que entre los 146 libros que tenía la biblioteca del tribuno trujillano, no están las obras más representativas “de los enciclopedistas y filósofos de la razón del siglo XVIII, corriente intelectual bajo cuyo signo se educó Sánchez Carrión”. Anota con sorpresa Porras Barrenechea la ausencia de El espíritu de las leyes, de Montesquieu, a pesar de que es citado muchas veces por el tribuno, así como le llama la atención la ausencia de El contrato social, de Rousseau, aunque en este último caso –como se verá más adelante– es una noción que precedió más de cien años al pensador francés y, por tanto, es factible que el contacto de Sánchez Carrión con esa noción haya provenido de otras fuentes (ver notas 27 y 28). Estas consideraciones estarían implicando que no existe causalidad necesaria entre lo que poseía en libros con lo que conocía del pensamiento de ciertos filósofos. Nótese que Porras Barrenechea hace alusión genérica a “los filósofos de la razón del siglo XVIII”, entre los cuales pueden incluirse a Descartes, Bacon, Locke y otros que pudo haber leído. Véase Raúl Porras Barrenechea, “La biblioteca de un revolucionario: Sánchez Carrión, prócer civil de la independencia del Perú”, en El Mercurio Peruano, abril de 1943, consignado en Raúl Porras Barrenechea, José Faustino Sánchez Carrión: el tribuno de la República peruana, Lima, Banco Central de Reserva del Perú, 2001, pp. 32-48.

7 Hayek encontró a Hume, Adam Smith, Adam Ferguson, Tucker, Burke y Paley en la tradición anglosajona que creía en el empirismo y en el derecho consuetudinario, así como en tradiciones e instituciones que habían evolucionado espontáneamente, pero que habían sido comprendidas de manera imperfecta. En la tradición francesa incluyó a Rousseau, Condorcet, los enciclopedistas y los fisiócratas, la que creía en el racionalismo y el ilimitado poder de la razón, mientras rechaza de alguna manera la tradición y la religión. Estas tradiciones o escuelas no implicaban necesariamente criterios de nacionalidad, pues Hayek encontraba a los franceses Montesquieu, Constant y Tocqueville como pertenecientes a la tradición anglosajona, en tanto que a los británicos Hobbes, Godwin, Priestley, Price y Paine como pertenecientes a la tradición francesa. Véase Friedrich Hayek, Los fundamentos de la libertad, Madrid, Unión Editorial, sétima edición, 2006.

8 Friedrich Hayek, “Los principios de un orden social liberal”, ensayo presentado en el encuentro de Tokio de la Sociedad Mont Pelerin, en setiembre de 1966, reproducido en Revista Estudios Públicos, Santiago de Chile, Centro de Estudios Públicos de Chile, 1982, nro. 6, p. 179.

9 Ibídem, pp. 179-180. Según Hayek, tanto el utilitarismo inglés y el partido liberal inglés de fines del siglo XIX como el liberalismo estadounidense parten de esta tradición continental.

10 A mediados del siglo XIX, Francis Lieber notaba lo siguiente: “La libertad galicana [continental] se intenta en el gobierno y, de acuerdo con un punto de vista anglicano, se busca en un lugar equivocado, donde no puede encontrarse. Las necesarias consecuencias de los puntos de vista galicanos son que los franceses tratan de conseguir el más alto grado de civilización política en la organización, es decir, en el más alto grado de intervención estatal”. Véase Francis Lieber, Anglican and Galician Liberty. Miscellaneous Writtings, Filadelfia, 1881, p. 282, impreso originalmente en un diario de Carolina del Sur en 1848 y citado en Friedrich Hayek, Los fundamentos de la libertad, ob. cit., p. 83.

11 El concepto de individualismo es uno de los menos entendidos en el campo de la filosofía política y se confunde muy a menudo con el concepto de egoísmo. Lamentablemente aquí no puede discutirse esta distinción con la profundidad del caso, pero avisamos que no es lo mismo.

12 No así en su dimensión sociológica.

13 A diferencia de la tradición continental, que ha sido siempre antagónica a toda religión y políticamente se ha mantenido en constante conflicto con las religiones organizadas. Véase Friedrich Hayek, Los fundamentos de la libertad, ob. cit., p. 181.

14 La separación de poderes –que en realidad se refiere a los poderes que componen el poder central– reduce la discrecionalidad del Ejecutivo y de que las decisiones más importantes estén en manos de pocos. La descentralización, en cualquiera de sus versiones, desde municipalización o regionalización hasta federalismo, implica límites al poder central por transferencia de competencias y funciones desde el nivel nacional hacia los niveles subnacionales. Coadyuva a estos límites, aunque de manera algo menos directa, la democracia representativa, porque reduce el riesgo de que el poder político sea tomado por asalto por cualquier mayoría con la única validación de su mayor número. Esta preferencia por la democracia representativa se enmarca en la oposición del liberalismo clásico a la democracia directa a través de pensadores como Alexis de Tocqueville o James Madison. Sobre eso último, véase Alan Ryan, “Liberalism”, en A Companion to Contemporary Political Philosophy, de Robert E. Goodin y Philip Pettit (editores), Oxford, Blackwell Publishing, 1995.

15 Elementos ambos del denominado mercantilismo.

16 Si en el siglo XVIII ese poder lo ejercía la realeza, eso es un hecho coyuntural histórico. Da lo mismo si lo ejerce un rey o un aparato burocrático republicano de talante comunista o fascista.

17 Friedrich Hayek, Los principios de un orden social liberal, ob. cit., p. 182.

18 Jorge Basadre, Historia de la República, tomo 1, p. 48, octava edición, Lima, La República, 2000.

19 Raúl Porras Barrenechea, “José Faustino Sánchez Carrión: el preludio seminarista de una vocación revolucionaria (1789-1804)”, en Turismo, marzo-junio de 1951, consignada en Raúl Porras Barrenechea, José Faustino Sánchez Carrión: el tribuno de la República peruana, ob. cit., p. 50.

20 Raúl Porras Barrenechea, “El tribuno de la República”, conferencia dictada en el Centro de Estudios Históricos Militares, el 30 de setiembre de 1953, y reproducida en El Mercurio Peruano, Lima, 1953, nro. 320. Fue consignada en Raúl Porras Barrenechea, José Faustino Sánchez Carrión: el tribuno de la República peruana, ob. cit., p. 61.

21 Luis Alberto Sánchez, “La evolución cultural de América y su influencia en la emancipación peruana”, en Quinto Congreso Internacional de Historia de América, tomo III, Lima, 1972, p. 377.

22 Nos enfocamos en las Cartas en razón de que, en ellas, el prócer da muestra de toda su maestría de su argumentación ideológica que quedaría plasmada después en la Constitución de 1823. En otros escritos suyos, más de corte discursivo, se enfoca en propósitos emotivos para arengar el espíritu de los peruanos. En tales trabajos existe poco material adicional al consignado en las Cartas para un análisis positivo objetivo de las trazas ideológicas del prócer peruano, por lo que nos hemos concentrado en ellas, además del hecho de que constituyen los dos documentos escritos por Sánchez Carrión que más trascendencia e impacto tuvieron en su época. Una buena selección de estos escritos se halla en la compilación realizada por el Fondo Editorial del Congreso de la República del Perú titulado: En defensa de la patria: José Faustino Sánchez Carrión, selección a cargo de Luis Alva Castro y Fernando Ayllón Dulanto.

23 Carta dirigida al editor de El Correo Mercantil, Político y Literario y luego redirigida al editor de La Abeja Republicana. Fechada el 1 de marzo de 1822 y publicada en La Abeja Republicana el 15 de agosto de 1822.

24 Fechada el 17 de agosto de 1822 y publicada en El Correo Mercantil, Político y Literario el 6 de setiembre de 1822.

25 Como haremos mención indistinta a ambas Cartas, en lo sucesivo simplemente entrecomillamos las citas correspondientes, sin hacer referencia explícita a si la cita corresponde a la primera o a la segunda. En caso hagamos referencia a otros textos, se indicarán expresamente.

26 Esta era la tesis que Sánchez Carrión promovía, con énfasis primordial, por su importancia fundamental para establecerlo como régimen político del Perú en la primera Constitución de su vida independiente, que le cupo la responsabilidad de redactar, como principal artífice.

27 Nótese que no es la tradición de Hobbes, que solamente entendía la justificación del contrato social para erigir a un gobierno con suficientes poderes para instaurar el orden. Tampoco es la tradición de Rousseau, en cuanto no acepta la existencia de derechos naturales que preceden al Estado sino que se gestan cuando ya se ha constituido la sociedad y se pueden derivar del mandato de una voluntad general. El contrato social al que apela Sánchez Carrión ni siquiera menciona alguna consideración redistributiva, por lo que puede ser que lo haya tomado predominantemente de Locke y discutirse que haya tomado el concepto de Hobbes o de Rousseau, a pesar de los esfuerzos de Porras Barrenechea por vincular la noción de pacto social del tribuno trujillano con el intelectual ginebrino diciendo que “el entusiasmo por Rousseau fue idolátrico en Sánchez Carrión”. Véase Raúl Porras Barrenechea, “La biblioteca de un revolucionario: Sánchez Carrión, prócer civil de la independencia del Perú”, en El Mercurio Peruano, abril de 1943, consignado en Raúl Porras Barrenechea, José Faustino Sánchez Carrión: el tribuno de la República peruana, ob. cit., p. 38.

28 En las respectivas obras de John Locke y Charles Louis de Secondat (Montesquieu), a saber, Segundo tratado del gobierno civil y El espíritu de las leyes, ambos autores desarrollan la teoría de la separación de poderes. Lo interesante es que mientras se suele atribuir a Montesquieu las contribuciones más decisivas al respecto, se pierde de vista que el Segundo tratado del gobierno civil se publicó en 1662 mientras que El espíritu de las leyes fue publicado en 1748. Esto significa que la teoría de Locke sobre la doctrina de la separación de poderes precede en ochenta y seis años a la obra de Montesquieu. Algo parecido sucede entre Locke y Rousseau con respecto a la teoría del contrato social. Rousseau es más conocido por su obra titulada precisamente El contrato social, publicado en 1762, es decir, exactamente cien años después de que Locke desarrollase similar teoría. Aunque, en realidad, la primera mención a este concepto se remonta a Hobbes en su Leviatán, de 1651, precediendo por once años apenas a la obra de Locke.

29 Véase James Madison, véase James Madison, Federalist, nro. 10 (22 de noviembre de 1787), en Alexander Hamilton, John Jay y James Madison, The Federalist: A Commentary on the Constitution of the United States, Nueva York, edición de Henry Cabot Lodge, 1888.

30 Como siglos después lo demostrara el exitoso proyecto de la Unión Europea y contemporáneamente al prócer sucediera con Estados Unidos.

31 Nótese el detalle de que el prócer habla aquí incluso de “Estados” a la usanza del modelo norteamericano nuevamente, lo que es muestra adicional de su convencimiento profundo respecto del sistema federal.

32 Para tener una idea comparativa, en la Constitución de 1993, de los 206 artículos que contiene (fuera de las 18 disposiciones transitorias), el Título III sobre el “Régimen Económico” consigna el 16 por ciento (32 artículos).

33 Artículo 149 de la Constitución Política del Perú de 1823.

34 Artículo 151 de la Constitución Política del Perú de 1823.

35 Artículo 162 de la Constitución Política del Perú de 1823.

36 En el punto de los impuestos reducidos, coincidiría la postura del prócer con el propio Milton Friedman también.

37 Por cierto, una tradición lejana del anarcocapitalismo que propugna Estados inexistentes por razones “morales”.

38 En particular, el sur andino era una zona de intenso tráfico comercial que venía del Alto y Bajo Perú y que se caracterizaba por el comercio de coca, vino, aguardiente, mulas y textiles, pero las reformas borbónicas, materializadas en alzas de la alcabala, la creación de la aduana interna, la obligatoriedad a los indígenas de comprar a mayores precios mediante el sistema de reparto, debilitaron el comercio y el bienestar de las poblaciones beneficiadas con el comercio libre.

39 Este es un tema que excede los límites autoimpuestos a este trabajo y que merece la pena una investigación específica. En lo sucesivo, simplemente se delinearán algunos elementos de la discusión.

40 Y reconocida por varios autores de distintas tendencias ideológicas.

41 De paso, vale la pena aclarar que en el caso de Túpac Amaru II como en el del mismo Sánchez Carrión, la historia oficial los ha “capturado” como íconos de ideologías antiliberales, y los ha presentado como representantes de algún tipo de reivindicación popular, más precisamente indígena, cuando sus acciones o sus proclamas no tenían que ver sino con el respeto de derechos individuales y libertades políticas y económicas reconocidas hoy como parte infaltable de cualquier propuesta liberal que sea seria. En el particular caso de Túpac Amaru II, el asunto es más insólito: un hombre que luchó contra el absolutismo estatal, las presiones tributarias abusivas y la restricción al comercio libre terminó siendo el símbolo de un movimiento terrorista que enarbola las banderas del marxismo en su versión más radical. Es tarea pendiente de los historiadores futuros rescatar el verdadero sentido del espíritu que movía a estos grandes personajes de la historiografía peruana.

42 A modo de ejemplo, se ha postulado que incluso algunos caudillos militares establecieron relaciones liberales con las poblaciones indígenas en los Andes peruanos, aunque ciertamente con un liberalismo menos ortodoxo que el que postulaba Sánchez Carrión. Véase Cecilia Méndez, Tradiciones liberales en los Andes: militares y campesinos en la formación del Estado peruano, Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe (EIAL), vol. 15, nro. 1, enero-junio de 2004.

43 La polémica sobre el papel del liberalismo en la historia republicana del Perú es un tema que merece tratamiento específico y que no es materia pertinente al propósito del presente trabajo.

44 Friedrich Hayek, Los fundamentos de la libertad, ob. cit., p. 84.

45 James Buchanan, “Saving the Soul of Classical Liberalism”, en James Buchanan, “Saving the Soul of Classical Liberalism”, en The Wall Street Journal, el 1 de enero de 2002.

46 La publicación de El otro sendero, por Hernando de Soto en 1984, y la campaña presidencial de 1990, liderada por Mario Vargas Llosa, marcaron el resurgir de las ideas liberales clásicas en el Perú.

47 Y ratificada un año después.

48 Una buena descripción de los entretelones que rodearon la instauración de la Constitución Vitalicia puede encontrarse en Valentín Paniagua Corazao, “El proceso constituyente y la Constitución Vitalicia (bolivariana) de 1826”, en Revista Historia Constitucional, nro. 8, setiembre de 2007.

49 Mario Manrique Cotillo, ¿Qué pensaba del Perú don Faustino Sánchez Carrión, Lima, Facultad de Letras y Pedagogía de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (mimeo).

50 Refiriéndose a esa época, Basadre considera que no era el momento para una República liberal, con un Legislativo muy heterogéneo y entusiasta como primer poder del Estado y un gobierno limitado materializado en un Ejecutivo incapacitado de promover iniciativas de emergencia. Y añade que “los liberales no vieron que la guerra con los españoles y no la fidelidad doctrinaria era el asunto más grave en aquel momento”. Véase Jorge Basadre, Perú: problema o posibilidad, Lima, Banco Internacional del Perú, 1979, tercera edición, p. 59. Quizá Sánchez Carrión llegó a este mismo convencimiento. Adicionalmente, Cotler encuentra una explicación de la permanencia de las estructuras económicas y políticas conservadoras a pesar de los intentos liberales que se materializaron, finalmente en el caudillaje posindependentista: “Ante la falta de un grupo burgués capaz de ejercer la hegemonía e imponer su ley dentro de un marco institucional, la política peruana –y en general la hispanoamericana– institucionalizó el clientelaje y caudillismo personalista y revitalizó así las formas coloniales de dominación”. Véase: Julio Cotler, Clases, Estado y nación en el Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos (IEP), 2005, tercera edición, p. 91.

51 En su ensayo apologético a Bernardo Monteagudo, quien sostuvo una encarnizada rivalidad con Sánchez Carrión como máximo exponente doctrinario de la defensa del sistema monárquico para el Perú, el historiador argentino Mario “Pacho” O’Donnell refiere un episodio contado por el general Tomás Mosquera, el último de los jefes de su Estado Mayor, según el cual, al acaecer el asesinato de Monteagudo en Lima, Bolívar encaró a quien fue sindicado como su asesino, Candelario Espinoza, prometiéndole perdonarle la pena de muerte si le contaba quién lo había contratado para liquidar al argentino. Espinoza culpa entonces a Sánchez Carrión, y añadió que este conspiraba contra el dictador venezolano. Pero añade O’Donnell: “Cuarenta días más tarde Sánchez Carrión muere misteriosamente, aquejado de un mal extraño que lo lleva rápidamente a la tumba y que da pie a sospechar que pudo haberse tratado de un envenenamiento. Según su jefe de Estado Mayor, quien guardase estos secretos a lo largo de tantos años respondiendo a una precisa instrucción de Bolívar en ese sentido, el ignoto ejecutor de Sánchez Carrión a su vez fue asesinado pocos días más tarde”. Véase Mario “Pacho” O’Donnel, Monteagudo: la pasión revolucionaria, Buenos Aires, Planeta, 1995. Sin pretender ahondar en el fondo del tema, queda la duda de si esa “confesión” fuera inducida por la promesa del indulto de Bolívar. En lo que parece haber certeza es que la relación entre Sánchez Carrión y Bolívar llegó en un momento a ser altamente intrigante y hasta tensa, porque se había desgastado hacia el final de la vida del prócer. Raúl Porras Barrenechea desliza similar sospecha también: véase Raúl Porras Barrenechea, “Elogio y vejamen de la República: Monteagudo y Sánchez Carrión”, en Mundial, 26 de julio de 1833.

52 Las nocivas acciones de Bolívar contra el Perú pueden encontrarse en Herbert Morote y Jaime Campodónico (editores), Bolívar: Libertador y enemigo número uno del Perú, Lima, 2007, segunda edición. Aunque vale la pena precisar que otros estudiosos le asignan un papel benefactor. El tema de la presencia de Bolívar en el Perú requiere una profunda revisión historiográfica que, por supuesto, es imposible abordar aquí.

53 Respecto a la ejecutoria política de Luna Pizarro, Pedro Planas le reconoce un papel de primer orden en la primera década de vida republicana, pero destaca la postura muy poco clara, y notablemente cambiante, respecto a la descentralización en general, y al federalismo en particular. Planas encuentra que Luna Pizarro es un federalista pragmático, dispuesto a echar mano al centralismo o a la descentralización dependiendo de lo que pueda convenir en el momento concreto por el que atraviese la República. Lo contrapone así al federalismo doctrinario de Sánchez Carrión. Véase Pedro Planas, La descentralización en el Perú republicano 1821-1998, Lima, Municipalidad Metropolitana de Lima, 1998.

54 Luna Pizarro fue uno de los principales impulsores e ideólogos de la Constitución de 1828. En esa tarea, tomó como referente a la Constitución argentina de 1826, que rechazó el federalismo y que favorecía el peso relativo del Ejecutivo en el sistema de poderes. De una manera muy importante, la Constitución de 1828 rebajó mucho el espíritu liberal de la Constitución de 1823.

55 Como es el caso de Basadre, Porras Barrenechera, Ferrero Rebagliati y Planas, por ejemplo.

56 La diferencia entre derechos del hombre y derechos del ciudadano, aludida expresamente por Sánchez Carrión.

57 “El Perú da doscientos por uno; y si, allá en el norte, todavía viven quienes quebraron con sus manos el tridente del Albión y están percibiendo con sus ojos el éxito de su independencia, ¿por qué no nos ha de tocar igual ventura? Por lo común se dice ‘de esto gozarán nuestros nietos; nosotros no lo hemos de ver; de aquí a ciento o doscientos años se levantará la hermosa perspectiva que nos pintan’. Y con tan melancólicas ideas, cáese el fusil de la mano, suspírase por la dominación de faraón y vamos pasando. Amigo mío, yo no pienso así: creo que en mis días será esta parte del globo una nación respetable. Plantifíquese la Constitución americana con las pequeñas modificaciones que corresponde a nuestras circunstancias y veránse sus efectos”. Segunda Carta del Solitario de Sayán.

58 En su papel de ministro de Estado, Sánchez Carrión suscribió, a nombre de Bolívar, el Decreto de Aplicación de la pena capital a los funcionarios que hayan tomado dinero de los fondos públicos, dado en Lima, el 2 de enero de 1824. Véase: Félix Denegri Luna, Obra gubernativa y epistolario de Bolívar. Legislación 1823-1825, Lima, Colección Documental de la Independencia del Perú, 1975, tomo XIV, vol. 1.

59 Véase Luis León Pezzutti, El prócer olvidado. Apuntes históricos masónicos, Lima, Impresiones y Publicaciones Enrique Bustamante y Ballivián, 1935.

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