Picada de noticias en el recuerdo
El enfoque
de Miguel Wiñazki
La fe en
Mauricio Macri o en Cristina Kirchner (*)
Aquí en Cochabamba, Bolivia, desde donde se escribe esta
columna, se elevan llamaradas en la noche. La costumbre antigua de encender
hogueras para ofrendar a
En los cerros de Cochabamba se dibujan las viviendas
apretujadas y, temprano por la mañana, el humo que persiste después de las
hogueras, multiplicadas más que nunca en estos días con la unción que despierta
el culto a San Juan, venerado desde el sincretismo y desde todos los fuegos bolivianos.
Muchas cosas unen a
La frontera no divide la extensión antigua de la cultura
quechua que se disemina aquí en el norte en una misma lengua aún viva.
Juan José Castelli comandó una expedición que no parecía
tener destino hasta lo que hoy es Bolivia y entonces era el Alto Perú. Convocó
a miles de aborígenes y criollos a reunirse en las ruinas de Tiahuanaco,
sacralizó así
Pese a la intensa xenofobia argentina, estamos más cerca
históricamente de Bolivia que de París, para dar un solo ejemplo.
Por una coincidencia meramente cronológica ahora mismo los
dos países enfrentan elecciones en octubre con una semana de diferencia.
Evo compite contra un intelectual y ex presidente
democrático, Carlos Mesa Gisbert.
Y Macri contra Cristina.
La política es una cuestión de fe y cabe preguntarnos por
qué creemos en alguien, aún cuando no existan motivos racionales para
creerle. ¿Por qué Cristina continúa favorecida por la adhesión profunda de tantos
cuando las evidencias de sus corruptelas son tan abrumadoras? Las
ficciones propaladas para encubrir todos los desastres K son falsas pero
creíbles para muchísimos argentinos.
Nadie está exento de los interrogantes. ¿Por qué creerle a
Macri, quien no doblegó, ni la inflación ni la pobreza?
La fe es anterior a la racionalidad y probablemente más
potente. Arraiga en empatías que no explican los manuales de ciencia política,
en conexiones subconscientes.
Tal vez exista una sutil diferencia. Él no miente como su
predecesora.
Es extraño, pero la verdad no resuelve todos los
problemas. Es necesaria pero no suficiente. Vale para la política y para la
vida en general.
Hay una escena que está en la memoria de todos, que va más
allá de las palabras: el rostro duro y la mirada fija de Pichetto enfocada en
el titubeante Cobos, cuando emitía su celebérrimo voto no positivo. Pichetto lo
observaba sin pestañear con una mano pegada a su boca.
Todo era muy tenso y el actual candidato a vicepresidente
estaba clarísimamente del lado de Cristina.
¿Por qué creerle ahora que es su oponente?
¿Tal vez porque aquella subordinación sugiere que no se
rebela ante sus altos mandos, antes Cristina, ahora Mauricio?
¿Tal vez porque se cansó Pichetto del destrato y de la
soberbia?
¿Por qué creerle a Alberto Fernández, el más agudo y feroz
crítico de Cristina, ahora su socio y presunto jefe de la jefa en el caso de
ganar?
¿Por qué creerle a la clase política en general? Ningún
partido ni coalición se ha privado del nepotismo a dedo, instalando a las
respectivas parentelas allí donde han podido.
¿Por qué creemos? ¿A quién le creemos?
Creemos porque tenemos fe.
Señaló el filósofo boliviano Ignacio Prudencia Bustillo:
“Saber una cosa porque se tiene fe en ella es lo mismo que ignorarla” Sin
embargo no hay construcción social posible sin fe.
Creer es indispensable. Y la incertidumbre es en
simultáneo ineludible.
El sistema de creencias nacional se ha encogido después de
tantas repetidas frustraciones. Sin embargo eso no es necesariamente negativo.
Es más sensata la creencia restringida. Es mejor que las devociones
irrestrictas, y fanáticas.
Paso por el mercado de “
Son los ojos de la buena suerte. Son sagrados. Pero aún
así hay un mercado ilegal , cazadores a mansalva de llamas embarazadas. Son
furtivos y sin límite, trafican los fetos de la buena fortuna por mucho dinero
negro.
Todo es tremendo. La devoción y la corrupción.
Y así estamos. (*)
Clarín, 29/6/019

Comentarios
Publicar un comentario