El enfoque de Pablo Mendelevich
Ahora los
candidatos testimoniales están orgullosos
PARA
30/7/025
La
política se renueva. ¿Quién dijo que es siempre lo mismo? Este
Funciona
más o menos así: “yo no soy un candidato de verdad, no tengo la más mínima
intención de asumir ninguna banca, sólo trabajo de cazavotos. Como cabeza de
lista luminoso, glamoroso, estelar, alumbro a un pelotón de ignotos, de don
nadies, como mínimo carenciados de sex appeal que van colgados debajo mío,
querido elector, pero yo estoy regio, confort absoluto con el cargo que
conseguí por cuatro años en anteriores elecciones y, entiéndanme, recién
pasaron dos nomás, no le voy a andar fallando al electorado. Eso sí, voy de
frente. El que avisa no es traidor. Merezco un
premio por la franqueza, merezco el voto”.
Parece que
ya no hará falta decir en campaña cosas del tipo “tengo vocación parlamentaria
desde que era niño” o “no puedo seguir mi vida sin legislar, nací para eso”. Se
podrá prescindir de promesas empalagosas como “no tengan dudas de que acabaré
desde mi banca con todas las injusticias, no ya las de mi aldea, las de mi
provincia, las de mi patria, sino las de toda nuestra querida galaxia”.
Basta de
fingir. Es tiempo de verdades
crudas. “Soy candidato, sí, candidato a la renuncia, ¿y qué?
Cuando gane la banca para la que me postulo prometo que lo primero que haré
será renunciar a ella. Bueno, como legislador será lo primero y también lo
último, lo que garantiza una tasa de cumplimiento de las promesas electorales
del cien por ciento. La virtud política en estado puro”.
Pregunta
acuciante: ¿será que hablarán así en esta campaña provincial los intendentes
bonaerenses que se presentan como primeros candidatos a concejales pero a
quienes ni por asomo se les ocurriría pensar en abandonar la intendencia para
diluirse durante cuatro largos años entre dos docenas de Carlitos que animan el
desangelado Concejo Deliberante?
El
kicillofismo decidió el lunes blanquear y bancar a sus numerosos candidatos
testimoniales, misión para la que el gobernador tuvo la suerte de hallar en la
plantilla a un funcionario cuyo apellido sintetiza ambos verbos, blanquear y
bancar: Bianco. Nada menos que el ministro de Gobierno. “Lo de plantear algunas
candidaturas testimoniales -explicó Bianco- se ha hecho mil veces y lo hemos
hecho de frente a la gente”.
Es cierto
que esta práctica no es nueva (si bien no sucedió mil veces sino unos ocho o
nueve centenares por debajo de esa cifra), pero lo que Bianco pareció no
recordar fue quién la inventó, quizás porque considera que el dato es
irrelevante: Néstor Kirchner. Casualmente esta temporada la viuda del inventor,
quien presidía el país al momento de la invención, se proclama, desde su
cuartel general, la prisión hogareña, fervorosa crítica de las candidaturas
testimoniales cual si fuera, diría Milei, una vulgar ñoña republicana de
La historia pide a gritos una refrescada. Kirchner
sabía en 2009 que las elecciones previstas para octubre venían mal para el
gobierno de su esposa. Por eso las adelantó para junio mediante una ley, se
puso a sí mismo como primer candidato a diputado nacional por la provincia de
Buenos Aires (el santacruceño fue el primer expresidente que fijó domicilio en
la residencia de Olivos para devenir bonaerense) y colocó en los siguientes
tres lugares de la lista los nombres marketineros de dos políticos y una
artista, ninguno de los cuales pensaba ser diputado: Daniel Scioli, Sergio
Massa y Nacha Guevara (intercalada entre ambos). Lista que acabó derrotada por
la de Francisco de Narváez, entonces un supermercadista que hacía sus primeros
palotes en la política.
Kirchner
no fue candidato testimonial sino el gran diseñador de la estrategia. Él sí
asumió la banca (a lo largo de un año asistiría a un solo debate de la cámara),
mientras que a Scioli lo devolvió a la gobernación y a Massa, quien venía de
ser jefe de Gabinete, lo repuso en la intendencia de Tigre. Justo después de
las elecciones, Nacha Guevara descubrió que la
política no era para ella y se volvió a las tablas. Gracias
a estas deserciones entraron (o renovaron mandato) Omar Plaini, Remo Carlotto y
Juliana Di Tullio, quienes en las urnas no habían conseguido suficientes votos.
Imposible saber con exactitud cuánto le sumaron a la lista de Kirchner los
falsos candidatos.
“Lo que
más me interesa es cuidar la provincia y desde allí ayudar al país”, decía
Scioli, maestro superior de la ambigüedad egresado de la escuela de Fidel
Pintos, durante la campaña de 2009, ante la pregunta de si renunciaría a la
banca. “Cuando venga el momento veré de qué manera yo puedo ayudar de la mejor
manera posible (sic) al desarrollo de la provincia”, respondía cuando lo
apuraban. Pero tenía de reserva una frase bien concreta: “primero las
elecciones, luego vendrá el 28 de junio con los resultados en la mano, y
después es un tema que en su momento se verá”.
Durante la
campaña Massa también cumplió a pies juntillas con la instrucción de no
pronunciar nunca delante de un micrófono la frase “no voy a asumir la banca”.
Contraindicada no sólo porque había que engañar a diez millones de electores
sino, al mismo tiempo, tomar por zopencos a los tres
jueces de
Como lo
recordó ayer Hernán Cappiello en
Dicho y
hecho: después de aquella burla a dos puntas de 2009, Scioli y Massa fueron
honrados por el peronismo con el máximo escalón al que un político de carrera
puede aspirar, la candidatura presidencial. Uno en 2015, el otro en 2023. Ambos
perdieron, es verdad, pero nadie cree que en las derrotas hayan influido fuerte
los pecados originales de las candidaturas testimoniales. Scioli obtuvo para
presidente 12.309.000 votos y Massa, 11.600.000. No parece que deba hablarse de
políticos castigados por antiguas inconductas éticas.
De algún
modo eso es lo que piensan los jueces: “si la sociedad tolera las candidaturas
testimoniales, si las bendice o las convalida, ¿por qué debería tocarnos a nosotros prohibirlas?”.
Sin
embargo, el aval del kicillofismo, al abrir las puertas a candidatos
testimoniales orgullosos de serlo, podría colocar el tema en el centro de la
campaña. ¿Qué harán los jueces delante del candidato que se reconoce de
utilería y se muestra orgulloso de ser testimonial porque encarna la misión
superior -es lo que sugirió Bianco- de parar la motosierra de Milei en la
provincia de Buenos Aires en esta elección “absolutamente clave”?
Según
Bianco, las candidaturas testimoniales “están previstas por la ley, no están
impedidas por la ley”. Pero son dos cosas distintas. Lo segundo es cierto, no
existe una prohibición taxativa. Lo primero es falso. ¿En qué ley están previstas?
En derecho
civil se dice que todo lo que no está prohibido está permitido, pero no es éste
un principio absoluto. Menos en la política, que debería hacer de la buena fe
una causa fundamental. ¿A qué terreno pertenecen las candidaturas testimoniales
si no al de la trampa? ¿Hay que imaginar que mejorará ahora la calidad institucional
gracias a los candidatos testimoniales orgullosos? ¿Vale la palabra de los
propios políticos para que la ciudadanía pueda saber con certeza quién asumirá
tras las elecciones la banca de diputado, de senador o la concejalía para la
que se candidatea y quién no? ¿Alguien tiene idea de lo que pensaba realmente
hacer Cristina Kirchner si se anotaba, como decía que quería hacer antes de ser
sentenciada por
Algunos
candidatos avisan que no van a asumir, es decir se confiesan testimoniales, por
el momento más a través de terceros que mirando a los ojos a los representados.
Otros aseguran que sí asumirán aunque lo suyo sea un descenso de intendente a
concejal. Y están los que especulan con renunciar pero no para bajar sino para
subir a un cargo ejecutivo impar, por ejemplo en el gabinete nacional. Todos
supuestos inverificables que aportan confusión al panorama. Lo único concreto
es que postularse para ser representante del pueblo en cualquier cuerpo colegiado
con la renuncia inaugural en mente no
debería enorgullecer a nadie.

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