Picada de Noticias en el recuerdo

 


Karl Marx y su contribución a la crítica de la economía política (9)

Teorías sobre los medios de circulación y sobre el dinero

(continuación)

Toda la perspicacia de Mill se reduce a una serie de suposiciones tan arbitrarias como absurdas. Quiere probar que el precio de las mercancías o el valor del dinero están determinados "por el total de dinero existente en un país". Si se supone que la masa y el valor de cambio de las mercancías en circulación quedan los mismos, como también la velocidad de circulación y el valor de los metales preciosos determinado por su costo de producción, y se supone al propio tiempo que a pesar de ello la cantidad de dinero metálico circulante ha aumentado o disminuido proporcionalmente a la masa de dinero existente en el país, entonces es "evidente", en efecto, que se supone precisamente lo que se ha pretendido probar. Por lo demás, Mill se cae en el mismo error que Hume cuando hace circular valores de uso en vez de mercancías de valor de cambio determinado, y su proposición es por eso falsa aunque se hayan admitido todas sus "suposiciones". La velocidad de circulación puede quedar invariable, como asimismo el valor de los metales preciosos y la cantidad de mercancías en circulación, y, sin embargo, es posible que, al variar su valor de cambio, se requiera para su circulación ora una cantidad de dinero mayor ora una cantidad menor. Mill se da cuenta de que una parte del dinero existente en un país circula, mientras que la otra permanece inmóvil. Recurriendo a un cálculo de promedios extraordinaria-mente cómico, supone que en realidad, aunque la realidad parezca muy distinta, todo el dinero presente en un país circula. Supongamos que, en un país, 10 millones de táleros de plata hacen dos rotaciones al año; entonces, bien podrían circular 20 millones de táleros si cada uno se empleara para una sola compra. Si la totalidad de la plata existente en un país bajo cualquier forma se eleva a 100 millones de táleros, cabe suponer que los 100 millones pueden circular si cada pieza efectúa una compra en cinco años. Se podría también suponer que todo el dinero del mundo circula en Hampstead (119), pero que cada una de sus partes alícuotas, en lugar de hacer, por ejemplo, tres rotaciones al año, sólo hace una en tres millones de años. La primera suposición es tan importante como la segunda para determinar la correlación entre la suma de precios de las mercancías y la cantidad de medios de circulación.

 

Mill tiene la sensación de que para él es de una importancia decisiva confrontar directamente las mercancías no con la cantidad de dinero en circulación, sino con la totalidad del dinero de que dispone un país en el tiempo dado. Admite que la totalidad de las mercancías de un país no puede cambiarse "de una vez" por la totalidad del dinero, pero que porciones diferentes de esta masa de mercancías se cambian, en diferentes períodos del año, por porciones diferentes de la masa de dinero. Para eliminar esta anomalía supone que ella no existe. Por cierto que toda esta concepción del enfrentamiento inmediato de las mercancías con el dinero y de su intercambio directo se deduce del movimiento de las compras y ventas simples, o de la función que cumple el dinero como medio de compra. La aparición simultánea de la mercancía y del dinero cesa ya cuando éste actúa en calidad de medio de pago. Las crisis comerciales del siglo XIX, en particular las grandes crisis de 1825 y 1836, no tuvieron por resultado el desarrollo sino más bien una nueva aplicación de la teoría ricardiana del dinero. No se trataba ya de fenómenos económicos aislados, como, en Hume, la depreciación de los metales preciosos en los siglos XVI y XVII, o, en Ricardo, la depreciación del papel moneda durante el siglo XVIII y a comienzos del XIX, sino de las grandes tormentas del mercado mundial, en las que estallaba el conflicto entre todos los elementos del proceso de producción burgués; el origen de esas tormentas y los medios de defensa contra ellas se buscaron en la esfera más superficial y más abstracta del proceso, esfera de la circulación monetaria. El postulado propiamente teórico de que parte la escuela de esos virtuosos de la meteorología económica se resume de hecho en el dogma según el cual Ricardo ha descubierto las leyes de la circulación puramente metálica. Sólo les quedaba subordinar a dichas leyes la circulación crediticia o la de billetes de banco. El fenómeno más común y notable de las crisis comerciales es la súbita caída general de los precios de las mercancías tras un período bastante prolongado de su alza general. La baja general de los precios de las mercancías puede presentarse como una elevación del valor relativo del dinero con respecto a todas las mercancías y, viceversa, el alza general de los precios como una baja del valor relativo del dinero. En ambos casos, el fenómeno se enuncia, pero no se explica. Que el problema planteado sea explicar el alza general periódica de los precios alternante con su caída general, o bien se lo formule así: explicar la baja y la elevación periódicas del valor relativo del dinero con respecto a las mercancías, la diferencia de enunciación no modifica el problema, como no lo haría tampoco su traducción del alemán al inglés.

 

 La teoría del dinero de Ricardo vino, pues, singularmente a propósito, ya que da a una tautología la apariencia de una relación causal. ¿De dónde proviene la baja general periódica de los precios de las mercancías? De la subida periódica del valor relativo del dinero. ¿De dónde proviene, inversamente, el alza general periódica de los precios de las mercancías? De la caída periódica del valor del dinero. Se podría decir, justamente también, que el alza y la baja periódicas de los precios provienen de su alza y su baja periódicas. El problema planteado presupone que el valor inmanente del dinero, es decir, el valor determinado por el costo de producción de los metales preciosos, queda invariable. Esta tautología, si pretende ser algo más que una tautología, descansa sobre una ignorancia de las nociones más elementales. Cuando el valor de cambio de A medido en B baja, sabemos que esto puede provenir tanto de una baja del valor de A como de un alza del valor de B. Lo mismo ocurre, inversamente, cuando el valor de cambio de A medido en B se eleva. Una vez admitida la transformación de la tautología en relación causal, todo el resto resulta fácil. Los precios de las mercancías se elevan porque baja el valor del dinero, y el valor del dinero baja, como nos enseña Ricardo, por la superabundancia de la circulación monetaria, es decir, porque la masa de dinero circulante sobrepasa el nivel determinado por su propio valor inmanente y los valores inmanentes de las mercancías. De análogo modo, inversamente, la baja general de los precios de las mercancías proviene de un alza del valor del dinero por encima de su valor inmanente como resultado de su cantidad insuficiente en la circulación. Así pues, los precios aumentan o disminuyen porque hay periódicamente en la circulación una cantidad excesiva o insuficiente de dinero. Si ahora queda probado que el alza de precios coincidía con el decremento de la circulación monetaria, y la caída de precios con el incremento de la misma, se podrá afirmar, sin embargo, que por efecto de un decremento o un incremento de la masa de mercancías en circulación, aunque sea por completo imposible demostrarlo por las estadísticas, la cantidad de dinero circulante ha aumentado o disminuido, por lo menos relativamente si no en cifras absolutas.

 

Hemos visto que, según Ricardo, esas fluctuaciones generales de los precios no pueden dejar de producirse también en una circulación puramente metálica, pero se compensan por su alternancia: una circulación monetaria insuficiente, por ejemplo, hace bajar los precios de las mercancías, la baja de los precios de las mercancías provoca una exportación de mercancías al extranjero, esta exportación lleva aparejada una afluencia de dinero al país, y la afluencia de dinero origina a su vez una nueva subida de precios. En caso de una circulación monetaria sobreabundante ocurre lo contrario: las mercancías se importan y el dinero se exporta. Si bien esas fluctuaciones generales de los precios dimanan de la naturaleza misma de la circulación metálica ricardiana, su forma borrascosa y violenta, forma de crisis, pertenece a los períodos con un sistema de créditos desarrollado; está bien claro que la emisión, de billetes de banco no se regula en estricta consonancia con las leyes de la circulación metálica. La circulación metálica encuentra su remedio en la importación y exportación de metales preciosos, los cuales entran inmediatamente en la circulación bajo la forma de numerario y por su afluencia o su reflujo hacen así bajar o subir los precios de las mercancías. Ahora los bancos deben ejercer artificialmente la misma influencia sobre los precios de las mercancías, imitando las leyes de la circulación metálica. Si el oro afluye del extranjero, esto prueba que la circulación es insuficiente, que el valor del dinero es demasiado elevado y los precios de las mercancías son demasiado bajos; por consiguiente, hay que lanzar a la circulación billetes de banco en proporción al oro nuevamente importado. Y viceversa, es preciso retirarlos de la circulación proporcionalmente a la cantidad de oro que sale del país. En otros términos, la emisión de billetes de banco debe regularse conforme a la importación y exportación de metales preciosos o al tipo de cambio. La falsa hipótesis de Ricardo según la cual el oro no es más que numerario y, por consiguiente, todo el oro importado aumenta el dinero circulante y hace así subir los precios, y todo el oro exportado disminuye el numerario y hace así bajar los precios, esta hipótesis teórica deviene aquí un experimento práctico consistente en hacer circular tanto numerario como el oro existente en cada caso.

 

Lord Overstone (el banquero Jones Loyd), el coronel Torrens, Norman, Clay, Arbuthnot y otros muchos autores conocidos en Inglaterra con el nombre de Escuela de currency principle no sólo han predicado esta doctrina, sino que han hecho de ella, gracias a los Bank Acts de 1844 y 1845 de sir Robert Peel, la base de la presente legislación bancaria inglesa y escocesa. Su ignominioso fiasco, tanto teórico como práctico, después de los experimentos efectuados a la escala nacional más grande, sólo puede exponerse en la teoría del crédito (120). Pero se ve ya ahora que la teoría de Ricardo, que aísla el dinero bajo su forma fluida de medio de circulación, termina por atribuir al aumento y a la disminución de la cantidad de metales preciosos una influencia absoluta sobre la economía burguesa tal que no se había imaginado nunca en los supersticiosos conceptos del sistema monetario. Así pues, Ricardo, quien declaró que el papel moneda era la forma de dinero más perfecta, pasó a ser de este modo el profeta de los bullionistas. Después de que la teoría de Hume, o la oposición abstracta al sistema monetario, hubiera sido desarrollada así hasta sus últimas consecuencias, Thomas Tooke restableció finalmente en todos sus derechos la interpretación concreta del dinero formulada por Steuart (121). Tooke no deduce sus principios de una teoría cualquiera, sino del análisis concienzudo de la historia de los precios de las mercancías desde 1793 hasta 1856. En la primera edición de su historia de los precios, que apareció en 1823, Tooke se encuentra todavía completamente preso de la teoría ricardiana y se esfuerza en vano por conciliar los hechos con ella. Su panfleto On the Currency, publicado después de la crisis de 1825, podría incluso considerarse como la primera exposición de las ideas que Overstone puso en práctica posteriormente. Pero la investigación continua de la historia de los precios le obliga a ver que esa conexión inmediata entre los precios y la cantidad de medios de circulación, tal como la supone la teoría, es puramente imaginaria, que la extensión y la contracción de los medios de circulación, quedando el mismo el valor de los metales preciosos, son siempre el efecto y nunca la causa de las fluctuaciones de precios, que la circulación monetaria en general es tan sólo un movimiento secundario y que el dinero cobra aún en el proceso de producción real formas completamente distintas a la de medio de circulación.

 

Sus indagaciones detalladas no pertenecen a la esfera de la circulación metálica simple sino a otra distinta, y por ello no pueden examinarse aquí, como tampoco los estudios de Wilson y Fullarton, cuya orientación es la misma (122). Todos estos autores no conciben el dinero de manera unilateral, sino en sus varios aspectos, ateniéndose, sin embargo, al contenido material y sin prestar la menor atención a la relación orgánica de esos aspectos, sea de los unos con los otros o de todos ellos con el sistema de categorías económicas en conjunto. Cometen por tanto el error de confundir el dinero como distinto al medio de circulación con el capital o incluso con la mercancía, bien que, por otra parte, se ven ocasionalmente en la obligación de reconocer la diferencia entre estas dos categorías y el dinero (123). Si, por ejemplo, se envía al extranjero oro, es efectivamente el envío de capital al extranjero, pero lo mismo ocurre cuando se exportan hierro, algodón, cereales, en fin, toda mercancía que sea. Lo uno y lo otro son capital y no se distinguen por ello en tanto que capital, sino en tanto que dinero y mercancía. Así pues, el papel del oro como medio de cambio internacional no dimana de su forma determinada de capital, sino de su función específica de dinero. Y, exactamente lo mismo, cuando el oro o los billetes de banco, que lo sustituyen, funcionan como medio de pago en el comercio interior, ellos son al propio tiempo capital. Pero el capital bajo la forma de mercancía, como lo muestran con toda evidencia, por ejemplo, las crisis, no podría reemplazarlos. Es de nuevo la diferencia entre el oro como dinero y la mercancía, y no su modo de existencia en calidad de capital, la que hace de él un medio de pago. Incluso cuando el capital es exportado directamente, como capital -por ejemplo, con el fin de prestar a interés cierta cantidad de valor en el extranjero-, depende de la coyuntura general si se exporta bajo la forma de mercancías o de oro, y si es exportado bajo esta última forma, lo impone la determinación formal específica de los metales preciosos en tanto que dinero frente a la mercancía. En general, los autores mencionados no examinan al principio el dinero bajo la forma abstracta en que éste se desarrolla en el marco de la circulación simple de las mercancías y nace de las relaciones entre las mercancías en movimiento. Por ello vacilan constantemente entre las determinaciones formales abstractas, propias del dinero por oposición a la mercancía, y las determinaciones formales del dinero que encierran relaciones más concretas: capital, revenue (124), etc. (125).

 

Escrito en agosto de 1858-enero de 1859

El original está en alemán

 

 

119-Hampstead: uno de los distritos de Londres.

120-Unos cuantos meses antes de que estallara la crisis comercial general de 1857 se reunió una comisión de la Cámara de los Comunes para examinar los efectos de las leyes bancarias de 1844 y 1845. Lord Overstone, el padre teórico de dichas leyes, en su declaración ante la comisión se deshizo en fanfarronadas diciendo: "Gracias a la observación escrupulosa y pronta de los principios del acta de 1844, todo ha pasado con regularidad y fácilmente, el sistema monetario está seguro y no ha sido quebrantado, la prosperidad del país es incontestable, la confianza pública en la sabiduría del acta de 1844 se refuerza de día en día. Si la comisión desea otras pruebas prácticas de que son sanos los principios en que descansa esa acta, o la demostración de los resultados felices asegurados por ella, la justa y suficiente respuesta a la comisión será así: miren alrededor suyo; miren el estado actual de los negocios de nuestro país; miren la satisfacción del pueblo; miren la riqueza y la prosperidad de todas las clases de la sociedad y, después de haber hecho esto, la comisión estará en condiciones de decidir si debe oponerse al mantenimiento de un acta gracias a la cual se han obtenido tales resultados". Así pregonó Overstone su propio triunfo el 14 de julio de 1857, y el 12 de noviembre del mismo año el ministerio se vio precisado a suspender, bajo su propia responsabilidad, la maravillosa ley de 1844.

121-Tooke ignoraba totalmente la obra de Steuart, como se ve por su History of Prices from 1839 till 1847, London, 1848, donde resume la historia de las teorías del dinero.

122-La obra más importante de Tooke -aparte la History of Prices que su colaborador Newmarch editó en seis tomos, es An Inquiry finto the Currency Principie, the Connection of Currency with Prices, etc., 28 ed., London, 1844. Hemos citado ya el libro de Wilson. Finalmente nos queda por mencionar a John Fullarton. On the Regulation of Currencies, 2a ed., London, 1845.

123-"Conviene distinguir entre el oro en tanto que mercancía, es decir, como capital, y el dinero en tanto que medio de circulación" (Tooke. An Inquiry into the Currency Principle, etc., p. 10). "Se puede contar con el oro y la plata para realizar con su aporte casi exactamente la suma que se necesita... El oro y la plata poseen una ventaja infinita sobre todos los demás tipos de mercancías... por la circunstancia de tener el uso universal como dinero... No es en té, café azúcar o indigo sino en moneda que se suele contratar el pago de las deudas al extranjero o interiores; y el envío de dinero, sea precisamente bajo la forma del numerario estipulado o en forma de lingotes que se puedan convertir rápidamente en dicho numerario por intermedio de la Casa de la Moneda o del mercado del país en que ha sido expedido, ofrecerá siempre al remitente el medio más seguro, inmediato y exacto para alcanzar el objetivo previsto sin correr el riesgo de hacer una mala operación a causa de una demanda insuficiente o de la fluctuación del precio" (Fullarton, op. cit., pp. 132 y 133). "Cualquier otro objeto (aparte el oro y la plata) puede, por su cantidad o a raíz de su naturaleza, sobrepasar la demanda habitual del país adonde se envía" (Tooke. An Inquiry, etc.).

124--ingreso.-Ed.

125-Examinaremos la transformación del dinero en capital en el tercer capítulo, que trata del capital y concluye esta primera sección.

 

 

 

A N E X O

 

CARLOS MARX

 

Introducción (1)

 

I. Producción, Consumo, Distribución, Cambio (circulación)

 

PRODUCCION

 

a) El objeto de este estudio es ante todo la producción material. Individuos que producen en la sociedad y, por tanto, la producción socialmente determinada de individuos: este es, naturalmente, el punto de partida. El cazador y el pescador individuales y aislados, por los que comienzan Smith y Ricardo (2), forman parte de las alicortas ficciones del siglo XVIII. Robinsonadas que no expresan en modo alguno, contrariamente a lo que se imaginan algunos historiadores de la civilización, una simple reacción contra excesos de refinamiento ni el retorno a una vida natural mal comprendida. Tampoco descansa en grado alguno sobre tal naturalismo el contrat social de Rousseau (3), que por medio de un pacto establece relaciones y nexos entre sujetos independientes por su naturaleza. El naturalismo es aquí una apariencia, apariencia de orden puramente estético, originada por las robinsonadas pequeñas y grandes. En realidad, se trata más bien de una anticipación de la "sociedad burguesa", que venía preparándose desde el siglo XVI y, en el XVIII, avanzó a pasos gigantescos hacia su madurez. En esta sociedad de libre competencia, el individuo aparece desembarazado de los lazos naturales, etc., que en épocas históricas anteriores hicieron de él un elemento de un conglomerado humano determinado y restricto. Para los profetas del siglo XVIII —Smith y Ricardo se sitúan aún completamente en sus posiciones—, ese individuo del siglo XVIII —producto, por una parte, de la descomposición de las formas de sociedad feudales y, por otro lado, de las fuerzas productivas nuevas que venían desarrollándose desde el siglo XVI— aparece como un ideal que existió en el pasado. No lo asocian a un resultado histórico, sino al punto de partida de la historia, porque consideran a ese individuo como algo natural, conforme a su concepción de la naturaleza humana; no como un producto de la historia, sino como dado por la naturaleza. Esta ilusión ha sido típica hasta ahora para toda época nueva. Steuart, que en varios aspectos se opone al siglo XVIII y, en su calidad de aristócrata, se encuentra más en el terreno histórico, ha eludido esta ilusión ingenua.

 

Cuanto más nos volvamos a las profundidades de la historia, tanto en mayor grado aparecerá el individuo —y, por consiguiente, el individuo productor también— en un estado de dependencia, como miembro de un conjunto más extenso: al principio forma parte aún de manera completa-mente natural de la familia y de la gens desarrollada a base de la familia; más tarde, de la comunidad en sus formas diferentes, producto de la oposición y la fusión de las gens. Sólo en el siglo XVIII, en la "sociedad burguesa", las diferentes formas de la textura social se presentan al individuo meramente como un medio de realizar sus objetivos particulares, como una necesidad exterior. Pero la época que origina este punto de vista —el del individuo aislado— es precisamente la época de las relaciones sociales (que desde el mismo punto de vista tienen el carácter general) más desarrolladas. El hombre es, en el sentido más literal, un zoon politikon (4), no solamente un animal sociable, sino un animal que sólo puede individualizarse en la sociedad. La producción realizada por el individuo solitario fuera de la sociedad —fenómeno raro que por cierto puede ocurrir cuando una persona civilizada ha sido trasladada por casualidad a un lugar desierto y posee ya en potencia las fuerzas propias de la sociedad— es una cosa tan absurda como sería el desarrollo del lenguaje sin la presencia de individuos que vivan juntos y hablen unos con otros. Es inútil detenernos más en este punto. No habría necesidad alguna de abordarlo si este despropósito, que tenía sentido y razón entre las gentes del siglo XVIII, no hubiera sido introducido expresamente de nuevo en la Economía política moderna por Bastiat, Carey, Proudhon, etc. A Proudhon, entre otros, le es naturalmente muy agradable recurrir a la mitología para dar una explicación histórico-filosófica de una relación económica cuyo origen histórico ignora, alegando que Adán o Prometeo tuvieron un buen día la idea ya preparadita de esta relación y fue luego introducida en el mundo, etc. Nada más fastidioso y aburrido que las fantasías de un locus communis (5). Así pues, cuando hablamos de producción, se trata siempre de la producción en un grado determinado de desarrollo social, de la producción de individuos miembros de una sociedad.

 

Podría parecer por tanto que, para hablar de la producción en general, es necesario seguir el proceso histórico de desarrollo en sus diferentes fases, o bien declarar en el acto que examinamos una época histórica determinada, por ejemplo, la producción burguesa moderna, que es, en efecto, nuestro verdadero tema. Pero todas las épocas de la producción tienen ciertos caracteres comunes, ciertas determinaciones comunes. La producción en general es una abstracción, pero una abstracción racional en la medida en que destaca efectivamente los rasgos comunes, los fija y de este modo nos libra de la repetición. Sin embargo, ese carácter general o esos rasgos comunes que permiten destacar la comparación, forman ellos mismos un conjunto muy complejo cuyos elementos divergentes revisten determinaciones diversas. Estos caracteres pueden pertenecer a todas las épocas o ser comunes sólo a algunas. Hay entre esas determinaciones las que son comunes tanto a la época más moderna como a la más antigua. Sin ellas, toda producción es inconcebible. Pero, bien que las lenguas más desarrolladas tienen ciertas leyes y determinaciones en común con las menos desarrolladas, lo que constituye su desarrollo es precisamente lo que las distingue de esos caracteres generales y comunes. Es necesario distinguir las determinaciones que valen para la producción en general, justamente para que la unidad —que dimana ya del hecho de que el sujeto, la humanidad, y el objeto, la naturaleza, son idénticos— no haga olvidar las diferencias esenciales. De este olvido, por ejemplo, proviene toda la sabiduría de los economistas modernos que pretenden probar la eternidad y la armonía de las relaciones sociales existentes. Por ejemplo, que toda producción es imposible sin un instrumento de producción, aunque sólo sea la mano; que toda producción es imposible sin un trabajo pasado, acumulado, aunque sólo se trate de la habilidad adquirida por el ejercicio repetido y acumulada en la mano de un salvaje. Entre otras cosas, el capital es también un instrumento de producción, es asimismo trabajo pasado, objetivado.

 

Así pues [concluyen economistas modernos], el capital es una relación natural, universal y eterna, pero a condición de omitir precisamente el elemento específico, (o único que transforma en capital el "instrumento de producción", el "trabajo acumulado". Toda la historia de las relaciones de producción se presenta de este modo -en Carey, por ejemplo- como una falsificación provocada por la malevolencia de los gobiernos. Si no hay producción en general, tampoco existe la producción general. La producción es siempre una rama particular de la producción, por ejemplo, la agricultura, la ganadería, la manufactura, etc., o bien representa su totalidad. Pero la Economía política no es la tecnología. La relación existente entre las determinaciones generales de la producción en una fase social dada y las formas particulares de la producción deberá exponerse en otra parte (más tarde). Por último, la producción no es tampoco únicamente una producción particular, ella aparece siempre bajo la forma de cierto cuerpo social, de un sujeto social, que actúa en una totalidad más amplia o más estrecha de ramas de producción. Tampoco es apropiado examinar aquí la relación existente entre la exposición científica y el movimiento real. Producción en general. Ramas particulares de la producción. Producción considerada en su totalidad. Es de moda hacer preceder obras de economía de una parte general -precisamente como la que figura bajo el título de Producción (véase, por ejemplo, J. St. Mill (6))-, en la cual se examinan las condiciones generales de toda producción. Esta parte general comprende o debe supuestamente comprender: 1. El examen de las condiciones sin las cuales la producción no es posible y que se limitan de hecho a indicar los factores esenciales de toda producción. Pero esto se reduce en realidad, como veremos, a unas cuantas definiciones muy simples, que aparecen infladas hasta convertirse en tautologías triviales. 2. El examen de las condiciones favorables, más o menos, para la producción, como, por ejemplo, el estado progresivo o estancado de la sociedad en Adam Smith (7).

 

Para dar un carácter científico a lo que, en A. Smith, tiene su valor como una observación superficial, habría que investigar los grados de productividad en varios períodos de desarrollo de diferentes pueblos; esas investigaciones exceden de los límites propiamente dichos de nuestro tema, pero en la medida en que caben en él deben exponerse en ligazón con la competencia, la acumulación, etc. La respuesta en su forma general se reduce a la generalidad de que un pueblo industrial se encuentra en el apogeo de su producción en el mismo momento en que, de una manera general, alcanza su apogeo histórico. En efecto, un pueblo está en su apogeo industrial mientras continúa siendo esencial para él la acción y no el efecto de ganar. Superioridad, en este sentido, de los yankees sobre los ingleses. O se indica también que ciertas razas y formaciones, ciertos climas y condiciones naturales, como la situación al borde del mar, la fertilidad del suelo, etc., son más favorables que otros para la producción. Lo cual desemboca de nuevo en esta tautología: la riqueza se crea tanto más fácilmente cuanto mayor es la disponibilidad de sus elementos subjetivos y objetivos. Pero no es de todo ello de lo que se trata, en realidad, en esa parte general para los economistas. Se trata más bien, como lo muestra el ejemplo de Mill (8) de representar la producción, a diferencia de la distribución, etc., como encerrada en leyes naturales, eternas, independientes de la historia y, aprovechando esta ocasión, insinuar furtivamente la idea de que las relaciones burguesas son leyes naturales inmutables de la sociedad in abstracto. Tal es el propósito más o menos consciente de todo este procedimiento. En la distribución, por el contrario, los hombres se permiten actuar con toda arbitrariedad. Sin hacer mención ya de la separación brutal de la producción y la distribución, de la ruptura de su conexión real, debe estar claro desde el primer momento lo que sigue: por diversa que sea la distribución en diferentes grados de desarrollo social, se puede destacar en ella, como en la producción, los aspectos comunes, y también es posible confundir y borrar todas las diferencias históricas en leyes de toda la humanidad.

 

Por ejemplo, el esclavo, el siervo, el trabajador asalariado reciben todos una cantidad determinada de alimento que les permite subsistir en tanto que esclavo, siervo, asalariado. No importa si viven del tributo, del impuesto, de la renta del suelo, de la limosna o el diezmo, el conquistador, el funcionario, el terrateniente, el monje o el clérigo reciben todos una parte del producto social que se fija según leyes distintas a las de los esclavos, etc. Los dos puntos principales que todos los economistas plantean bajo esta rúbrica son los siguientes: 1) propiedad y 2) su protección por la justicia, la policía, etc. Sólo se necesita una respuesta muy breve: ad 1). Toda producción es la apropiación de la naturaleza por el individuo en el marco y por intermedio de una forma de sociedad determinada. En este sentido sería una tautología decir que la propiedad (apropiación) es una condición de la producción. Pero es ridículo pasar de ello por un salto a una forma de propiedad determinada, por ejemplo, a la propiedad privada (lo que presupone igualmente, además, como condición una forma opuesta, la falta de propiedad). La historia nos enseña, por el contrario, que la propiedad común (v. gr., entre los indios, los eslavos, los antiguos celtas, etc.) es la forma primigenia, forma que en el marco de la propiedad comunal desempeña aún durante mucho tiempo un papel importante. La cuestión de si la riqueza se desarrolla mejor bajo una u otra forma de propiedad no se plantea todavía aquí en absoluto. Pero decir que ninguna producción y, por tanto, ninguna sociedad pueden existir donde no existe forma de propiedad alguna, es una tautología. Una apropiación que no se apropia nada es una contradictio in subjecto (9). ad 2). Protección de lo adquirido, etc. Una vez reducidas a su contenido real, estas banalidades expresan más de lo que entienden quienes las predican, a saber: toda forma de producción engendra sus propias relaciones jurídicas, formas de gobierno, etc. Es una falta de finura y de perspicacia establecer entre fenómenos orgánicamente coherentes relaciones incidentales y una conexión puramente reflexiva. Los economistas burgueses sólo piensan en que la producción es más fácil con la policía moderna que en la época, por ejemplo, del "derecho del más fuerte". Se olvidan, empero, de que el "derecho del más fuerte" es igualmente un derecho, y continúa existiendo bajo una forma distinta en su "Estado jurídico". Cuando las relaciones sociales correspondientes a una fase de producción determinada sólo están en vías de formación o, por el contrario, van desapareciendo ya, en la producción ocurren naturalmente perturbaciones, bien que desiguales por su grado y efecto. Resumamos: hay determinaciones comunes a todos los grados de producción, a las que el pensamiento atribuye un carácter general; pero las pretendidas condiciones generales de toda producción no son más que esos factores abstractos que no permiten comprender ninguna fase histórica real de la producción.

 

La Introducción fue escrita por Marx a fines de agosto de 1857. Aunque no es un texto acabado ni definitivo, tiene una importancia extraordinaria, porque Marx expone allí de una manera más circunstanciada que en ninguna otra parte sus ideas relativas al objeto y método de la Economía política y varias consideraciones importantísimas sobre la correlación existente entre la base material de la sociedad y su superestructura ideológica. La Introducción se publicó por primera vez en 1903, en la revista Die Neue Zeit.-178.

2 Véase la Introducción en el trabajo de A. Smith An Inquiry finto the Nature and Causes of the Wealth of Nations (London, 1776) y la sección III en el primer capítulo del libro de Ricardo On the Principies of Political Economy, and Taxation (Third edition, London, 1821).

3 El Contrat social (contrato social) representa, según Rousseau, el acuerdo voluntario entre los hombres primitivos no salidos aún del "estado natural", que condujo a la formación del Estado. Esta teoría se expone detalladamente en el libro de Rousseau Du contrat social ou Principes du droit politique. Amsterdam, 1762.

4-Zoon politikon: "animal político" o, en sentido más amplio, "animal social": definición del hombre dada por Aristóteles en el comienzo del libro I de su Política.

5-lugar común.-Ed.

6-J. St. Mill. Principies of Political Economy with come of their Applications to Social Philosophy. In two volumes. Vol. I. London, 1848. Book I: Production. Chapter I: Of the Requisites of Production.

7-A. Smith habla de los estados progresivo y estancado de la .sociedad en el capítulo VIII y en la conclusión del capítulo XI del primer libro de su trabajo An Inquiry finto the Nature and Causes of the Wealth of Nations. London, 1776.-181.

8-J. St. Mill. Principies of Polítical Economy with some of their Applications to Social Philosophy. In two volumes. Vol. I. London, 1848, pp. 25-26.-182.

9-contradicción en términos.-Ed.

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