Picada de Noticias en el recuerdo
Karl Marx y su contribución a la crítica de la economía
política (9)
Teorías sobre los medios de circulación y sobre el dinero
(continuación)
Toda
la perspicacia de Mill se reduce a una serie de suposiciones tan arbitrarias
como absurdas. Quiere probar que el precio de las mercancías o el valor del
dinero están determinados "por el total de dinero existente en un
país". Si se supone que la masa y el valor de cambio de las mercancías en
circulación quedan los mismos, como también la velocidad de circulación y el
valor de los metales preciosos determinado por su costo de producción, y se
supone al propio tiempo que a pesar de ello la cantidad de dinero metálico
circulante ha aumentado o disminuido proporcionalmente a la masa de dinero
existente en el país, entonces es "evidente", en efecto, que se
supone precisamente lo que se ha pretendido probar. Por lo demás, Mill se cae
en el mismo error que Hume cuando hace circular valores de uso en vez de
mercancías de valor de cambio determinado, y su proposición es por eso falsa
aunque se hayan admitido todas sus "suposiciones". La velocidad de
circulación puede quedar invariable, como asimismo el valor de los metales
preciosos y la cantidad de mercancías en circulación, y, sin embargo, es
posible que, al variar su valor de cambio, se requiera para su circulación ora
una cantidad de dinero mayor ora una cantidad menor. Mill se da cuenta de que
una parte del dinero existente en un país circula, mientras que la otra
permanece inmóvil. Recurriendo a un cálculo de promedios extraordinaria-mente
cómico, supone que en realidad, aunque la realidad parezca muy distinta, todo
el dinero presente en un país circula. Supongamos que, en un país, 10 millones
de táleros de plata hacen dos rotaciones al año; entonces, bien podrían
circular 20 millones de táleros si cada uno se empleara para una sola compra.
Si la totalidad de la plata existente en un país bajo cualquier forma se eleva
a 100 millones de táleros, cabe suponer que los 100 millones pueden circular si
cada pieza efectúa una compra en cinco años. Se podría también suponer que todo
el dinero del mundo circula en Hampstead (119), pero que cada una de sus partes
alícuotas, en lugar de hacer, por ejemplo, tres rotaciones al año, sólo hace
una en tres millones de años. La primera suposición es tan importante como la
segunda para determinar la correlación entre la suma de precios de las
mercancías y la cantidad de medios de circulación.
Mill
tiene la sensación de que para él es de una importancia decisiva confrontar
directamente las mercancías no con la cantidad de dinero en circulación, sino
con la totalidad del dinero de que dispone un país en el tiempo dado. Admite
que la totalidad de las mercancías de un país no puede cambiarse "de una vez"
por la totalidad del dinero, pero que porciones diferentes de esta masa de
mercancías se cambian, en diferentes períodos del año, por porciones diferentes
de la masa de dinero. Para eliminar esta anomalía supone que ella no existe.
Por cierto que toda esta concepción del enfrentamiento inmediato de las
mercancías con el dinero y de su intercambio directo se deduce del movimiento
de las compras y ventas simples, o de la función que cumple el dinero como
medio de compra. La aparición simultánea de la mercancía y del dinero cesa ya
cuando éste actúa en calidad de medio de pago. Las crisis comerciales del siglo
XIX, en particular las grandes crisis de 1825 y 1836, no tuvieron por resultado
el desarrollo sino más bien una nueva aplicación de la teoría ricardiana del
dinero. No se trataba ya de fenómenos económicos aislados, como, en Hume, la
depreciación de los metales preciosos en los siglos XVI y XVII, o, en Ricardo,
la depreciación del papel moneda durante el siglo XVIII y a comienzos del XIX,
sino de las grandes tormentas del mercado mundial, en las que estallaba el
conflicto entre todos los elementos del proceso de producción burgués; el
origen de esas tormentas y los medios de defensa contra ellas se buscaron en la
esfera más superficial y más abstracta del proceso, esfera de la circulación
monetaria. El postulado propiamente teórico de que parte la escuela de esos
virtuosos de la meteorología económica se resume de hecho en el dogma según el
cual Ricardo ha descubierto las leyes de la circulación puramente metálica.
Sólo les quedaba subordinar a dichas leyes la circulación crediticia o la de
billetes de banco. El fenómeno más común y notable de las crisis comerciales es
la súbita caída general de los precios de las mercancías tras un período
bastante prolongado de su alza general. La baja general de los precios de las
mercancías puede presentarse como una elevación del valor relativo del dinero
con respecto a todas las mercancías y, viceversa, el alza general de los
precios como una baja del valor relativo del dinero. En ambos casos, el
fenómeno se enuncia, pero no se explica. Que el problema planteado sea explicar
el alza general periódica de los precios alternante con su caída general, o
bien se lo formule así: explicar la baja y la elevación periódicas del valor
relativo del dinero con respecto a las mercancías, la diferencia de enunciación
no modifica el problema, como no lo haría tampoco su traducción del alemán al
inglés.
La
teoría del dinero de Ricardo vino, pues, singularmente a propósito, ya que da a
una tautología la apariencia de una relación causal. ¿De dónde proviene la baja
general periódica de los precios de las mercancías? De la subida periódica del
valor relativo del dinero. ¿De dónde proviene, inversamente, el alza general
periódica de los precios de las mercancías? De la caída periódica del valor del
dinero. Se podría decir, justamente también, que el alza y la baja periódicas
de los precios provienen de su alza y su baja periódicas. El problema planteado
presupone que el valor inmanente del dinero, es decir, el valor determinado por
el costo de producción de los metales preciosos, queda invariable. Esta
tautología, si pretende ser algo más que una tautología, descansa sobre una
ignorancia de las nociones más elementales. Cuando el valor de cambio de A
medido en B baja, sabemos que esto puede provenir tanto de una baja del valor
de A como de un alza del valor de B. Lo mismo ocurre, inversamente, cuando el
valor de cambio de A medido en B se eleva. Una vez admitida la transformación
de la tautología en relación causal, todo el resto resulta fácil. Los precios
de las mercancías se elevan porque baja el valor del dinero, y el valor del
dinero baja, como nos enseña Ricardo, por la superabundancia de la circulación
monetaria, es decir, porque la masa de dinero circulante sobrepasa el nivel
determinado por su propio valor inmanente y los valores inmanentes de las
mercancías. De análogo modo, inversamente, la baja general de los precios de
las mercancías proviene de un alza del valor del dinero por encima de su valor
inmanente como resultado de su cantidad insuficiente en la circulación. Así
pues, los precios aumentan o disminuyen porque hay periódicamente en la
circulación una cantidad excesiva o insuficiente de dinero. Si ahora queda
probado que el alza de precios coincidía con el decremento de la circulación
monetaria, y la caída de precios con el incremento de la misma, se podrá
afirmar, sin embargo, que por efecto de un decremento o un incremento de la
masa de mercancías en circulación, aunque sea por completo imposible
demostrarlo por las estadísticas, la cantidad de dinero circulante ha aumentado
o disminuido, por lo menos relativamente si no en cifras absolutas.
Hemos
visto que, según Ricardo, esas fluctuaciones generales de los precios no pueden
dejar de producirse también en una circulación puramente metálica, pero se
compensan por su alternancia: una circulación monetaria insuficiente, por
ejemplo, hace bajar los precios de las mercancías, la baja de los precios de
las mercancías provoca una exportación de mercancías al extranjero, esta
exportación lleva aparejada una afluencia de dinero al país, y la afluencia de
dinero origina a su vez una nueva subida de precios. En caso de una circulación
monetaria sobreabundante ocurre lo contrario: las mercancías se importan y el
dinero se exporta. Si bien esas fluctuaciones generales de los precios dimanan
de la naturaleza misma de la circulación metálica ricardiana, su forma
borrascosa y violenta, forma de crisis, pertenece a los períodos con un sistema
de créditos desarrollado; está bien claro que la emisión, de billetes de banco
no se regula en estricta consonancia con las leyes de la circulación metálica.
La circulación metálica encuentra su remedio en la importación y exportación de
metales preciosos, los cuales entran inmediatamente en la circulación bajo la
forma de numerario y por su afluencia o su reflujo hacen así bajar o subir los
precios de las mercancías. Ahora los bancos deben ejercer artificialmente la
misma influencia sobre los precios de las mercancías, imitando las leyes de la
circulación metálica. Si el oro afluye del extranjero, esto prueba que la
circulación es insuficiente, que el valor del dinero es demasiado elevado y los
precios de las mercancías son demasiado bajos; por consiguiente, hay que lanzar
a la circulación billetes de banco en proporción al oro nuevamente importado. Y
viceversa, es preciso retirarlos de la circulación proporcionalmente a la
cantidad de oro que sale del país. En otros términos, la emisión de billetes de
banco debe regularse conforme a la importación y exportación de metales
preciosos o al tipo de cambio. La falsa hipótesis de Ricardo según la cual el
oro no es más que numerario y, por consiguiente, todo el oro importado aumenta
el dinero circulante y hace así subir los precios, y todo el oro exportado
disminuye el numerario y hace así bajar los precios, esta hipótesis teórica
deviene aquí un experimento práctico consistente en hacer circular tanto
numerario como el oro existente en cada caso.
Lord
Overstone (el banquero Jones Loyd), el coronel Torrens, Norman, Clay, Arbuthnot
y otros muchos autores conocidos en Inglaterra con el nombre de Escuela de
currency principle no sólo han predicado esta doctrina, sino que han hecho de
ella, gracias a los Bank Acts de 1844 y 1845 de sir Robert Peel, la base de la
presente legislación bancaria inglesa y escocesa. Su ignominioso fiasco, tanto
teórico como práctico, después de los experimentos efectuados a la escala
nacional más grande, sólo puede exponerse en la teoría del crédito (120). Pero
se ve ya ahora que la teoría de Ricardo, que aísla el dinero bajo su forma
fluida de medio de circulación, termina por atribuir al aumento y a la
disminución de la cantidad de metales preciosos una influencia absoluta sobre
la economía burguesa tal que no se había imaginado nunca en los supersticiosos
conceptos del sistema monetario. Así pues, Ricardo, quien declaró que el papel
moneda era la forma de dinero más perfecta, pasó a ser de este modo el profeta
de los bullionistas. Después de que la teoría de Hume, o la oposición abstracta
al sistema monetario, hubiera sido desarrollada así hasta sus últimas
consecuencias, Thomas Tooke restableció finalmente en todos sus derechos la
interpretación concreta del dinero formulada por Steuart (121). Tooke no deduce
sus principios de una teoría cualquiera, sino del análisis concienzudo de la
historia de los precios de las mercancías desde 1793 hasta 1856. En la primera
edición de su historia de los precios, que apareció en 1823, Tooke se encuentra
todavía completamente preso de la teoría ricardiana y se esfuerza en vano por
conciliar los hechos con ella. Su panfleto On the Currency, publicado después
de la crisis de 1825, podría incluso considerarse como la primera exposición de
las ideas que Overstone puso en práctica posteriormente. Pero la investigación
continua de la historia de los precios le obliga a ver que esa conexión
inmediata entre los precios y la cantidad de medios de circulación, tal como la
supone la teoría, es puramente imaginaria, que la extensión y la contracción de
los medios de circulación, quedando el mismo el valor de los metales preciosos,
son siempre el efecto y nunca la causa de las fluctuaciones de precios, que la
circulación monetaria en general es tan sólo un movimiento secundario y que el
dinero cobra aún en el proceso de producción real formas completamente
distintas a la de medio de circulación.
Sus
indagaciones detalladas no pertenecen a la esfera de la circulación metálica
simple sino a otra distinta, y por ello no pueden examinarse aquí, como tampoco
los estudios de Wilson y Fullarton, cuya orientación es la misma (122). Todos
estos autores no conciben el dinero de manera unilateral, sino en sus varios
aspectos, ateniéndose, sin embargo, al contenido material y sin prestar la
menor atención a la relación orgánica de esos aspectos, sea de los unos con los
otros o de todos ellos con el sistema de categorías económicas en conjunto.
Cometen por tanto el error de confundir el dinero como distinto al medio de
circulación con el capital o incluso con la mercancía, bien que, por otra
parte, se ven ocasionalmente en la obligación de reconocer la diferencia entre
estas dos categorías y el dinero (123). Si, por ejemplo, se envía al extranjero
oro, es efectivamente el envío de capital al extranjero, pero lo mismo ocurre
cuando se exportan hierro, algodón, cereales, en fin, toda mercancía que sea.
Lo uno y lo otro son capital y no se distinguen por ello en tanto que capital,
sino en tanto que dinero y mercancía. Así pues, el papel del oro como medio de
cambio internacional no dimana de su forma determinada de capital, sino de su
función específica de dinero. Y, exactamente lo mismo, cuando el oro o los
billetes de banco, que lo sustituyen, funcionan como medio de pago en el
comercio interior, ellos son al propio tiempo capital. Pero el capital bajo la
forma de mercancía, como lo muestran con toda evidencia, por ejemplo, las
crisis, no podría reemplazarlos. Es de nuevo la diferencia entre el oro como
dinero y la mercancía, y no su modo de existencia en calidad de capital, la que
hace de él un medio de pago. Incluso cuando el capital es exportado
directamente, como capital -por ejemplo, con el fin de prestar a interés cierta
cantidad de valor en el extranjero-, depende de la coyuntura general si se
exporta bajo la forma de mercancías o de oro, y si es exportado bajo esta
última forma, lo impone la determinación formal específica de los metales
preciosos en tanto que dinero frente a la mercancía. En general, los autores
mencionados no examinan al principio el dinero bajo la forma abstracta en que
éste se desarrolla en el marco de la circulación simple de las mercancías y
nace de las relaciones entre las mercancías en movimiento. Por ello vacilan
constantemente entre las determinaciones formales abstractas, propias del
dinero por oposición a la mercancía, y las determinaciones formales del dinero
que encierran relaciones más concretas: capital, revenue (124), etc. (125).
Escrito en agosto de 1858-enero de 1859
El original está en alemán
119-Hampstead:
uno de los distritos de Londres.
120-Unos
cuantos meses antes de que estallara la crisis comercial general de 1857 se
reunió una comisión de
121-Tooke
ignoraba totalmente la obra de Steuart, como se ve por su History of Prices
from 1839 till 1847, London, 1848, donde resume la historia de las teorías del
dinero.
122-La
obra más importante de Tooke -aparte
123-"Conviene
distinguir entre el oro en tanto que mercancía, es decir, como capital, y el
dinero en tanto que medio de circulación" (Tooke. An Inquiry into the
Currency Principle, etc., p. 10). "Se puede contar con el oro y la plata
para realizar con su aporte casi exactamente la suma que se necesita... El oro
y la plata poseen una ventaja infinita sobre todos los demás tipos de
mercancías... por la circunstancia de tener el uso universal como dinero... No
es en té, café azúcar o indigo sino en moneda que se suele contratar el pago de
las deudas al extranjero o interiores; y el envío de dinero, sea precisamente
bajo la forma del numerario estipulado o en forma de lingotes que se puedan
convertir rápidamente en dicho numerario por intermedio de
124--ingreso.-Ed.
125-Examinaremos
la transformación del dinero en capital en el tercer capítulo, que trata del
capital y concluye esta primera sección.
A N E X O
CARLOS MARX
Introducción (1)
I. Producción, Consumo, Distribución, Cambio (circulación)
PRODUCCION
a)
El objeto de este estudio es ante todo la producción material. Individuos que
producen en la sociedad y, por tanto, la producción socialmente determinada de
individuos: este es, naturalmente, el punto de partida. El cazador y el
pescador individuales y aislados, por los que comienzan Smith y Ricardo (2),
forman parte de las alicortas ficciones del siglo XVIII. Robinsonadas que no
expresan en modo alguno, contrariamente a lo que se imaginan algunos
historiadores de la civilización, una simple reacción contra excesos de
refinamiento ni el retorno a una vida natural mal comprendida. Tampoco descansa
en grado alguno sobre tal naturalismo el contrat social de Rousseau (3), que
por medio de un pacto establece relaciones y nexos entre sujetos independientes
por su naturaleza. El naturalismo es aquí una apariencia, apariencia de orden
puramente estético, originada por las robinsonadas pequeñas y grandes. En
realidad, se trata más bien de una anticipación de la "sociedad
burguesa", que venía preparándose desde el siglo XVI y, en el XVIII,
avanzó a pasos gigantescos hacia su madurez. En esta sociedad de libre
competencia, el individuo aparece desembarazado de los lazos naturales, etc.,
que en épocas históricas anteriores hicieron de él un elemento de un
conglomerado humano determinado y restricto. Para los profetas del siglo XVIII
—Smith y Ricardo se sitúan aún completamente en sus posiciones—, ese individuo
del siglo XVIII —producto, por una parte, de la descomposición de las formas de
sociedad feudales y, por otro lado, de las fuerzas productivas nuevas que venían
desarrollándose desde el siglo XVI— aparece como un ideal que existió en el
pasado. No lo asocian a un resultado histórico, sino al punto de partida de la
historia, porque consideran a ese individuo como algo natural, conforme a su
concepción de la naturaleza humana; no como un producto de la historia, sino
como dado por la naturaleza. Esta ilusión ha sido típica hasta ahora para toda
época nueva. Steuart, que en varios aspectos se opone al siglo XVIII y, en su
calidad de aristócrata, se encuentra más en el terreno histórico, ha eludido
esta ilusión ingenua.
Cuanto
más nos volvamos a las profundidades de la historia, tanto en mayor grado
aparecerá el individuo —y, por consiguiente, el individuo productor también— en
un estado de dependencia, como miembro de un conjunto más extenso: al principio
forma parte aún de manera completa-mente natural de la familia y de la gens
desarrollada a base de la familia; más tarde, de la comunidad en sus formas
diferentes, producto de la oposición y la fusión de las gens. Sólo en el siglo
XVIII, en la "sociedad burguesa", las diferentes formas de la textura
social se presentan al individuo meramente como un medio de realizar sus
objetivos particulares, como una necesidad exterior. Pero la época que origina
este punto de vista —el del individuo aislado— es precisamente la época de las
relaciones sociales (que desde el mismo punto de vista tienen el carácter
general) más desarrolladas. El hombre es, en el sentido más literal, un zoon
politikon (4), no solamente un animal sociable, sino un animal que sólo puede
individualizarse en la sociedad. La producción realizada por el individuo
solitario fuera de la sociedad —fenómeno raro que por cierto puede ocurrir
cuando una persona civilizada ha sido trasladada por casualidad a un lugar
desierto y posee ya en potencia las fuerzas propias de la sociedad— es una cosa
tan absurda como sería el desarrollo del lenguaje sin la presencia de
individuos que vivan juntos y hablen unos con otros. Es inútil detenernos más
en este punto. No habría necesidad alguna de abordarlo si este despropósito,
que tenía sentido y razón entre las gentes del siglo XVIII, no hubiera sido
introducido expresamente de nuevo en
Podría
parecer por tanto que, para hablar de la producción en general, es necesario
seguir el proceso histórico de desarrollo en sus diferentes fases, o bien
declarar en el acto que examinamos una época histórica determinada, por
ejemplo, la producción burguesa moderna, que es, en efecto, nuestro verdadero
tema. Pero todas las épocas de la producción tienen ciertos caracteres comunes,
ciertas determinaciones comunes. La producción en general es una abstracción,
pero una abstracción racional en la medida en que destaca efectivamente los
rasgos comunes, los fija y de este modo nos libra de la repetición. Sin
embargo, ese carácter general o esos rasgos comunes que permiten destacar la
comparación, forman ellos mismos un conjunto muy complejo cuyos elementos
divergentes revisten determinaciones diversas. Estos caracteres pueden
pertenecer a todas las épocas o ser comunes sólo a algunas. Hay entre esas
determinaciones las que son comunes tanto a la época más moderna como a la más
antigua. Sin ellas, toda producción es inconcebible. Pero, bien que las lenguas
más desarrolladas tienen ciertas leyes y determinaciones en común con las menos
desarrolladas, lo que constituye su desarrollo es precisamente lo que las
distingue de esos caracteres generales y comunes. Es necesario distinguir las
determinaciones que valen para la producción en general, justamente para que la
unidad —que dimana ya del hecho de que el sujeto, la humanidad, y el objeto, la
naturaleza, son idénticos— no haga olvidar las diferencias esenciales. De este
olvido, por ejemplo, proviene toda la sabiduría de los economistas modernos que
pretenden probar la eternidad y la armonía de las relaciones sociales
existentes. Por ejemplo, que toda producción es imposible sin un instrumento de
producción, aunque sólo sea la mano; que toda producción es imposible sin un
trabajo pasado, acumulado, aunque sólo se trate de la habilidad adquirida por
el ejercicio repetido y acumulada en la mano de un salvaje. Entre otras cosas,
el capital es también un instrumento de producción, es asimismo trabajo pasado,
objetivado.
Así
pues [concluyen economistas modernos], el capital es una relación natural,
universal y eterna, pero a condición de omitir precisamente el elemento
específico, (o único que transforma en capital el "instrumento de
producción", el "trabajo acumulado". Toda la historia de las
relaciones de producción se presenta de este modo -en Carey, por ejemplo- como
una falsificación provocada por la malevolencia de los gobiernos. Si no hay
producción en general, tampoco existe la producción general. La producción es
siempre una rama particular de la producción, por ejemplo, la agricultura, la
ganadería, la manufactura, etc., o bien representa su totalidad. Pero
Para
dar un carácter científico a lo que, en A. Smith, tiene su valor como una
observación superficial, habría que investigar los grados de productividad en
varios períodos de desarrollo de diferentes pueblos; esas investigaciones
exceden de los límites propiamente dichos de nuestro tema, pero en la medida en
que caben en él deben exponerse en ligazón con la competencia, la acumulación,
etc. La respuesta en su forma general se reduce a la generalidad de que un
pueblo industrial se encuentra en el apogeo de su producción en el mismo
momento en que, de una manera general, alcanza su apogeo histórico. En efecto,
un pueblo está en su apogeo industrial mientras continúa siendo esencial para
él la acción y no el efecto de ganar. Superioridad, en este sentido, de los
yankees sobre los ingleses. O se indica también que ciertas razas y
formaciones, ciertos climas y condiciones naturales, como la situación al borde
del mar, la fertilidad del suelo, etc., son más favorables que otros para la
producción. Lo cual desemboca de nuevo en esta tautología: la riqueza se crea
tanto más fácilmente cuanto mayor es la disponibilidad de sus elementos
subjetivos y objetivos. Pero no es de todo ello de lo que se trata, en
realidad, en esa parte general para los economistas. Se trata más bien, como lo
muestra el ejemplo de Mill (8) de representar la producción, a diferencia de la
distribución, etc., como encerrada en leyes naturales, eternas, independientes
de la historia y, aprovechando esta ocasión, insinuar furtivamente la idea de
que las relaciones burguesas son leyes naturales inmutables de la sociedad in
abstracto. Tal es el propósito más o menos consciente de todo este
procedimiento. En la distribución, por el contrario, los hombres se permiten
actuar con toda arbitrariedad. Sin hacer mención ya de la separación brutal de
la producción y la distribución, de la ruptura de su conexión real, debe estar
claro desde el primer momento lo que sigue: por diversa que sea la distribución
en diferentes grados de desarrollo social, se puede destacar en ella, como en
la producción, los aspectos comunes, y también es posible confundir y borrar
todas las diferencias históricas en leyes de toda la humanidad.
Por
ejemplo, el esclavo, el siervo, el trabajador asalariado reciben todos una
cantidad determinada de alimento que les permite subsistir en tanto que
esclavo, siervo, asalariado. No importa si viven del tributo, del impuesto, de
la renta del suelo, de la limosna o el diezmo, el conquistador, el funcionario,
el terrateniente, el monje o el clérigo reciben todos una parte del producto
social que se fija según leyes distintas a las de los esclavos, etc. Los dos
puntos principales que todos los economistas plantean bajo esta rúbrica son los
siguientes: 1) propiedad y 2) su protección por la justicia, la policía, etc.
Sólo se necesita una respuesta muy breve: ad 1). Toda producción es la
apropiación de la naturaleza por el individuo en el marco y por intermedio de
una forma de sociedad determinada. En este sentido sería una tautología decir
que la propiedad (apropiación) es una condición de la producción. Pero es
ridículo pasar de ello por un salto a una forma de propiedad determinada, por
ejemplo, a la propiedad privada (lo que presupone igualmente, además, como
condición una forma opuesta, la falta de propiedad). La historia nos enseña,
por el contrario, que la propiedad común (v. gr., entre los indios, los eslavos,
los antiguos celtas, etc.) es la forma primigenia, forma que en el marco de la
propiedad comunal desempeña aún durante mucho tiempo un papel importante. La
cuestión de si la riqueza se desarrolla mejor bajo una u otra forma de
propiedad no se plantea todavía aquí en absoluto. Pero decir que ninguna
producción y, por tanto, ninguna sociedad pueden existir donde no existe forma
de propiedad alguna, es una tautología. Una apropiación que no se apropia nada
es una contradictio in subjecto (9). ad 2). Protección de lo adquirido, etc.
Una vez reducidas a su contenido real, estas banalidades expresan más de lo que
entienden quienes las predican, a saber: toda forma de producción engendra sus
propias relaciones jurídicas, formas de gobierno, etc. Es una falta de finura y
de perspicacia establecer entre fenómenos orgánicamente coherentes relaciones
incidentales y una conexión puramente reflexiva. Los economistas burgueses sólo
piensan en que la producción es más fácil con la policía moderna que en la
época, por ejemplo, del "derecho del más fuerte". Se olvidan, empero,
de que el "derecho del más fuerte" es igualmente un derecho, y
continúa existiendo bajo una forma distinta en su "Estado jurídico".
Cuando las relaciones sociales correspondientes a una fase de producción
determinada sólo están en vías de formación o, por el contrario, van
desapareciendo ya, en la producción ocurren naturalmente perturbaciones, bien
que desiguales por su grado y efecto. Resumamos: hay determinaciones comunes a
todos los grados de producción, a las que el pensamiento atribuye un carácter
general; pero las pretendidas condiciones generales de toda producción no son
más que esos factores abstractos que no permiten comprender ninguna fase
histórica real de la producción.
1
2
Véase
3
El Contrat social (contrato social) representa, según Rousseau, el acuerdo
voluntario entre los hombres primitivos no salidos aún del "estado
natural", que condujo a la formación del Estado. Esta teoría se expone
detalladamente en el libro de Rousseau Du contrat social ou Principes du droit
politique. Amsterdam, 1762.
4-Zoon
politikon: "animal político" o, en sentido más amplio, "animal
social": definición del hombre dada por Aristóteles en el comienzo del
libro I de su Política.
5-lugar común.-Ed.
6-J. St. Mill. Principies of Political Economy with
come of their Applications to Social Philosophy. In two volumes. Vol. I.
London, 1848. Book I: Production. Chapter I: Of the Requisites of
Production.
7-A.
Smith habla de los estados progresivo y estancado de la .sociedad en el
capítulo VIII y en la conclusión del capítulo XI del primer libro de su trabajo
An Inquiry finto the Nature and Causes of the Wealth of Nations.
8-J. St. Mill. Principies of Polítical Economy with
some of their Applications to Social Philosophy. In two volumes. Vol.
I. London, 1848, pp. 25-26.-182.
9-contradicción
en términos.-Ed.

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